Fragmentos de Identidad

Capítulo 28

Verena abrió los ojos. La luz del amanecer se filtraba por las cortinas. La noche había sido un martirio. Apenas pudo dormir. Los recuerdos de la visita de Alexander se agolpaban en su mente. Pero lo que más le perturbaba era el cambio drástico de Octavio. Ese que por un segundo le robó hasta el aliento.

Se dispuso a levantarse del lecho cuando llamaron a la puerta. Ella invitó a pasar después de acomodar su camisón. No quería que la vieran en pijama después de sufrir la reacción lasciva de su futuro hijastro. Aquello había creado un pequeño trauma del cual le costaría liberarse.

Una figura femenina apareció. María, con cierta preocupación en el rostro, se aproximó y se colocó frente a la joven.

—¿Qué pasa, nana? —preguntó Verena. La palabra salió sola. Sin pensar. Como si siempre hubiera estado ahí.

—Tengo un mal presentimiento, mi niña.

—¿Qué ocurre? —ella tomó las manos de la anciana entre las suyas con suavidad—. ¿Temes por mí?

Aquel gesto fue un bálsamo que solo duró un segundo. Lo cierto es que no quería que aquella niña volviera a vivir el terror del pasado. Pero ya estaba en la cueva del lobo y salir era casi imposible.

—Temo por usted, sí. Temo que no esté segura en esta casa. Temo que no esté a salvo ni de su propia familia.

—¿Mi familia? —Verena se quebró—. ¿Acaso estás diciendo que no puedo confiar ni en los de mi propia sangre?

Aquella pregunta caló el alma de María, provocando lágrimas de tristeza que apenas pudo controlar.

—Señorita, su familia no es de fiar. Tal vez debería...

—¿Huir? ¿Eso es lo que quieres decir?

Se despojó de las sábanas y frente a los ojos de María se puso de pie y dio unos pequeños pasos sin agarrarse de las muletas que tenía junto a la cama. La anciana se llevó las manos a la boca. Un sonido de asombro escapó de su garganta.

—Por Dios, mi niña. ¡No puedo creer lo que veo! Esto quiere decir que ya no tendrá que depender de otros y eso...

—Y eso... —completó la frase de la anciana— es una ventaja para mí. ¿No crees?

La anciana la abrazó y empezó a llorar. Verena, tratando de consolarla, solo correspondió igualando el gesto. Luego de unos segundos la apartó lentamente y la miró a los ojos. La anciana comprendió que era el momento de hablar.

—Ya descubrí quién soy, María. En parte gracias a ti. Quisiera ver las fotos que guardas de mi infancia. Reconocer a mis padres, pero sobre todo quiero ver el rostro de mi hermana... Victoria. ¿Realmente somos tan parecidas como para que el resto no se dé cuenta de que no soy ella?

María miró hacia la puerta, como si temiera que alguien estuviera escuchando.

—Por Dios, no... No diga eso donde otros la escuchen. No diga que no es Victoria. No lo diga, por favor, niña Verena.

Y ahí estaba. La confirmación que por tanto tiempo Verena había esperado. María, sin querer, le había dado lo que tanto quería: una identidad.

—Entonces lo sabías, ¿cierto? Sabías que no era Victoria. Entonces, ¿por qué fingiste? Dime, por favor.

Empezó a llorar desesperada.

—Al principio no lo sabía. Pero luego de la conversación que tuvimos en esta misma habitación ya no tuve dudas. —Secó sus lágrimas y respiró profundo antes de confesar—. Juro que hubiera querido no darme cuenta de nada. Usted no debería estar aquí. Usted, para todos, está muerta, y es mejor que sigan pensando eso.

—¿Pero por qué, María?

—Por su bien, mi niña. —Metió su mano en uno de los bolsillos de su delantal y sacó un pequeño estuche blanco—. Mire, casualmente le traje lo que pidió hace un momento. Es necesario que conecte con su pasado.

Ella abrió el objeto y de su interior extrajo unas fotografías familiares. Empezó a observarlas una por una con detenimiento, apreciando cada rasgo, cada gesto, cada lugar. Su interés y asombro crecía con cada imagen. Pudo verse reflejada en una criatura amable que muchas veces posaba junto a otra similar, con una expresión más dura. Hasta que llegó a aquella donde pudo ver la cadena con la llave colgando en el cuello de Victoria. Una imagen donde ya no eran unas pequeñas niñas, sino unas adolescentes.

—Octavio me habló de esa cadena —comentó ansiosa, señalando el objeto con el dedo.

—Esa cadenita era de tu hermana. La llave que cuelga es la de su diario. Jamás se la quitaba desde que se la regaló el doctor Smith, el hermano de doña Bárbara, tu tío.

—¿Mi... mi tío? ¿Víctor... es el doctor Smith?

—Sí... ¿No le dijo? —dijo sorprendida por la reacción de Verena—. Él estuvo al tanto de tu salud mientras estuviste hospitalizada. Pero no sé si se dio cuenta de que usted no es la señorita Victoria... Aunque en el fondo espero que no. Ellos eran muy unidos.

—Estoy segura de que sí, nana —dijo, completamente convencida—. Y eso lo coloca en el lugar de las personas de las que debo protegerme.

—Él no le haría daño a usted, mi niña, es su tío. Sin embargo, debería protegerse de otras personas.

—¿De quién entonces?

—De... su tía... la señora Griselda —la anciana tragó saliva. Sus manos temblaban—. Ella... es la responsable de la muerte de sus padres. Aquel accidente no fue un accidente. Alguien cortó los frenos del coche. Y ese alguien... fue contratado por ella.




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