El nombre de Roberto Alcázar cambió por completo la naturaleza de la investigación. Ya no se trataba de desenmascarar a un primo ambicioso dispuesto a manipular un testamento familiar. Se trataba de enfrentar a uno de los hombres más poderosos del sector financiero del país, alguien con recursos suficientes para influir en la prensa, en el poder judicial, y evidentemente, en la propia vida de quienes se atrevieran a investigarlo muy de cerca.
—Necesitamos ser extremadamente cuidadosos a partir de ahora —dijo Adrián, la noche siguiente a la confrontación con Sebastián, mientras revisaba junto a Nicolás toda la información que habían logrado reunir sobre Alcázar—. Un hombre con ese nivel de poder no va a permitir que sigamos acercándonos sin tomar medidas drásticas.
—¿Qué tipo de medidas? —preguntó Victoria, aunque una parte de ella ya intuía la respuesta antes de formular la pregunta.
—No lo sé con certeza. Pero necesito que durante los próximos días extremes todavía más las precauciones que ya habíamos acordado. Sin excepciones.
Victoria asintió, aunque la vida cotidiana, incluso en medio de aquella tensión creciente, exigía que ciertas actividades continuaran. Salvatierra & Asociados tenía compromisos pendientes que no podían posponerse indefinidamente, y esa tarde en particular, Victoria había programado una reunión con un cliente importante en las oficinas del bufete, apenas a veinte minutos de la mansión.
—Puedo posponer la reunión —dijo, dudando mientras se preparaba para salir—. Si crees que es muy arriesgado.
—El chofer te acompañará, y tendrás vigilancia discreta en todo momento. —Adrián, aunque visiblemente tenso, no quiso privarla de la normalidad que tanto necesitaba después de meses de caos—. Pero mantén el teléfono contigo en todo momento, y avísame en cuanto termines.
La reunión transcurrió sin incidentes, y Victoria salió del edificio de oficinas poco después de las seis de la tarde, con el cielo ya oscureciéndose sobre la ciudad y las calles empezando a llenarse del tráfico habitual de esa hora. El auto la esperaba en el lugar acordado, con el chofer visible tras el volante, y Victoria caminó hacia él con la tranquilidad de quien ya se había acostumbrado, en cierta medida, a aquella rutina de vigilancia constante.
Fue al pasar junto a un callejón estrecho entre dos edificios, apenas a media cuadra del auto, cuando sintió que algo iba terriblemente mal.
Una mano se cerró sobre su brazo con una fuerza brutal, tirando de ella hacia la oscuridad del callejón antes de que pudiera siquiera procesar lo que estaba sucediendo. Intentó gritar, pero otra mano cubrió su boca con firmeza, ahogando cualquier sonido antes de que pudiera escapar de su garganta.
—No hagas esto más difícil de lo necesario —dijo una voz masculina, baja y desconocida, cerca de su oído—. Solo necesitamos que vengas con nosotros tranquilamente.
Victoria sintió que el pánico le recorría el cuerpo entero, pero años de entrenamiento en defensa personal, insistencia de su padre durante su adolescencia que en ese momento nunca imaginó que resultaría tan crucial, activaron un instinto de resistencia que no le permitió quedarse paralizada. Clavó el codo con toda su fuerza en las costillas del hombre que la sujetaba, ganando apenas un segundo de distracción antes de que la mano sobre su boca se aflojara lo suficiente como para permitirle gritar.
—¡Suéltame!
Distinguió, en la penumbra del callejón, a dos hombres más allá del que la sujetaba, uno de ellos abriendo la puerta trasera de un vehículo oscuro estacionado apenas unos metros más adelante. El terror se instaló en su pecho con una claridad helada al comprender exactamente lo que estaba a punto de sucederle.
—¡Ayuda! —gritó, con toda la fuerza que sus pulmones le permitían, forcejeando contra el agarre que intentaba arrastrarla hacia el vehículo.
Fue en ese instante cuando escuchó los pasos.
Adrián apareció en la entrada del callejón con una velocidad que Victoria jamás le había visto, la expresión de su rostro transformada en algo que ella nunca antes había presenciado: una furia pura, desprovista de cualquier cálculo o compostura, impulsada únicamente por el terror de llegar demasiado tarde.
—¡Suéltala! —rugió, abalanzándose contra el hombre que sujetaba a Victoria con una fuerza que reflejaba años de entrenamiento físico disciplinado bajo su fachada de empresario controlado.
El impacto derribó a ambos hombres al suelo, y Victoria, liberada momentáneamente del agarre, retrocedió contra la pared del callejón, observando con el corazón desbocado cómo Adrián luchaba contra el atacante con una determinación feroz. Los otros dos hombres, alertados por el escándalo, se acercaron para intervenir, pero el sonido de una sirena a la distancia —probablemente activada por algún testigo que había presenciado el forcejeo desde la calle— los hizo dudar.
—¡Vámonos! —gritó uno de ellos, tirando del brazo de su cómplice, que finalmente logró zafarse del agarre de Adrián para correr hacia el vehículo que los esperaba.
En su huida apresurada, el hombre que había sujetado a Victoria dejó caer algo al suelo, un objeto pequeño y metálico que rebotó contra el pavimento con un sonido apagado, pero ninguno de los tres se detuvo a recuperarlo, subiendo al auto que arrancó con un chirrido de neumáticos, desapareciendo calle abajo antes de que la policía pudiera siquiera acercarse.
—¿Estás herida? —preguntó Adrián, girándose hacia ella con una urgencia que apenas lograba contener, sus manos recorriendo sus brazos, su rostro, como si necesitara confirmar físicamente que estaba completa, que lo sucedido no había terminado en tragedia.
—Estoy bien. —La voz de Victoria salió temblorosa, el shock apenas empezando a disolverse—. Estoy bien, Adrián.
—Cuando escuché tu grito... —Su voz se quebró, algo que Victoria jamás le había escuchado antes, ni siquiera en los momentos más vulnerables que habían compartido—. Pensé que había llegado demasiado tarde. Pensé que...
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Editado: 24.09.2026