Latir Contra el Contrato

La gala

La invitación llegó una semana después del incidente con la fotografía de su padre, un tema que Victoria y Adrián habían acordado tácitamente no retomar todavía. Ella tenía demasiadas preguntas, y él parecía necesitar tiempo antes de responderlas. Por ahora, ambos habían decidido —sin decirlo en voz alta— dejar esa herida abierta en pausa.

—La Gala de la Fundación Infantil Devereux —anunció Adrián durante el desayuno, deslizando una tarjeta dorada sobre la mesa—. Se celebra todos los años. Reúne a la mitad del sector financiero del país y, lamentablemente, a la totalidad de la prensa especializada.

—¿Otra actuación?

—La más importante de todas. Es el evento donde mi abuela mide, año tras año, la solidez de esta familia frente al mundo. —Hizo una pausa—. Y este año, todos querrán ver a la nueva señora Devereux.

Victoria tomó la tarjeta, sintiendo el peso del papel grueso entre los dedos, la tipografía elegante anunciando una noche que, sospechaba, sería decisiva de un modo que todavía no lograba anticipar del todo.

El vestido llegó dos días antes del evento: una pieza de seda color borgoña profundo, con un escote que insinuaba sin exceder nunca la elegancia, y una caída que parecía diseñada para moverse como agua cuando ella caminara. El estilista había insistido en que el color evocaba fuerza sin agresividad, justo lo que necesitaba proyectar esa noche.

Cuando Victoria bajó las escaleras de la mansión la noche de la gala, encontró a Adrián esperándola al pie, ajustándose los gemelos de su esmoquin con la concentración distraída de quien lleva puesta la mente en otro lugar. Levantó la vista al escuchar sus pasos, y algo en su expresión cambió de forma que Victoria no le había visto antes.

Se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué? —preguntó ella, deteniéndose a mitad de la escalera, repentinamente insegura—. ¿Está mal el vestido?

—No. —La voz de Adrián sonó más ronca de lo habitual—. Está perfecto.

El calor le subió por el cuello, y Victoria se obligó a terminar de bajar las escaleras antes de que el silencio se volviera todavía más evidente para ambos.

—Deberíamos irnos —dijo, evitando su mirada—. No queremos llegar tarde a tu propia gala.

—No —murmuró Adrián, ofreciéndole el brazo con una formalidad que no lograba disimular del todo lo que fuera que hubiera cruzado por su mente segundos antes—. No queremos.

El salón de baile del Gran Hotel Metropolitano brillaba bajo cientos de luces doradas, columnas de mármol envueltas en telas blancas y arreglos florales que debían haber costado una fortuna solo en logística. Cientos de invitados —empresarios, políticos, celebridades del mundo financiero— se movían entre mesas cubiertas de mantelería impecable, todos con la misma mirada calculadora que Victoria ya había aprendido a reconocer en ese círculo.

En cuanto cruzaron la entrada, decenas de cabezas se giraron.

—Están mirando —murmuró Victoria, sintiendo el peso de tantos ojos evaluándola al mismo tiempo.

—Siempre miran. —Adrián mantuvo una mano firme en su espalda baja, guiándola entre la multitud con la fluidez de quien ha hecho esto miles de veces—. La pregunta es qué van a decir después.

Amelia los recibió cerca del escenario principal, vestida en un tono lavanda que contrastaba elegantemente con su cabello plateado, examinando a Victoria de arriba abajo con la misma evaluación silenciosa de siempre, aunque esta vez un destello de aprobación cruzó sus ojos.

—Estás deslumbrante, niña. —Le tomó ambas manos—. Adrián, tu esposa está causando sensación esta noche.

—Lo he notado —dijo él, y algo en su tono hizo que Victoria lo mirara de reojo, sorprendida por la calidez inesperada.

La velada avanzó entre presentaciones interminables: socios, inversores extranjeros, esposas de hombres importantes que evaluaban a Victoria con sonrisas tensas mientras intentaban descifrar si la nueva señora Devereux representaba una amenaza social o una simple curiosidad pasajera. Victoria sostuvo cada conversación con la precisión que había aprendido durante años de reuniones legales, sin dejar que el cansancio se filtrara en su expresión.

Fue durante una pausa cerca de los ventanales, mientras Adrián conversaba con un grupo de inversores asiáticos, que Victoria sintió una presencia conocida a su lado.

—Debo admitir que estoy impresionado —dijo Sebastián, apareciendo con una copa de champán y esa sonrisa que nunca terminaba de alcanzar sus ojos—. Llevas el papel de esposa devota con una convicción admirable.

—No es un papel, Sebastián.

—Por supuesto que no. —Su tono dejaba claro exactamente lo contrario de lo que decían sus palabras—. Solo me pregunto cuánto tiempo más podrás sostenerlo antes de que algo se rompa.

El recuerdo de aquella conversación robada en la gala anterior —Sebastián y Verónica, hablando de grietas y paciencia— regresó con fuerza. Victoria mantuvo el rostro impasible, decidida a no darle ninguna satisfacción.

—Nada va a romperse, Sebastián. Cuenta con ello.

Un destello de irritación cruzó fugazmente el rostro de él antes de que su sonrisa volviera a instalarse en su lugar.

—Veremos.

Se alejó entre la multitud, dejando a Victoria con una inquietud que no logró sacudirse del todo, ni siquiera cuando la orquesta comenzó a tocar los primeros compases de un vals y Adrián reapareció a su lado, ofreciéndole la mano con una expresión indescifrable.

—Nos toca —dijo simplemente.

—¿Bailar?

—Es tradición que la pareja anfitriona abra el baile. Mi abuela lleva insistiendo en ello toda la noche.

Victoria miró hacia la pista, donde decenas de ojos ya empezaban a converger expectantes, y el estómago se le tensó de un modo que no tenía nada que ver con el nerviosismo social habitual.

—No sé bailar vals particularmente bien.

—Yo sí. —Una sonrisa genuina apareció en el rostro de Adrián—. Solo sígueme.

La condujo hasta el centro de la pista, colocando una mano firme en su cintura mientras la orquesta ganaba fuerza. Victoria sintió la calidez de su palma incluso a través de la seda del vestido, un contacto que, inexplicablemente, no se sentía como parte de ninguna actuación.




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