Latir Contra el Contrato

Doce horas

El descubrimiento de la firma falsificada dejó a Victoria sin dormir durante dos noches seguidas. Guardó el documento en un lugar seguro, decidida a investigarlo más a fondo antes de sacar conclusiones apresuradas, pero la pregunta la perseguía constantemente: si su padre no había firmado aquella auditoría, ¿quién lo había hecho en su nombre? ¿Y por qué?

Adrián, por su parte, se había mostrado extrañamente evasivo desde el hallazgo, ofreciéndose a contactar a un experto en grafología de su confianza para confirmar la autenticidad de la firma, pero rehuyendo cualquier conversación más profunda sobre las implicaciones del hallazgo. Victoria lo atribuyó al estrés acumulado por la investigación sobre Sebastián, sin sospechar que había algo más detrás de aquel silencio.

—Necesito que me acompañes a las oficinas de Meridian —le dijo él una mañana, con el ceño fruncido sobre un informe—. Hay un empleado de hace años que trabajó ahí durante la época del escándalo, y podría tener información útil sobre la auditoría.

—¿Crees que hablará con nosotros?

—Creo que vale la pena intentarlo.

Salieron hacia las afueras de la ciudad a media tarde, poco después de las cinco, donde se ubicaban las viejas instalaciones de Meridian Corp, ahora reconvertidas en un complejo de oficinas más pequeño tras la disolución de la empresa original. El cielo, que había amanecido despejado, empezó a cubrirse de nubes grises apenas iniciaron el trayecto, y para cuando llegaron a la carretera secundaria que bordeaba las montañas, la lluvia ya caía con fuerza sobre el parabrisas.

—Deberíamos haber esperado a que mejorara el clima —comentó Victoria, sujetándose instintivamente al asiento cuando el auto atravesó un charco más profundo de lo esperado.

—El empleado solo tenía disponibilidad hoy. No quería perder la oportunidad.

Fue apenas unos minutos después, al tomar una curva cerrada rodeada de árboles, cuando todo sucedió con una rapidez que Victoria apenas logró procesar. Un árbol, debilitado por la tormenta, cedió justo delante de ellos, cayendo sobre la carretera con un estruendo que ahogó cualquier grito de advertencia. Adrián giró el volante con violencia, evitando el impacto directo, pero el auto derrapó sobre el asfalto mojado y terminó incrustado contra un terraplén lateral, con el capó abollado y una de las ruedas delanteras completamente atascada en el barro.

—¿Estás bien? —preguntó Adrián de inmediato, girándose hacia ella con una urgencia que dejaba poco espacio para cualquier fachada calculada.

—Sí, creo que sí. —Victoria respiraba con dificultad, el corazón todavía acelerado por el susto—. ¿Y tú?

—Bien. —Miró alrededor, evaluando la situación—. El árbol bloquea completamente la carretera, y no vamos a poder sacar el auto de aquí sin ayuda.

Intentaron llamar a una grúa, pero la señal telefónica, ya débil en aquella zona montañosa, había desaparecido casi por completo debido a la tormenta. No tuvieron más opción que esperar, refugiados dentro del auto, mientras la lluvia arreciaba y la tarde empezaba a ceder paso a una noche que se anunciaba larga.

—Doce horas, según el pronóstico que alcancé a ver antes de perder la señal —dijo Adrián, revisando su teléfono con una expresión resignada—. La tormenta no va a amainar hasta el amanecer.

—Genial. —Victoria se recostó contra el asiento, cerrando los ojos un momento—. Atrapados en medio de la nada, sin señal, sin poder movernos.

—Hay una manta en el maletero. Y algo de comida que suelo llevar por precaución en los viajes largos. No es el escenario ideal, pero podremos sobrevivir hasta que amanezca.

Con el paso de las horas, encerrados en el reducido espacio del auto, el silencio inicial fue cediendo paso a una conversación cada vez más honesta, alimentada quizás por la sensación de estar completamente aislados del resto del mundo, con la tormenta como único testigo de todo lo que ninguno de los dos se había atrevido a decir hasta ese momento.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Victoria, envuelta en la manta que Adrián le había cedido casi por completo—. Sobre la fotografía que vi en tu despacho. La de mi padre.

Adrián se tensó ligeramente, aunque no apartó la mirada.

—Adelante.

—¿Por qué nunca me contaste que lo conociste?

Él guardó silencio un momento, observando la lluvia golpear contra el parabrisas con una intensidad que no mostraba signos de ceder.

—Porque no sabía cómo hacerlo sin que pareciera que estaba tratando de manipular tu percepción sobre mí. —Su voz sonó más baja de lo habitual—. Tu padre y yo nos conocimos años antes de todo el escándalo. Yo era joven, apenas empezaba a involucrarme en el negocio familiar, y él fue una de las pocas personas del sector que me trató como algo más que el heredero de un apellido poderoso.

—¿Eran cercanos?

—Lo suficiente como para que su caída me afectara más de lo que jamás he admitido en voz alta. —Un músculo se tensó en su mandíbula, un gesto que Victoria ya reconocía como señal de una vulnerabilidad genuina—. Hay cosas de aquella época que todavía no logro entender del todo. Y una parte de mí siempre ha sentido que pude haber hecho algo distinto, que pude haber evitado lo que pasó si hubiera prestado más atención.

Victoria sintió que el corazón le daba un vuelco ante aquella confesión.

—¿Te sientes culpable? ¿Por lo que le pasó a mi padre?

—Me siento culpable por muchas cosas, Victoria. —Su voz se quebró ligeramente, algo que ella nunca antes le había escuchado—. Algunas más viejas que la caída de tu familia. Otras, mucho más recientes.

Había algo en la forma en que lo dijo, en la sombra que cruzó fugazmente su rostro, que hizo que Victoria interpretara aquellas palabras como una admisión de responsabilidad directa en lo sucedido a su padre. El pecho se le tensó, una vieja herida reabriéndose con una rapidez que la sorprendió incluso a ella misma, después de todo lo que habían compartido en las últimas semanas.




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