Fragmentos de Identidad

Capítulo 21

En la entrada de la mansión, Alexander estaba a punto de subir a su auto. Llevaba un traje formal negro y gafas oscuras. Su peinado estilizado lo hacía lucir impecable. Al comprobar la hora en el Rolex de su muñeca derecha, frunció el ceño y comenzó a descender las escaleras con pasos presurosos, como si el tiempo le hubiera anunciado que llegaba tarde a algo.

Desde el interior de la casa, Octavio lo vio marcharse. Aceleró el paso y lo detuvo agarrándolo del brazo.

—¡Alexander! ¿A dónde vas?

—No te importa —respondió el joven, soltándose del agarre.

—¡Deja el comportamiento infantil! Solo quiero saber cómo estás.

—Igual que siempre. No sé a qué viene tanto interés.

—Es tu cumpleaños y también el aniversario de la muerte de tu madre. Deberíamos...

—¿Deberíamos qué? Deja el paternalismo barato. Conmigo no funciona. Hoy es un día cualquiera. Déjame en paz y ocúpate de tus asuntos.

Octavio cruzó los brazos y respiró profundo, tratando de mantener la calma.

—No seas hostil. Iremos al cementerio —afirmó—. Andrea lo merece. Eres su hijo. Luego tú y yo...

—¡No iré! Y no hagas planes donde creas que podrás incluirme. Pierdes el tiempo miserablemente. Por su culpa soy el bastardo de esta familia podrida. Ya tengo suficiente humillación con ser tu hijito adoptado, cuando realmente somos primos, solo porque no se manche el apellido. Así que no insistas. No visitaré a una cualquiera que no pudo cerrar las piernas. Si te sientes en deuda con ella, ve tú, pero no cuentes conmigo.

Aquello sonó a insulto. La bofetada de Octavio no se hizo esperar. La rabia nubló su mirada, el cielo se cerró ante sus ojos. Solo un minuto después se percató de que Álex estaba tumbado en el suelo. Aquellas palabras calaron hondo en su alma, dañando de la forma más terrible. Andrea Miller era su refugio. Más que prima, era su hermana; crecieron juntos tras quedar huérfana, y no podía permitir que su propio hijo hablara de ella con tanto desprecio.

—¡Eres un ingrato, un malagradecido! ¡Eres un hijo necio! No sabes ni la mitad de lo que sufrió ella para que la juzgues de esa manera. Si estás en este mundo es gracias a que renunció a vivir, y Dios es testigo de que le rogué que no te tuviera —sus ojos se inyectaron de lágrimas y frustración—. ¡Eres un maldito imbécil! Tú eres el motivo de que ella...

Se contuvo para no decir de más.

Acto seguido, el joven se levantó del suelo. Tiró del cuello de la camisa de Octavio con los puños cerrados y lo obligó a mirarlo de frente. Sus ojos proyectaban un mar de ira contenida y sufrimiento mezclados. Un fuego lo consumía por dentro. Quería explotar, gritar. Decirle que la odiaba por dejarlo, por irse de este mundo. Quería decirle que lo odiaba a él también por culparlo de su muerte. Pero su orgullo era demasiado grande. El dolor de su pérdida, sofocante. Victimizarse no era la opción.

—¡Habla! ¡Di lo que tienes que decir! Soy culpable de su muerte. ¿Es eso? ¿Es lo que piensas? —las lágrimas empañaron sus ojos. Se contuvo. No podía permitirse llorar frente a él y verse como alguien vulnerable.

—No tengo nada que decir. Ya dije suficiente —dijo Octavio, sosteniendo la mirada del que ahora era su hijo por papeles. Quiso retractarse por hacerlo sentir responsable de la partida de Andrea. Pero ya era demasiado tarde.

—Ella es la única culpable por embarazarse de un extraño. Yo no. Ella sabía que podía morir por su maldita enfermedad si me tenía. Pero su egoísmo por ser madre fue mayor que el riesgo de dejar a un hijo huérfano. Y para colmo no fue capaz de asegurarle a un buen padre. ¡Jamás me has dicho quién es él, y sé que tú lo sabes! Pero lo voy a descubrir. No me pidas que perdone a esa que trajo un bebé al mundo y ni siquiera pudo criarlo porque no fue suficiente para resistir a la muerte y decidir vivir por él.

Octavio abrió los ojos. No podía creer tanto odio de parte de Alexander y, a la vez, tanto dolor oculto.

—Estás ciego porque no ves que ella prefirió morir antes de quitarte la vida a ti. Pudo haber interrumpido su embarazo, pero prefirió darle un hijo a ese maldito imbécil. Ella jamás dudó por ti. Su vida no valía nada en comparación con la tuya. Y ahora mira cómo le pagas. Con ese desprecio que no comprendo. Vete. Esta conversación no nos lleva a ninguna parte. ¡No mereces haber tenido una madre como Andrea!

—Es cierto. Merecía una mejor. Y un padre real, no uno falso como tú. —No esperó respuesta. No la necesitaba. Solo quería herir, igual que él había sido herido.

Dio la espalda y se fue. Dejando a Octavio profundamente lastimado. Era demasiado duro, demasiado cruel. Estaba demasiado herido y él lo podía ver.

Octavio tensó la mandíbula y apretó los puños, frustrado. Se quedó inmóvil, sin decir más, viendo cómo su hijo adoptivo le daba la espalda, se montaba en el coche y se alejaba a toda velocidad del lugar.

Minutos después, entró en el interior de la mansión y con pasos lentos se dirigió a su oficina. Cerró la puerta tras de sí y se sentó en su sillón reclinable. De pronto, de entre los libros del estante a su espalda, tomó una pequeña llave. La insertó en una de las gavetas del buró y la abrió. Sacó un diario, lo bastante gastado por el paso del tiempo. En la portada destacaba algo grabado en letras doradas: «Andrea Miller».




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