Latir Contra el Contrato

El archivo perdido

Salieron del edificio del archivo judicial casi corriendo, subiendo al auto que Adrián había dejado estacionado a media cuadra con el motor todavía tibio. Nadie habló hasta que las luces del centro financiero quedaron atrás, sustituidas por las calles más tranquilas que conducían de regreso a la mansión.

—Necesitamos asumir que cada movimiento que hacemos está siendo vigilado —dijo Adrián finalmente, con las manos tensas sobre el volante—. Eso significa que no podemos seguir buscando pruebas de la forma en que lo hemos hecho hasta ahora.

—¿Y qué sugieres? —preguntó Victoria, todavía con el pulso acelerado por la adrenalina del escape—. ¿Rendirnos?

—No. Sugiero que dejemos de buscar en los lugares obvios. Si Sebastián se adelantó a nosotros en el archivo judicial, es porque anticipó exactamente ese movimiento. Necesitamos pensar en algo que él no esperaría.

Elena, sentada en el asiento trasero, sacó de su bolso una pequeña unidad de almacenamiento que Victoria no había visto antes.

—Antes de que llegara el aviso de emergencia, alcancé a fotografiar algunas páginas de otra caja. No la que buscábamos, pero estaba junto a ella, y algo me hizo revisarla rápido.

—¿Qué es?

—Registros financieros de una empresa llamada Vantage Consulting. El mismo nombre que Nicolás encontró en el pago sospechoso de Meridian.

De vuelta en la mansión, se reunieron de inmediato en la biblioteca, con Nicolás uniéndose por videollamada desde su propio despacho, donde llevaba horas trabajando en paralelo. Elena conectó su cámara a la computadora, proyectando las fotografías que había logrado capturar antes de la interrupción.

—Vantage Consulting fue registrada apenas cuatro meses antes de que estallara el escándalo de Meridian —explicó Nicolás, con varios documentos visibles detrás de él en su propia pantalla—. Es una empresa fantasma. No tiene oficinas físicas verificables, no tiene empleados registrados más allá de un director nominal, y desapareció del registro mercantil apenas ocho meses después de haber sido creada.

—El tiempo justo para cobrar el pago de Meridian y desaparecer sin dejar rastro —dijo Victoria, sintiendo que las piezas empezaban a encajar con una claridad cada vez más inquietante.

—Exacto. —Nicolás compartió su pantalla, mostrando un documento oficial—. Pero logré encontrar algo que la empresa no pudo ocultar del todo: el nombre del abogado que gestionó su registro legal.

El documento apareció ampliado en la pantalla, y Victoria sintió que el estómago se le revolvía al reconocer el nombre impreso en la parte inferior del formulario.

—Ese es el bufete que representó a Sebastián en la disputa sobre el testamento el año pasado —dijo Adrián, con la voz cargada de una furia contenida—. El mismo despacho.

—No es una coincidencia —confirmó Nicolás—. Es la primera conexión directa y verificable entre Sebastián y la empresa que recibió el pago sospechoso de Meridian, apenas semanas antes de que tu padre fuera acusado, Victoria.

Victoria sintió que las manos le temblaban ligeramente mientras examinaba el documento en la pantalla, cada línea confirmando lo que ya sospechaban pero que hasta ahora no habían logrado probar con algo tangible.

—Necesitamos más —dijo, obligándose a pensar con la claridad de su formación legal en lugar de dejarse arrastrar por la furia—. Un registro de creación de empresa no prueba que Sebastián usara Vantage Consulting para pagar sobornos o fabricar pruebas. Necesitamos rastrear el dinero.

—Elena, ¿tus fotografías incluían algún registro bancario? —preguntó Adrián.

—Solo el registro de creación y algunos documentos administrativos. Pero había una caja adicional que no alcancé a revisar, con el mismo prefijo de expediente. Podría contener los estados de cuenta.

—No podemos volver al archivo —dijo Nicolás, con firmeza—. No después de que alguien detectara nuestra presencia.

—No al archivo judicial —corrigió Victoria, con una idea empezando a formarse—. Pero los bancos guardan sus propios registros de transacciones de hace años, especialmente para empresas que han sido investigadas o disueltas. Si Vantage Consulting hizo transferencias significativas antes de desaparecer, el banco donde operaba tendría que conservar esos registros durante al menos diez años, según la normativa financiera vigente en aquella época.

—¿Puedes acceder a eso legalmente? —preguntó Adrián.

—Como abogada representando los intereses de una parte perjudicada en un posible fraude financiero, puedo solicitar una orden judicial para revisar registros bancarios relacionados con una empresa disuelta. —Victoria sintió que, por primera vez en semanas, tenía algo concreto que ofrecer, algo que dependía de su propia experiencia y no solo de la protección de Adrián—. Va a tomar tiempo, pero es un camino legal, verificable, que Sebastián no podrá manipular con la misma facilidad que un archivo físico.

—Empecemos mañana mismo —dijo Adrián.

La solicitud judicial se presentó dos días después, redactada meticulosamente por Victoria con la ayuda de Nicolás, cuidando cada detalle para que ningún tecnicismo pudiera ser usado en su contra ni retrasar el proceso. El juzgado encargado del caso pertenecía a un circuito distinto al que habitualmente manejaba los asuntos de la familia Devereux, una decisión deliberada de Nicolás para reducir cualquier posibilidad de que Sebastián tuviera contactos capaces de filtrar información sobre la solicitud antes de que fuera aprobada.

—Con suerte, tendremos respuesta en una semana —explicó Nicolás, durante una breve reunión en la biblioteca—. Los procesos de este tipo suelen tomar más tiempo, pero al tratarse de una posible relación con un caso de fraude corporativo ya cerrado, existe un mecanismo acelerado que podríamos invocar.

—¿Y mientras tanto? —preguntó Victoria.

—Mientras tanto, seguimos revisando lo que ya tenemos, y evitamos cualquier movimiento que pueda alertar a Sebastián de que estamos cerca.




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