El auto los dejó frente a la mansión pasada la una de la madrugada. Rosa, alertada por una llamada previa de Nicolás, ya los esperaba en la puerta con un botiquín preparado y expresión preocupada.
—Señor Devereux, ¿está usted bien? Puedo llamar al doctor de la familia si...
—No es necesario, Rosa —dijo Adrián, aunque el cansancio ya empezaba a notarse en su voz—. Ve a descansar. Nosotros nos encargamos.
Rosa dudó un instante, mirando a Victoria como buscando una segunda opinión, pero terminó por asentir y retirarse con el botiquín en las manos, dejándolo sobre la mesa del salón antes de desaparecer escaleras arriba.
—No hacía falta que la despacharas —dijo Victoria, tomando el botiquín—. Podría haberte curado ella.
—Prefiero que lo hagas tú.
La frase quedó suspendida entre ambos, más cargada de significado del que probablemente Adrián había pretendido. Victoria no comentó nada al respecto. Simplemente le indicó que se sentara en uno de los sillones del salón, bajo la luz cálida de una lámpara de pie, y empezó a abrir el botiquín con manos que todavía no habían recuperado del todo su firmeza habitual.
—Quítate la chaqueta. Y la camisa, si el corte llega hasta el codo.
Adrián obedeció sin protestar, algo inusual en él, dejando al descubierto un antebrazo donde la sangre ya se había secado alrededor de una herida que, afortunadamente, no era tan profunda como había parecido en el calor del momento.
Victoria se arrodilló frente a él, limpiando la herida con gasas empapadas en antiséptico, sintiendo cómo Adrián apenas se movía, soportando el escozor sin una sola queja.
—Puedes hacer ruido si duele —dijo ella, sin levantar la vista—. No voy a pensar peor de ti.
—No duele tanto como parece.
—Mentiroso.
Una risa breve escapó de Adrián, apenas un sonido, pero suficiente para sorprender a Victoria, que levantó la vista un instante antes de continuar con su tarea. Le pareció extraño, casi desconcertante, ver cómo un simple gesto de humor podía cambiar por completo el rostro de un hombre que hasta ese momento solo le había mostrado fachadas cuidadosamente construidas.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó finalmente, mientras aplicaba una venda limpia sobre el corte—. Pudiste apartarte. Nadie te habría culpado. Ni siquiera yo.
Adrián guardó silencio un momento, observando cómo las manos de Victoria trabajaban con una delicadeza que contrastaba con la firmeza con la que solía enfrentarse a él en cada conversación.
—No lo pensé —dijo finalmente—. Simplemente reaccioné.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo. —Su voz sonó extrañamente honesta, desprovista de la cautela habitual—. Llevo años entrenándome para calcular cada movimiento y cada palabra antes de tomar una decisión. Y en ese momento no calculé nada. Solo... actué.
Victoria terminó de asegurar la venda y se quedó un instante con las manos todavía sobre su brazo, sin saber exactamente por qué no las apartaba.
—Gracias —dijo, en voz baja—. De verdad.
—No tienes que agradecerme por algo que cualquier persona decente habría hecho.
—No cualquier persona lo habría hecho. Y menos alguien que se supone que me odia tanto como yo a él.
Adrián la miró, con una intensidad que Victoria no le había visto antes, algo que se asomaba por debajo de todas las capas de control que solía llevar puestas como armadura.
—Nunca dije que te odiara.
—No hacía falta que lo dijeras.
—Tal vez me equivoqué al dejar que lo asumieras.
El silencio que siguió no fue incómodo, como tantos otros que habían compartido desde el día de la firma. Fue distinto: cargado de algo nuevo, frágil, que ninguno de los dos parecía dispuesto a nombrar todavía. Victoria guardó el resto del botiquín, consciente de que sus propias manos seguían temblando ligeramente, aunque ya no por miedo.
—Debería cambiarme —dijo Adrián, mirando su camisa manchada—. Y tú también deberías descansar. Ha sido una noche larga.
—No creo que pueda dormir todavía. Demasiadas cosas dando vueltas.
—¿Té? —preguntó él, con una naturalidad que sorprendió a ambos—. Suelo prepararlo cuando no puedo dormir. Es lo único que aprendí a hacer bien en la cocina.
Victoria sonrió, casi sin darse cuenta.
—Té, pues.
Se sentaron después en la cocina, con dos tazas humeantes entre las manos, mientras la casa dormía a su alrededor y la madrugada avanzaba lenta al otro lado de las ventanas. Adrián se había cambiado a una camisa limpia, con la manga cuidadosamente enrollada para no rozar la venda, y parecía relajado, casi accesible, como pocas veces antes.
—¿Por qué la biblioteca? —preguntó de pronto—. De todos los espacios de la casa, ¿por qué elegiste ese?
—Mi padre tenía una biblioteca parecida. Más pequeña, pero con esa misma luz por las tardes. —Victoria sonrió, un gesto pequeño y nostálgico—. Pasábamos horas ahí cuando era niña. Él leía, yo hacía como que leía, aunque en realidad solo quería estar cerca de él.
—Debía ser un buen padre.
—Lo era. —La sonrisa de Victoria se apagó un poco—. Antes de que todo se derrumbara.
Adrián bajó la mirada hacia su taza, y por un instante Victoria creyó ver un destello de culpa cruzar su rostro, aunque desapareció antes de que pudiera estar segura.
—¿Y tú? —preguntó ella, decidida a cambiar el rumbo de sus propios pensamientos—. ¿Cómo era crecer siendo un Devereux?
—Ordenado. Distante. —Adrián eligió las palabras con cuidado—. Mis padres murieron cuando yo tenía diez años. Un accidente de avión. Mi abuela me crió desde ese momento, junto con mi abuelo, hasta que él también murió hace unos años.
—Lo siento.
—Fue hace mucho tiempo.
—Eso no significa que no duela.
Adrián la miró, sorprendido quizás por la sencillez con la que Victoria había desarmado una defensa que llevaba años perfeccionando.
—No. Supongo que no. —Hizo una pausa, girando la taza entre las manos—. Creo que por eso aprendí a controlarlo todo. Si controlas cada variable, nada puede volver a sorprenderte de esa manera. Nada puede volver a arrebatarte algo sin que lo veas venir.
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Editado: 24.09.2026