Latir Contra el Contrato

Reglas de convivencia

Victoria durmió esa noche en el sofá, envuelta en una manta que Rosa le había dejado sin hacer preguntas, mientras Adrián ocupaba la cama como si la distribución no admitiera discusión. No cruzaron una palabra después de la conversación en la habitación. Solo el silencio incómodo de dos desconocidos aprendiendo a compartir un mismo aire, cada uno pendiente de la respiración del otro en la oscuridad, sin atreverse a decir nada que pudiera romper la tregua frágil que ambos parecían haber pactado en silencio.

A la mañana siguiente, el sol entraba de lleno por los ventanales cuando Victoria despertó con el cuello agarrotado y el cuerpo protestando por la noche en un mueble que, por más elegante que fuera, no estaba diseñado para dormir. Se quedó un momento mirando el techo alto de la habitación, tratando de recordar dónde estaba antes de que la memoria del día anterior cayera sobre ella como un peso completo: firma, ceremonia, mansión, la cama que ahora tenía que compartir con un desconocido que llevaba su apellido nuevo.

Se levantó, se cambió con rapidez y bajó guiándose por el aroma a café que llegaba desde algún lugar de la planta baja.

Encontró a Adrián en un comedor luminoso que daba a los jardines, vestido con una camisa clara y el cabello todavía húmedo, leyendo algo en su teléfono con la concentración de quien llevaba horas despierto.

—Buenos días —dijo él, sin levantar la vista.

—¿Siempre te levantas tan temprano?

—A las cinco y media. Todos los días. —Dejó el teléfono a un lado y por fin la miró—. Nado antes del amanecer. Es lo único que me despeja la cabeza para el resto del día.

—Qué disciplina tan admirable —dijo Victoria, con un tono que dejaba claro que no lo admiraba en absoluto.

Se sentó frente a él, y Rosa apareció casi de inmediato con una bandeja de café y fruta fresca, dejándola sobre la mesa con la eficiencia silenciosa de quien conoce cada rincón de la casa mejor que sus propios dueños.

—Buenos días, señora Devereux —dijo Rosa, con una calidez que contrastaba con la formalidad del resto de la casa—. ¿Prefiere el café solo o con leche?

—Solo, gracias.

Cuando Rosa se retiró, Adrián retomó la conversación con su calma metódica habitual, la de un hombre acostumbrado a organizar su entorno hasta el más mínimo detalle.

—Deberíamos establecer algunas reglas —dijo—. Ahora que vivimos bajo el mismo techo, conviene evitar malentendidos innecesarios.

—Adelante. Estoy ansiosa por escuchar sus términos, señor Devereux.

—Primero: esta casa tiene un horario. El desayuno se sirve a las siete. La cena, a las ocho. Si va a ausentarse, avise a Rosa con antelación.

—¿Vamos a comer juntos todos los días?

—Compartimos el mismo personal doméstico, señora Devereux. Sería extraño que Rosa preparara dos cenas distintas para dos personas que viven en la misma casa. Y cualquier empleado que note un patrón fuera de lo común terminará hablando de más, tarde o temprano.

Victoria tomó su taza de café, decidida a no darle el gusto de una reacción visible.

—Continúe.

—Segundo: mi despacho, en el ala este, es un espacio privado. No entra nadie sin invitación, incluida usted.

—No tenía ningún interés en su despacho.

—Bien. Tercero: los fines de semana suelo trabajar desde casa hasta el mediodía. Le agradecería que evitara reuniones sociales en la propiedad durante ese horario.

—¿Algo más, general?

Adrián levantó la vista por primera vez desde que había empezado a enumerar sus condiciones, y una sombra de irritación cruzó su rostro habitualmente impasible.

—¿Le molesta que tenga orden en mi propia casa?

—Me molesta que hable como si estuviera dictando un reglamento militar y no conviviendo con otra persona.

—Cuarto —continuó él, ignorando el comentario, aunque su tono se volvió ligeramente más cortante—: cualquier cambio que desee hacer en la habitación, en la decoración de sus espacios personales, o en el funcionamiento de la casa, puede discutirlo con Rosa. Ella tiene autorización para atender sus peticiones.

—Qué generoso. Puedo cambiar las cortinas, pero no puedo elegir dónde duermo.

—Ya hablamos de la habitación.

—No hablamos. Usted decidió, y yo tuve que aceptarlo porque no tenía alternativa. —Victoria dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria—. Y ya que estamos estableciendo reglas, tengo una propia. No voy a fingir que disfruto de su compañía cuando estemos solos. La actuación es para el público, no para el desayuno.

—Me parece razonable.

—Y quiero un espacio propio. Un lugar en esta casa que sea mío, sin que tenga que pedir permiso para usarlo.

Adrián la observó un momento, como si sopesara la petición desde algún cálculo interno que Victoria no lograba descifrar.

—Hay una biblioteca en el ala oeste que casi nadie usa. Puede considerarla suya, si lo desea.

—Lo consideraré.

—Quinto —añadió él, y Victoria puso los ojos en blanco de forma tan evidente que Adrián se detuvo—. ¿Algún problema?

—Solo me preguntaba cuántas reglas más pensaba imponerme antes de terminar el desayuno.

—Es la última, se lo aseguro. —Un dejo de exasperación tiñó su voz—. Quinto: si en algún momento tiene dudas sobre cómo comportarse frente a mi familia o mis socios, pregúnteme antes, no después. Un error puede costarnos meses de credibilidad construida.

—No necesito que me enseñe modales, señor Devereux. Sé comportarme en sociedad perfectamente bien sin sus instrucciones.

—No hablo de modales. Hablo de conocer el terreno que pisa. Mi mundo tiene reglas no escritas que usted no conoce todavía, y sería absurdo que las aprendiera a base de errores públicos.

Un silencio se instaló entre ambos, roto solo por el sonido de los cubiertos contra la porcelana. Victoria observó a Adrián de reojo, tratando de encontrar alguna fisura en aquella compostura perfecta que llevaba puesta como una segunda piel. No encontró ninguna, salvo quizás en la forma en que sus dedos se cerraban con demasiada firmeza alrededor de la taza de café, como si necesitara algo sólido a lo que aferrarse.




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