La desaparición de la carpeta cambió por completo el ambiente en la mansión durante los días siguientes. Adrián reforzó la seguridad de su despacho, instaló un nuevo sistema de acceso biométrico, y empezó a hablar en susurros con Nicolás cada vez que Victoria no estaba presente, como si temiera que las paredes mismas pudieran filtrar información.
—Necesito viajar a Ginebra —anunció una tarde, entrando a la biblioteca con expresión tensa—. Una reunión con los inversores suizos que financian la expansión europea. No puedo cancelarla sin levantar sospechas, especialmente ahora.
—¿Cuándo?
—Pasado mañana. —Hizo una pausa—. Y necesito que vengas conmigo.
Victoria levantó la vista del libro que fingía leer.
—¿Por qué?
—Porque si aparezco solo después de todo el escándalo mediático de las últimas semanas, la prensa suiza tendrá material nuevo para especular durante meses. Y porque, francamente, confío en tu criterio para esta negociación más que en el de la mayoría de mi equipo actual.
Algo cálido se instaló en el pecho de Victoria ante aquellas palabras, aunque se esforzó por no darle demasiada importancia.
—Está bien. Iré.
El vuelo a Ginebra transcurrió en un silencio cómodo, distinto a la tensión de las primeras semanas de matrimonio. Adrián trabajaba en su portátil, ocasionalmente compartiendo con Victoria algún documento para pedir su opinión legal, mientras ella observaba las nubes a través de la ventanilla, preguntándose en qué momento exacto había dejado de sentir aquella cercanía como una obligación.
El hotel donde se hospedarían era de un lujo discreto, todo madera oscura y vistas al lago, y fue en la recepción donde surgió el primer problema.
—Lo siento mucho, señor Devereux —dijo la recepcionista, revisando la pantalla con expresión apenada—, pero ha habido un error en la reserva. Solo tenemos disponible la suite matrimonial. Las habitaciones separadas que solicitó su asistente fueron canceladas por error del sistema, y el hotel está completo esta noche debido a una conferencia internacional.
El estómago le dio un vuelco.
—¿No hay ninguna otra opción? —preguntó Adrián, con la voz tensa por el cansancio del viaje.
—Lamentablemente no, señor. Puedo ofrecerles la suite con un descuento por las molestias, pero es la única disponibilidad que tenemos.
Adrián miró a Victoria, y ella pudo ver el mismo conflicto que sentía reflejado en sus ojos grises.
—Tomaremos la suite —dijo finalmente, aceptando la llave con una resignación que Victoria compartía plenamente.
La suite era espaciosa, elegante, con una cama amplia que dominaba el centro de la habitación y un salón separado con un sofá que, al menos, ofrecía una alternativa razonable para dormir. Victoria se acercó a la ventana, contemplando el lago que se extendía bajo un cielo cada vez más cargado de nubes oscuras.
—Parece que se avecina tormenta —comentó.
—El pronóstico decía que llegaría por la noche. —Adrián dejó su maletín junto al escritorio—. Espero que no afecte la reunión de mañana.
No tuvieron que esperar mucho. Apenas dos horas después, mientras Victoria revisaba unos documentos sentada en el sofá y Adrián respondía correos desde el escritorio, el cielo se abrió con una violencia que ninguno había anticipado. Los truenos sacudían las ventanas, la lluvia golpeaba el cristal con una fuerza casi furiosa, y de pronto, sin previo aviso, todas las luces de la suite se apagaron de golpe.
—¿Qué pasó? —preguntó Victoria, con el corazón acelerado por la sorpresa.
—Corte de electricidad. —La voz de Adrián sonó calmada en medio de la oscuridad—. Probablemente en todo el hotel. Espera, tengo una linterna en el móvil.
Un pequeño haz de luz iluminó parcialmente la habitación, revelando el rostro de Adrián acercándose con cautela hacia donde ella estaba sentada.
—¿Estás bien?
—Sí, solo... me sorprendió.
Encontraron velas en un cajón del escritorio, cortesía previsora del hotel, y las encendieron una a una hasta que la habitación quedó bañada en una luz cálida y titilante que suavizaba cada sombra, cada rincón, dándole a todo un aire extrañamente íntimo.
—Parece que estamos atrapados hasta que restablezcan el servicio —dijo Adrián, sentándose en el sofá junto a ella, dejando una distancia prudente entre ambos que, de alguna manera, se sentía cada vez más artificial.
—¿Recepción no dijo nada sobre cuánto podría durar?
—Con esta tormenta, podría ser toda la noche.
Se quedaron en silencio un momento, escuchando el rugido de la lluvia contra las ventanas, la luz de las velas proyectando sombras danzantes sobre las paredes.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Victoria finalmente, envalentonada quizás por la oscuridad, por la sensación de estar suspendidos fuera del tiempo habitual—. Sobre tu infancia. Nunca hablamos realmente de cómo fue, más allá de lo que me contaste sobre tus padres.
Adrián guardó silencio un momento, mirando la llama de la vela más cercana.
—Fue solitaria, principalmente. Mi abuela hizo lo que pudo, pero perder a mis padres tan joven me dejó... distante, supongo. Aprendí muy pronto que confiar en la gente rara vez terminaba bien.
—¿Por eso te cuesta tanto confiar ahora?
—Probablemente. —Volteó a mirarla, con una honestidad que rara vez mostraba—. Contigo ha sido distinto, aunque no sabría explicar exactamente por qué.
El corazón de Victoria se aceleró ante aquella confesión inesperada.
—¿Y tú? —preguntó él, cambiando el peso de la conversación hacia ella—. ¿Cómo era Victoria antes de que todo se derrumbara?
—Feliz, creo. Ingenua, tal vez. —Una sonrisa nostálgica cruzó su rostro—. Mi padre me llevaba todos los domingos a un parque cerca de casa. Me enseñó a andar en bicicleta ahí, tuve mi primer beso ahí, a los catorce años, con un chico que ya ni recuerdo bien. Era un mundo completamente distinto al que conozco ahora.
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Editado: 24.09.2026