Adrián la esperaba en la misma oficina, como si no se hubiera movido de allí desde el día anterior. Llevaba otro traje oscuro, igual de impecable, y la misma expresión imperturbable que Victoria ya empezaba a asociar con él de forma automática.
—Volvió —dijo, sin levantarse—. No esperaba que fuera tan pronto.
—No se acostumbre. —Victoria cerró la puerta tras de sí con más fuerza de la necesaria—. Vengo a negociar. No a rendirme.
Un asomo de interés cruzó los ojos grises de Adrián.
—La escucho.
Victoria caminó hasta el escritorio y se sentó, esta vez sin pedir permiso. Sacó de su bolso una copia impresa del contrato, llena de anotaciones a mano, subrayados y correcciones que había hecho durante la madrugada, cuando el insomnio se convirtió en algo productivo.
—Cláusula tres —dijo, señalando la página—. La que exige comportamiento afectuoso en público. Quiero que se especifique un límite. No voy a fingir un romance de telenovela para sus socios.
—¿Qué propone?
—Cortesía. Respeto. Cercanía razonable. Nada más.
Adrián inclinó la cabeza, considerándolo.
—Aceptable. ¿Algo más?
—Cláusula cinco. Sobre mantener los conflictos en privado. —Victoria levantó la vista—. Quiero que se aclare que eso no significa que deba callar si usted hace algo que considere inaceptable. Puedo ser discreta. No voy a ser sumisa.
Su expresión se mantuvo casi intacta, pero algo cruzó fugazmente sus labios, apenas el amago de una sonrisa que Adrián contuvo antes de que llegara a formarse del todo. Victoria lo vio de todas formas, ese destello antes de que la máscara volviera a su lugar.
—Nadie le ha pedido que sea sumisa, señorita Salvatierra.
—Prefiero dejarlo claro antes de firmar cualquier cosa.
—Concedido.
Victoria pasó a la siguiente página, decidida a no darle tregua.
—Y quiero una cláusula de salida anticipada. Si en algún momento usted incumple los términos de manera grave, quiero poder terminar este acuerdo sin perder nada de lo que me ha prometido.
—Eso ya está contemplado.
—Quiero que sea explícito. No una interpretación ambigua que sus abogados puedan usar en mi contra dentro de seis meses.
Adrián la observó un largo instante, y Victoria sostuvo su mirada sin parpadear ni ceder un centímetro. Sabía que aquello era, en cierto modo, una prueba. Una manera de medir hasta dónde estaba dispuesta a defenderse a sí misma antes de atarse a él legalmente.
—Muy bien —dijo finalmente Adrián, tomando una pluma y anotando algo en el margen del documento original—. Se añadirá una cláusula de incumplimiento grave, con causales específicas: infidelidad pública, violencia, difamación deliberada o cualquier acto que ponga en riesgo la integridad o reputación de la otra parte de forma intencional.
—Y financiera —añadió Victoria—. Si en algún momento decide retener los fondos prometidos a mi empresa, considero eso un incumplimiento grave también.
—Justo.
La facilidad con la que aceptaba cada condición la desconcertaba casi tanto como su frialdad inicial. Victoria había llegado preparada para una batalla, para tener que arrancarle cada concesión con uñas y dientes. En cambio, Adrián parecía dispuesto a ceder en todo lo que ella considerara razonable, sin discutir ni recurrir a ese tono condescendiente que tantos hombres de su posición usaban con las mujeres que se atrevían a negociar con ellos.
—¿Por qué es tan fácil? —preguntó, incapaz de contener la pregunta.
—¿Prefiere que sea difícil?
—Prefiero entender qué está ganando usted con todo esto, además de su herencia.
Adrián dejó la pluma sobre el escritorio y la observó con una seriedad que, por un instante, pareció genuina.
—Gano una esposa que no intentará manipularme, ni fingirá sentimientos que no existen, ni buscará aprovecharse de mi apellido más allá de lo que este contrato estipula. En mi mundo, señorita Salvatierra, eso vale mucho más de lo que imagina.
Había algo en su voz, un cansancio apenas perceptible, que sugería una historia detrás de esas palabras. Victoria no preguntó. No era el momento, y una parte de ella —la parte que todavía lo odiaba con la misma intensidad de siempre— no quería saber nada que pudiera hacerlo parecer humano.
—Una cosa más —dijo, volviendo al documento—. La última cláusula. La que se negó a mostrarme ayer.
Adrián guardó silencio un momento.
—Todavía no.
—Estoy negociando, señor Devereux. Eso fue lo que dijo que tenía que hacer para leerla.
—Y lo está haciendo. Pero esa cláusula se revela solo cuando ambas partes han firmado el resto del acuerdo. Es una condición no negociable.
Victoria sintió que la frustración le apretaba el pecho, pero algo en la firmeza de su tono le indicó que insistir no serviría de nada. Apretó los labios y decidió, por el momento, dejarlo pasar.
—Está bien. Pero quiero que quede claro que si esa cláusula final resulta ser algo que no puedo aceptar, este contrato queda anulado por completo. Sin excepciones.
—De acuerdo.
Nicolás, que había permanecido en silencio junto a la puerta durante toda la negociación, se adelantó con dos copias impresas del contrato final, ya con las modificaciones incorporadas.
—Si ambos están conformes —dijo, dejando los documentos sobre el escritorio—, esto es lo que firmarán.
Victoria tomó una de las copias y la revisó línea por línea, comparándola mentalmente con todo lo que habían discutido. Cada cláusula estaba ahí, respetada tal como la habían acordado. Sintió una punzada extraña, algo entre alivio y vértigo, al comprobar que Adrián había cumplido exactamente lo prometido.
Levantó la vista hacia él.
—¿Listo?
—Cuando usted lo esté.
Victoria tomó la pluma que Nicolás le ofrecía. La sostuvo un instante entre los dedos, sintiendo su peso como si fuera mucho más que un simple objeto de metal. Pensó en su padre, en la promesa que le había hecho, en los ocho años de rencor que la habían llevado hasta ese momento exacto.
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Editado: 24.09.2026