Fragmentos de Identidad

Capítulo 2

En la cama de un hospital privado yacía el cuerpo de la joven herida, vestido con un pijama blanco. Su cuerpo conectado a un monitor cardíaco, mostraba indicios de estar estable.

—Buenos días, señorita —saludó la mujer frente a ella—. Qué bueno que despertó.

La chica la observó confundida, tratando de descifrar si su rostro le hacía familiar. Parpadeó varias veces, como si la luz le pesara.

—¿Quién es usted?

—La enfermera a cargo.

Una fuerte punzada atravesó sus sienes. La chica extendió las manos y tocó su cráneo envuelto en vendas. El miedo se reflejó en su rostro.

—No se asuste —dijo la mujer, con un tono más suave—. Ya está fuera de peligro. Dígame... ¿cómo se siente?

—Algo mareada. Pero estoy viva. Creo que eso ya es un milagro. —Cerró los ojos un segundo y respiró hondo.

—Tiene razón. Realmente es un verdadero milagro. —La mujer de la cofia desconectó el equipo médico—. Por cierto, un tal detective Perdomo vino a preguntar por usted. Comentó que la interrogó el día del accidente. ¿Lo recuerda?

—Sí... —Verena cerró los ojos un segundo. El rostro del hombre apareció en su mente, borroso pero real—. Ahora que lo menciona, lo recuerdo. ¿Cuándo estuvo aquí? ¿Puede decirme?

—Hace dos días.

—¿Me está diciendo que llevo aquí todo ese tiempo? —Nuevamente sintió el dolor atravesarle el cráneo.

—¡Evite alterarse! Sufrió un duro golpe en la cabeza. Aún se está recuperando. Ponerse así no le hace bien.

La chica cerró sus ojos con intención de calmarse, llevando al mismo tiempo sus manos al pecho.

—Dígame, por favor. ¿Qué quería ese señor? ¿Sabe si tenía alguna noticia sobre lo que sucedió?

—No lo sé. El doctor Smith fue quien habló con él. También le sugirió que no molestara a su familia. Después de eso, se marchó y no volvió por aquí.

—Un momento. ¿De qué familia me habla? —preguntó, con la voz más aguda de lo que pretendía.

—Discúlpeme, señorita Victoria. Suelo hablar de más. —La mujer bajó la mirada, como si hubiera dicho algo que no debía—. Ya no se preocupe. En breve vendrá el doctor. Ahora debo retirarme.

Salió sin dar pie a más preguntas.

Volvió a quedarse sola. Con ansias de seguir averiguando. El nombre «Victoria» resonaba en sus oídos, otra vez, como una nota desafinada. Buscó en los rincones de su mente, pero solo encontró vacío.

No escuchó los pasos que se aproximaban. Cuando alzó la vista, él ya estaba allí, en el umbral.

Vestía un traje oscuro. Su mirada fría la hizo sentir amenazada. La observaba con la paciencia de quien acecha.

—Veo que la enfermera no mintió —dijo, y su voz era baja, íntima—. Estás despierta, Victoria Cavallier.

—¿Me conoce?

La pregunta se quedó en el aire, flotando. Aguardando a que aquel hombre misterioso se dignara a responder.




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