Griselda no podía dejar de mirarla. Algo en ella no encajaba del todo. Su estilo era el de Victoria, su perfume e incluso su proyección. Pero había algo en sus ojos que no terminaba de convencerla. No estaba la frialdad de costumbre ni el aspecto imponente de sus rasgos. Más bien parecía una mujer distinta, oculta en una máscara de hielo. Y ella pudo notarlo. Las conoció bien, lo suficiente para no quererlas en este mundo.
—¡Vicky querida! Supe que habías perdido la memoria. Pero puedo ver que te has recuperado de manera excelente. Recordaste a doña Griselda. Aunque considero que es imposible olvidar a mi madre —dijo Jonathan con una sonrisa sarcástica—. Me presento. Soy...
—Jonathan... o mejor... Johnny. Mi estimado primito. ¡Es imposible olvidarme de ti! —respondió ella de manera calculada, tal cual le había explicado María horas antes en su habitación mientras la ayudaba a vestirse para la ocasión como lo haría Victoria.
Su nana le había dicho quién era él y también cómo era su tía, su peor enemiga. Ahora estaba aplicando lo aprendido con precisión quirúrgica.
Sorprendiendo a todos, el chico comenzó a carcajearse sin poder evitarlo. Griselda y Jennifer no podían ocultar su desagrado ante aquel acto repentino.
—¿Puedes explicar el motivo de tu risa? Así podemos divertirnos todos como tú —Jennifer cruzó sus brazos—.
—Victoria no deja de impresionarme nunca, jajajaja —dijo el joven, apenas conteniéndose—.
—¿A qué te refieres? —insistió la hermana—.
—Que no eres digna ni para ser recordada, hermanita. Fuiste totalmente borrada. Sin embargo, otros corrimos con mejor suerte que tú. Es una pena.
Jennifer sintió su sangre hervir. Apretó sus puños con fuerza. Pero Griselda, su madre, la contuvo en el acto, obligándola a recuperar la compostura.
—Basta ya. No estamos en París, Jennifer. Los berrinches no son propios de las personas con clase, y menos de los Cavallier. Deberías saberlo.
—Lo siento, madre —la rubia respiró profundo tratando de calmarse—.
—¿Qué tal si pasamos al comedor? La cena se enfría —interrumpió Octavio—.
—Me parece excelente —dijo Alexander, dirigiéndose a Victoria—. ¿Por qué no le damos una demostración a los Cavallier de lo bien que nos llevamos? Acompáñame en la cena. Siéntate a mi lado.
—Con gusto. Además... mi futuro esposo seguro no tiene inconveniente alguno en que comparta la mesa contigo. ¿Cierto, Octavio? —dijo la chica, tratando de sonar indiferente.
Octavio no podía dar crédito a lo que veía. Apretó los puños con fuerza, tanto que los nudillos se le pusieron blancos. Su sangre hervía. Pero no era el momento. No podía darle paso a la provocación, ni tampoco jugar el juego de Alexander. Sin embargo, algo distinto se agitó en su pecho. Victoria volvía a ser la de antes. La del pasado. La intolerable.
—Acompáñame, Griselda —respondió, ignorando completamente la pregunta de Verena—. Esta cena se preparó teniendo en cuenta tus gustos. Espero que la disfrutes.
Extendió su brazo a la invitada, la cual aceptó inmediatamente. Su rostro se iluminó al ver el disgusto en él. Aún así solo se limitó a sonreír sin decir ni media palabra. Jennifer, con rabia, caminó junto a su hermano.
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Verena y Alex se quedaron atrás. Ella caminaba despacio, sintiendo el peso de su mirada sobre su cuerpo. El vestido de seda champán se ajustaba a sus curvas como una segunda piel, el escote en V dejaba entrever el colgante de oro, y la falda caía en pliegues suaves hasta la rodilla. El cabello recogido en un moño bajo, los mechones sueltos que enmarcaban su rostro, el labial rojo oscuro que marcaba sus labios.
Él la miró de arriba abajo, sin disimulo, como si la estuviera desnudando con los ojos. Se detuvo en el escote, en la curva de su cintura, en el dobladillo del vestido. Y sonrió.
—¿Qué pretendes? —preguntó ella, y su voz sonó más firme de lo que esperaba.
—No dejarte en paz. Si no eres mía, no serás de él.
—Te dije que no tengo dueño. No soy un objeto. Eres un...
Alex la agarró de los hombros obligándola a detenerse. Tiró de ella hasta ponerla encima de él. Sus ojos lujuriosos delataban su deseo. Sus ganas de poseerla.
—¿Imbécil o estúpido? Dichos por esa boca tan deliciosa... son cumplidos para mí. No me disgustan. Los he escuchado tanto que creo que ya me acostumbré —respondió irónicamente—. Me gusta cuando te enojas. Me excitas más.
—Suéltame, Alexander. No formes una escena aquí, por favor.
—¿Escena? —dijo el hombre, burlándose en su cara—. Escena fue la que formó ese imbécil de Octavio cuando irrumpió anoche en tu cuarto. No tenía derecho. Yo te conocí primero, yo sé quién eres, lo que te gusta. Y lo que te gusta... soy yo —Apretó con fuerza las muñecas de la mujer que luchaba por liberarse—. Sé que tarde o temprano me suplicarás que te haga el amor, que te haga verdaderamente mía... solo mía.
Sin pensar, le propinó un beso, aferrándose a ella hasta que perdió el aliento. La soltó de golpe para ver su reacción, y cuando se disponía a repetir el acto, ella le propinó una bofetada tan fuerte que le marcó sus dedos en el rostro. Él, sin embargo, reaccionó de una manera distinta. Sonrió victorioso, como un niño que se acababa de comer un caramelo.