La venganza del diablo

Capitulo 27

Anahera.

El aire se siente pesado difícil de respirar, el miedo y el dolor se escuchan como ecos o constantes por los pasillos llenos de oscuridad. La casa se ha mantenido a oscuras como si todos aquí temieran que las ruinas de las antiguas nos fueran a aplastar.

La tension, se ha mantenido a raya. Pero lo he escuchado hoy, hace tiempo que no tenía arrebatos de ansiedad o de los temblores incontrolables que se apoderan de mi cuerpo justo ahora.

Se que está aquí, se que está justo bajo mis pies. Bajo el suelo dónde estoy parada, en mitad del pasillo frente a la puerta del sótano. Laina hizo un escándalo cuando le tocó arrastrarla, estuvo desmayada la mayor parte del camino, Katia no merecía la suavidad con la que fue traída, lo que me hace burlarme de mi misma por esperar un trato más "adecuado" para ella.

Pero no soy un monstruo, no soy como ella. Se que debo mantener la fachada de que he muerto hace casi una semana pero ya he aguantado lo suficiente, ya he escuchado sus gritos por toda la casa por las noches. Ella solo grita mi nombre como si eso pudiera salvarla o tal vez condenarla más al infierno.

Pero su pase no ha expirado, solo su fecha de vencimiento se ha alargado hasta que ahora. Por fin, la tengo justo dónde la quería, tengo todo de lla.

Su padre muerto ya no le rinde honor a su apellido por lo que toda su familia ha decaído al igual que todo su mundo se ha visto destruido... Por mi, claro. Pero también por la familia que la vida me ha dado, Draven y Ethan se han encargado de hacerla sufrir cada tarde justo antes de que el sol se ponga.

Pero ellos no están, y no hay nadie que me impida bajar a verla. Coloco mi mano en la manilla el metal frío absorbe mi calor tan rápido que es difícil diferenciar si era yo quien parecía tener un trozo de hielo antes de tocarlo. Doy unos pasos al mismo tiempo que se va abriendo.

Revelando la oscuridad que me va consumiendo todos los días, un poco de mi alma al despertar y un poco de mi mente al anochecer. Es difícil diferenciar que es que. Pero he aprendido a sobrellevar el dolor tanto tiempo que al tener a alguien donde apoyarme me es difícil dejar de hacerlo.

Pero el balance es perfecto entre él y yo, él está completamente en la oscuridad. Y yo estoy con una mano extendida desde la claridad que tengo.

Enciendo la vela que está en mi otra mano, no es difícil pues la penumbra del lugar apenas es iluminada con suavidad por las velas mal distribuidas en las paredes. Una gota de agua cae desde una esquina, en el charco que se ha formado, el moho se extiende desde hay hasta la mitad de la pared. Pero solo es ese lugar por la ventana tan pequeña que apenas es perceptible, que solo deja entrar el frío viento del atardecer, ya casi es diciembre y el viento cada vez es más fuerte. Cada vez es más hiriente con los pequeños susurros helados que afirman una nueva etapa, con fuerza desde las hojas de los árboles hasta la pequeña tierra que se levanta al caminar.

La madera cruce bajo mi peso, rechinando cuando doy un paso al siguiente escalón. Un pequeño murmullo, gritos ahogados por el sonido casual de mis movimientos. La vela se mantiene fiel pese al ligero viento que se adhiere al lugar, solo hay un centenar de pasos que me separan de ella.

Se cabeza está gacha con el cabello cubriendo sus facciones, sus pies están atados a la correa de cuero con el metal de la silla bajo ella y al igual que sus pies sus manos están a sus espaldas. Uno de sus hombros tiene una pose extraña casi... Antinatural por el ángulo.

Ahora hay medio metro que me separa de ella, solo tengo que acercarme unos cuatro más para estar lo más cerca de su rostro. Pero ella me detiene, su rostro se levanta.

Subo a está reseca, sus ojos desprbitador porque ha estado privada de todo tipo de necesidades, el olor que desprende cuando se mueve en la silla es asqueroso. Algunos de sus cabellos se adhieren a su rostro pálido y sin brillos. Ya no hay nada de atractivo en ella.

—¡¿Que quieres?! —se abalanza hacia mi, con la boca abierta jadeando por respirar—, ¡Tu estás muerta! Muerta.

Junto mis cejas frunciendo mis labios, agarró el soporte de la vela con mis dos manos, inclinando un poco el metal hasta acercarlo a los dedos de su pie izquierdo. Dejando caer el espelma de la vela, un chillido sale de sus labios.

Me río, queriendo decir algo más. Pero mantengo mi silencio cuando ella pronuncia un:

—¡Eres una perra! —intenta mover su pie, pero el cuero apretado solo deja rosadoras que no van a desaparecer tan rápido.

Bufo y sonrío caminando más cerca. Su rostro se mueve junto a mi, intentado averiguar que voy a hacer a continuación.

—¿Que quiero? —susurro repitiendo la pregunta que ella ha hecho—. Mmh, si te lo digo es avaricia. Pero si no lo hago entonces morirás sin un pecado. Y eso no lo puedo permitir.

Golpeó su hombro descolocado arrancándole un grito, se que eso no se lo han hecho ninguno de los hombres. Fue Laina, ella es la que la ha golpeado y se ha encargado de torturar la hasta que llora tan alto que se escucha a la casa, está pequeña cabaña solo retiene los suaves quejidos que hace una vez se duerme o cuando la hacen hablar.

Me detengo en sus manos, sus dedos carecen de uñas para mostrar, su meñique está colgando de su hueso. No hay piel para recubrir la exposición tan grande en ese lugar. Me alejo de ahí, con la bilis amenazando por subir por mi boca y derramarla sobre ella.

Mantengo la distancia sobrepasando mis opciones, detallando el plan que he arruinado una vez más en mi cabeza. Pero ya no hay tiempo para el arrepentimiento, solo hay espacio para un solo pensamiento.

Matarla.

—No pensé que iba a ser tan fácil tenerte aquí.

Una carcajada brota de mi pecho, balanceando más el metal en mis manos dejando caer más spelma.

—Pero ahora mírate Katia, un objetivo fácil y adicta a las drogas.




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