A las siete de la mañana, el nombre de Victoria Salvatierra ya era tendencia.
Elena entró al apartamento sin llamar, con el teléfono en alto y el rostro pálido.
—Tienes que ver esto.
Victoria tomó el móvil con manos todavía torpes por el sueño escaso. La fotografía ocupaba la portada de tres periódicos digitales al mismo tiempo: ella y Adrián saliendo de la Torre Devereux, la distancia entre ambos cuidadosamente malinterpretada por los titulares.
"El heredero Devereux, comprometido en secreto."
"¿Quién es la misteriosa mujer que conquistó al soltero más codiciado del país?"
"Salvatierra y Devereux: ¿un romance imposible o una alianza estratégica?"
Victoria sintió que el estómago se le revolvía. No había pasado ni un día desde la firma y su vida privada ya se exhibía como espectáculo público, diseccionada por periodistas que no sabían absolutamente nada y que, sin embargo, hablaban con total certeza.
—Hay comentarios horribles —dijo Elena, con cautela—. Algunos te acusan de haberte vendido. Otros dicen que es imposible que estés con él después de lo que le hizo a tu padre.
—No me sorprende.
—Victoria...
—Ya me lo esperaba, Elena. Sabía que esto pasaría en algún momento. Solo no esperaba que fuera tan rápido.
Su teléfono vibró de nuevo. Un mensaje de Nicolás.
La ceremonia civil se adelantó a esta tarde. Cuanto antes sea oficial, menos espacio habrá para especulaciones. Adrián enviará un auto a las cuatro.
Victoria releyó el mensaje dos veces, como si repetirlo pudiera hacerlo menos real. Veinticuatro horas atrás su mayor preocupación era salvar la empresa de su padre. Ahora se preparaba para casarse legalmente con un hombre al que apenas conocía, mientras el país entero decidía qué pensar de ella sin haberle preguntado nunca su versión.
La ceremonia fue breve, casi anticlimática después de todo el ruido mediático que la había precedido. Un juzgado discreto, dos testigos —Nicolás y Elena—, y un intercambio de firmas que duró menos de diez minutos. No hubo anillos ostentosos ni palabras de amor fingido. Solo la formalidad fría de dos personas cumpliendo con los términos de un documento legal.
Cuando el juez pronunció las palabras que los declaraban marido y mujer, Victoria sintió que algo en su pecho se cerraba, como si una puerta invisible acabara de sellarse tras ella.
Adrián no la besó. Solo asintió, con la misma cortesía distante que había mostrado desde el primer encuentro, y firmó el acta con letra pulcra y segura.
—Felicidades, señora Devereux —murmuró Nicolás después, aunque su tono sonaba más a condolencia que a celebración.
El auto los llevó directamente a la residencia Devereux, en las afueras de la ciudad, alejada del bullicio y protegida tras altos muros de piedra que Victoria reconoció de las revistas de arquitectura que alguna vez había hojeado sin imaginar que algún día viviría allí.
La mansión era imponente. Un edificio de líneas clásicas, con jardines cuidados hasta el último detalle y una fachada que parecía sacada de otra época, mezclada con toques modernos que delataban las reformas discretas de generaciones más recientes.
—Es más grande de lo que imaginaba —dijo Victoria, bajando del auto.
—La construyó mi bisabuelo. —Adrián caminó hacia la entrada sin mirar atrás, dando por sentado que ella lo seguiría—. Cada generación ha añadido algo. Yo preferí no tocar nada.
Dentro, el vestíbulo se abría en un espacio de techos altos y mármol claro, decorado con un gusto sobrio que evitaba cualquier exceso innecesario. Una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme discreto, los esperaba junto a la escalera principal.
—Señor Devereux. —Hizo una breve reverencia antes de girarse hacia Victoria con una sonrisa cálida que contrastaba con la frialdad del resto de la casa—. Señora Devereux. Bienvenida. Soy Rosa, encargada del servicio doméstico. Cualquier cosa que necesite, no dude en pedírmela.
—Gracias, Rosa.
—He preparado la habitación principal, tal como se me indicó.
Victoria frunció el ceño, sin entender del todo el comentario, pero Adrián ya avanzaba hacia la escalera con paso decidido, sin ofrecer explicación alguna. Ella lo siguió, cada vez más incómoda con la idea de que algo importante se le estuviera escapando.
Subieron dos pisos hasta un pasillo amplio, iluminado por ventanales que dejaban entrar la luz de la tarde. Adrián se detuvo frente a una puerta de madera oscura, la abrió y se hizo a un lado para dejarla pasar.
La habitación era espaciosa, elegante, con vistas a los jardines traseros de la propiedad. Una cama amplia dominaba el centro del espacio, vestida en tonos neutros que combinaban con el resto de la decoración. Había un vestidor a un costado, además de un pequeño salón privado con dos sillones frente a la ventana, y una puerta que Victoria supuso llevaba al baño.
Todo parecía perfecto. Salvo por un detalle que tardó unos segundos en asimilar por completo.
Solo había una cama.
—Espera —dijo, girándose hacia Adrián, que permanecía en el umbral con una expresión que ya empezaba a resultarle familiar: la de quien anticipa una reacción y decide enfrentarla sin rodeos—. ¿Esta es tu habitación?
—Es nuestra habitación.
—¿Nuestra?
—El contrato especifica convivencia real, señora Devereux. No solo bajo el mismo techo. —Adrián entró, dejando su chaqueta sobre uno de los sillones con un gesto tan casual que resultaba casi ofensivo—. El personal doméstico, los proveedores, cualquier visita que pueda entrar a esta casa, todos deben creer que este matrimonio es genuino. Habitaciones separadas levantarían sospechas de inmediato.
—No voy a compartir cama contigo.
—Nadie ha dicho que vayamos a compartir cama en el sentido que usted está pensando. —Había un dejo de ironía en su voz, apenas perceptible—. La habitación es lo suficientemente grande. Hay un sofá cómodo. Encontraremos una solución razonable.
#1032 en Novela romántica
#382 en Novela contemporánea
enemiestolovers, familiasenconflicto/venganza, matrimonioporcontrato/multimillonarios
Editado: 24.09.2026