María se tensó. Las palabras de Octavio se sintieron como plomo. Poco faltó para que perdiera el control, pero logró contenerse. No podía permitirse confesar. Sobre todo aquellos secretos que podían costarle la vida.
Él la miró detenidamente. Notó cómo desviaba la mirada.
—Quiero conversar en privado contigo y no es una petición.
—Disculpe, señor, pero ahora es imposible. Quizás en otro momento.
—Es ahora, María. Te lo exijo. No te librarás tan fácilmente de mí.
María observó su determinación y sintió cómo el sudor corría por sus sienes. Octavio había logrado su objetivo.
—Mejor cooperas, si no quieres que le diga a ese detective de quinta categoría que te interrogue. Aún debe estar cerca. Puedo llamarlo si quieres a su celular. Piénsalo. Aunque no creo que te convenga.
La anciana suspiró en un acto de rendición total. La amenaza había hecho su efecto. Decidió seguir al hombre hasta la oficina y, una vez sentados frente a frente, la mujer supo que no podía escapar.
—¿Qué sabes de los Cavallier? De las gemelas. ¿Cuál es su historia?
—¿A qué se refiere, señor?
—A ese día del accidente, hace diez años.
—Bueno... —pasó sus manos sudadas sobre el delantal blanco de forma sutil, esperando que él no lo notara. La voz temblorosa se apoderó de ella—. Fue una tragedia. Todos murieron.
—¿Estás segura? Hubo un cuerpo que no apareció.
—Lo siento, señor... no sé a dónde quiere llegar con esa insinuación.
—A la verdad... —Su silencio se impuso solo para ver la reacción de la mujer, que se congeló al sentir el peso de las palabras.
—No sé nada.
—Ese tal Perdomo acaba de decir que existe la posibilidad de que Verena haya sobrevivido al accidente de hace diez años y que incluso haya sido parte del que sufrió Victoria hace algunos días. Existe evidencia reciente de que no hay diferencias entre las muestras de sangre analizadas, recogidas en el lugar del hecho, y la de Victoria.
La mirada de la anciana era de total asombro. Sus ojos se agrandaron y su cabeza, por un instante, quiso explotar. Ya no había espacio para las dudas. Solo confirmación. Su temor se materializó. Un frío helado recorrió sus venas. Verena era la mujer que ahora caminaba por los pasillos de la mansión.
—Señor...
—Dime. Te escucho.
—Solo puedo decirle que si Verena realmente está viva, corre peligro.
Octavio se quedó inmóvil. Por un segundo, el hombre frío y calculador desapareció. Había algo en sus ojos que María no había visto antes. Miedo.
—¡Qué demonios! ¿Entonces ese detective tiene razón?
—Quizás sí. Pero no puedo decirle más. Hay personas que no quieren que esa verdad salga a la luz. —Bajó la voz—. Y están más cerca de lo que cree.
—¡Por Dios! Pero si eso es cierto, ¿qué hacían ellas dos juntas? ¿Y por qué Victoria no me habló de ella?
—Porque quizás... —Se detuvo. Apretó los ojos de golpe y decidió callar.
—No le convenía. ¿Cierto?
La anciana asintió con la cabeza.
—La Victoria que recuerdo es completamente diferente a la que hoy ven mis ojos. Esto es una locura. Esta mujer, esta nueva versión de Victoria, me hace dudar.
—¿Dudar de qué, señor?
El ambiente se puso cargado. El aire denso. Las palabras pesadas. Pero aun así lo soltó como quien está a punto de abrir la caja de Pandora.
—De que sea realmente Victoria.
María no respondió. Pero sus ojos lo dijeron todo. Octavio lo vio. Y supo que estaba en lo correcto.
—Señor... —la mujer se levantó, con las manos aún temblorosas—. Si va a hacer algo, hágalo pronto. Porque si alguien más descubre la verdad antes que usted, esa niña no vivirá para contarlo.
—¿Porque la quieren muerta?
—Por codicia y ambición. Ella no debió sobrevivir ese día, pero lo hizo. —Las lágrimas no se hicieron esperar—. Dios sabe que mantuve ese secreto para protegerla y así lo hice mientras pude... temo que ahora no pueda, y sea peor para ella.
—¿A qué te refieres, María? ¿Qué participación tuviste en todo esto? Estoy a punto de enloquecer. ¡Cuenta de una vez!
María trató de controlarse y prosiguió su relato. Su mente se remontó al pasado.
—Días después del accidente, unas personas llamaron por teléfono a la casa informando de que habían encontrado a una chica muy parecida a la de las fotos en los carteles. En aquel entonces, el rostro de Verena circulaba en carteles y por todas las cadenas de radio y televisión. Entonces fue que supe que mi niña estaba viva. Decidí darles dinero para que la cuidaran y se fueran lejos. La encontraron casi ahogada. No la llevaron al hospital porque tuvieron miedo de ser acusados. Verena no se acordaba de nada por el trauma, así que les pedí que no le mencionaran absolutamente nada de los Cavallier y que olvidaran hasta su nombre. Era una pareja de ancianos muy respetuosa y llegaron a quererla mucho. Los vi un par de veces, pero a mi niña no. Luego me enteré de que murieron y no supe más de ellos ni de mi niña Verena.