—¿Un hijo? —repitió Victoria, con la voz más aguda de lo que hubiera querido.
—Las fuentes cercanas a la familia mencionan que la boda se adelantó de forma sospechosa. —El periodista no dejaba de sonreír, con la libreta lista para anotar cualquier palabra que se le escapara—. ¿Podría confirmarlo o desmentirlo?
Victoria abrió la boca sin saber exactamente qué iba a salir de ella. Cualquier respuesta parecía un campo minado: negarlo con demasiada vehemencia sonaría sospechoso, confirmarlo sería una mentira que después tendría que sostener durante meses. El calor le subió por el cuello, las palabras se le atoraron, y notó cómo decenas de invitados cercanos ya empezaban a girar discretamente la cabeza hacia ella, atraídos por el instinto casi animal que la gente tiene para detectar un escándalo en formación.
—Marco. —La voz de Adrián apareció detrás de ella antes de que Victoria pudiera articular nada, firme pero cortés, como una pared que se alzaba justo a tiempo—. Qué sorpresa verte aquí.
—Señor Devereux. —El periodista bajó ligeramente la libreta, aunque no la guardó—. Solo estaba conversando con su esposa sobre los rumores que circulan esta noche.
—Los rumores son exactamente eso. Rumores. —Adrián colocó una mano en la espalda baja de Victoria, un gesto que a ojos ajenos parecía puramente afectuoso, pero que ella sintió como una señal silenciosa: sígueme el paso—. Mi esposa y yo preferimos disfrutar de esta etapa del matrimonio en privado, sin necesidad de alimentar especulaciones. Estoy seguro de que lo entiendes.
—Por supuesto. —Marco cerró finalmente la libreta, aunque su sonrisa no se borró del todo—. Solo cumplo con mi trabajo.
—Y lo aprecio. —La voz de Adrián no perdió ni un ápice de calidez aparente, aunque Victoria pudo sentir la tensión bajo la mano que seguía apoyada en su espalda—. Si me disculpas, quiero presentarle a mi esposa a alguien.
Se alejaron entre la multitud, Adrián guiándola con firmeza hacia un rincón más apartado del salón, lejos de oídos curiosos.
—¿Estás bien? —preguntó, y por primera vez en toda la noche su voz perdió el tono ensayado de la actuación pública.
—Casi le digo que sí solo para que dejara de mirarme así.
—Habría sido un error. Ese tipo de rumores se convierten en titulares en cuestión de horas, y después son imposibles de desmentir del todo. —Adrián tomó dos copas de agua de una bandeja que pasaba cerca y le entregó una—. Bebe algo. Estás pálida.
Victoria aceptó la copa, sorprendida por el gesto, pequeño pero inesperadamente considerado.
—Gracias. Por lo de antes. No sabía qué responder.
—No tenías por qué saberlo. Para eso estoy yo. —Hizo una pausa, y una sombra de incomodidad cruzó su rostro, como si no estuviera acostumbrado a decir en voz alta lo que vino después—: Se supone que este matrimonio también sirve para eso. Para que ninguno de los dos tenga que enfrentar solo este tipo de situaciones.
Victoria lo miró, tratando de entender aquella faceta que empezaba a asomarse entre las grietas de su frialdad habitual. No supo qué decir, así que no dijo nada.
La velada continuó sin más sobresaltos hasta cerca de la medianoche, cuando ya la mayoría de los invitados habían empezado a despedirse. Victoria se disculpó un momento para ir al tocador, cruzando un pasillo lateral menos iluminado que el salón principal.
Entonces lo escuchó.
Una voz masculina, baja y cargada de un tono que no le gustó desde la primera sílaba, hablando con alguien a pocos metros de distancia, en un rincón apenas visible tras una columna decorativa.
—...si el matrimonio se cae antes de los doce meses, todo el testamento queda invalidado. Es tan simple como eso. —Reconoció la voz de Sebastián, aunque el tono que usaba era completamente distinto al de la cena familiar: más frío y calculador, desprovisto de cualquier encanto superficial—. Solo necesito una grieta lo bastante grande, y esa mujer se irá corriendo mucho antes de que se cumpla el plazo.
Victoria se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas, intentando distinguir con quién hablaba. No pudo ver a la otra persona desde su posición, pero la respuesta llegó clara, con una voz femenina que reconoció de inmediato.
—Yo puedo encargarme de la distancia —dijo Verónica, con una calma que resultaba casi peor que cualquier amenaza directa—. Ya empecé esta noche. Solo hace falta paciencia.
Victoria retrocedió un paso, tratando de procesar lo que acababa de escuchar, cuando su tacón chocó contra un jarrón decorativo colocado junto a la pared. El sonido, aunque leve, fue suficiente para que las voces al otro lado de la columna se detuvieran de golpe.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó Sebastián, con un tono repentinamente alerta.
Victoria no esperó a que la descubrieran. Se giró y caminó a paso rápido de regreso hacia el salón principal, con el pulso desbocado y la mente todavía tratando de encajar cada palabra que acababa de escuchar. Sebastián quiere que el matrimonio fracase. Verónica lo está ayudando. La pieza que faltaba en aquel rompecabezas empezaba a tomar una forma mucho más peligrosa de lo que había imaginado.
Estaba tan absorta en sus propios pensamientos que no vio al hombre que se acercaba desde el lado opuesto del pasillo hasta que fue demasiado tarde.
Todo sucedió en cuestión de segundos.
Un invitado, visiblemente afectado por el alcohol, tropezó cerca de una de las mesas altas donde se exhibían copas de cristal, provocando que varias cayeran al suelo justo en la trayectoria de Victoria. El sonido de vidrios rompiéndose se mezcló con gritos de sorpresa, y antes de que ella pudiera reaccionar, una de las copas más grandes se precipitó directamente hacia su rostro, desprendida del impacto en cadena.
No llegó a sentir el golpe.
Adrián apareció de la nada, interponiendo su brazo entre el cristal y el rostro de Victoria con un movimiento tan rápido que ella apenas lo procesó hasta que ya había terminado. El vidrio se estrelló contra su antebrazo en lugar de contra ella, abriendo un corte profundo justo por encima de la muñeca.
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Editado: 24.09.2026