Latir Contra el Contrato

El hombre del pasado

Decidieron acudir a la cita, aunque no exactamente en los términos que el mensaje anónimo había exigido. Adrián organizó un dispositivo de seguridad discreto alrededor del Parque Central, con hombres de su equipo de confianza posicionados a distancia prudente, listos para intervenir ante cualquier señal de peligro, aunque sin presencia visible que pudiera ahuyentar a quien fuera que hubiera enviado aquel mensaje.

—Si esto es una trampa, necesito que tengas esto contigo —dijo Adrián, entregándole a Victoria un pequeño dispositivo de rastreo apenas antes de bajar del auto—. Y si en algún momento sientes que algo no está bien, actívalo sin dudar. Mi equipo estará ahí en menos de un minuto.

—Vamos a estar bien, Adrián.

—No voy a arriesgarme a que no sea así.

El mirador del Parque Central se alzaba en lo alto de una pequeña colina artificial, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad iluminada bajo el cielo nocturno. A esa hora, el lugar estaba prácticamente desierto, apenas iluminado por un par de farolas viejas que proyectaban círculos de luz tenue sobre el sendero de piedra.

Un hombre mayor, de cabello completamente cano y una expresión cansada que hablaba de años cargando algún peso invisible, los esperaba sentado en un banco cercano al mirador, con un abrigo oscuro que lo protegía del frío nocturno.

—Gracias por venir —dijo, levantándose lentamente al verlos aproximarse—. No estaba seguro de si aceptarían el riesgo.

—¿Quién es usted? —preguntó Victoria, manteniendo una distancia cautelosa.

—Mi nombre es Ernesto Beltrán. —El hombre extendió una mano temblorosa, que Victoria estrechó con cierta reserva—. Trabajé como contador principal para Meridian Corp durante casi quince años. Fui yo quien realizó la auditoría independiente original, la que nunca llegó a presentarse como evidencia durante el juicio contra su padre.

Victoria sintió que el corazón le daba un vuelco al reconocer, finalmente, al hombre cuyo nombre había aparecido mencionado en los documentos que Elena había desenterrado semanas atrás, el contador que había huido del país apenas dos semanas después de que estallara el escándalo.

—Usted es el que se mudó a Portugal —dijo, con la voz cargada de una mezcla de sorpresa y desconfianza—. El que desapareció justo cuando su testimonio podría haber probado la inocencia de mi padre.

—Sí. —Ernesto bajó la mirada, la vergüenza evidente en cada línea de su rostro envejecido—. Y he vivido cada día de estos ocho años cargando el peso de esa decisión.

—¿Por qué huyó? —preguntó Adrián, con una firmeza que dejaba claro que no aceptaría evasivas.

—Porque me amenazaron. —La voz de Ernesto se quebró ligeramente—. Dos días después de completar la auditoría, un hombre se presentó en mi casa, mostrándome fotografías de mi esposa y de mis hijos, dejándome absolutamente claro qué les sucedería si mi testimonio contradecía la versión oficial que ya se estaba preparando contra Gabriel.

—¿Roberto Alcázar? —preguntó Victoria.

—Nunca conocí su nombre completo en ese momento. Solo sabía que trabajaba para alguien con recursos suficientes como para destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino. —Ernesto se sentó de nuevo en el banco, como si el peso de la confesión lo hubiera agotado por completo—. Tomé el dinero que me ofrecieron, cambié mi vida por completo, y traté de convencerme durante años de que había hecho lo correcto para proteger a mi familia.

—¿Qué cambió ahora? —preguntó Adrián.

—Vi la conferencia de prensa. —Ernesto lo miró directamente—. Cuando usted declaró públicamente que existían pruebas de que la auditoría había sido manipulada, comprendí que finalmente alguien estaba dispuesto a exponer la verdad, sin importar las consecuencias. Y decidí que ya era hora de que yo también dejara de vivir con este peso.

De su abrigo, Ernesto extrajo una carpeta gastada, sus bordes desgastados por años de haber sido manipulada, guardada y quizás escondida en múltiples ocasiones a lo largo de casi una década.

—Esta es la auditoría original completa —dijo, entregándosela a Victoria con manos temblorosas—. La verdadera, no la versión falsificada que sustituyeron aquella noche. Contiene mi firma auténtica, mis notas originales, y una serie de anexos que documentan las irregularidades financieras que realmente detecté en las cuentas de Meridian, ninguna de las cuales estaba relacionada con Gabriel Salvatierra.

Victoria abrió la carpeta con manos temblorosas, reconociendo de inmediato la letra que coincidía exactamente con la firma que había comparado meses atrás, la auténtica, la que confirmaba sin ninguna duda que su padre jamás había cometido el fraude del que se le había acusado.

—Mi padre estaba limpio —murmuró, sintiendo que las lágrimas se acumulaban ante la confirmación definitiva de algo que llevaba semanas sospechando, pero que finalmente tenía frente a ella con toda la fuerza de una prueba irrefutable.

—Completamente. —Ernesto asintió, con una expresión que combinaba alivio y una culpa que evidentemente lo había consumido durante años—. Gabriel era uno de los empresarios más íntegros con los que trabajé jamás. Las irregularidades que encontré apuntaban hacia movimientos internos de la propia junta directiva, no hacia él.

Adrián, que había permanecido en silencio observando el intercambio, finalmente formuló la pregunta que Victoria sabía que llevaba pesándole desde hacía semanas.

—¿Sabe usted si yo estuve involucrado de alguna forma? —preguntó, con una vulnerabilidad genuina en la voz—. ¿Si mi familia participó, aunque fuera indirectamente, en lo que le sucedió a Gabriel Salvatierra?

Ernesto negó con la cabeza de inmediato, con una certeza que pareció aliviar visiblemente algo en el pecho de Adrián.

—Su abuelo intentó ayudar a Gabriel hasta el último momento. Recuerdo con claridad una reunión, apenas días antes de que el escándalo estallara, donde su abuelo le ofreció recursos legales, contactos, cualquier cosa que pudiera ayudar a esclarecer la situación. —Una sonrisa triste cruzó el rostro del anciano—. Ustedes dos, Devereux y Salvatierra, siempre estuvieron del mismo lado en todo esto. Fueron víctimas de la misma conspiración, no adversarios.




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