La residencia principal de los Devereux, donde vivía Amelia desde que había enviudado, se alzaba a pocos kilómetros de la casa que ahora Victoria compartía con Adrián. Era un edificio antiguo, cargado de historia, con jardines que parecían cuidados por generaciones enteras de jardineros que jamás se habían atrevido a improvisar.
—Recuerda —dijo Adrián mientras el auto avanzaba por el camino de grava—, sonríe cuando yo sonría. Habla poco de tu familia, salvo que te pregunten directamente. Y jamás, bajo ninguna circunstancia, menciones el contrato.
—Sé mentir, Adrián. No es la primera vez que tengo que fingir frente a gente que no me quiere ningún bien.
Él la miró de reojo, con una expresión que Victoria no supo interpretar del todo.
—No dudo de tu capacidad para mentir. Dudo de cuánto vas a soportar hacerlo esta noche.
No tuvo tiempo de responder. El auto se detuvo frente a la entrada, donde un mayordomo ya esperaba para abrirles la puerta.
Amelia Devereux los recibió en el salón principal, sentada en un sillón de terciopelo verde oscuro que parecía un trono discreto. Era una mujer de cabello plateado recogido con pulcritud, ojos claros que examinaban con la misma frialdad calculadora que Victoria ya reconocía en Adrián, y una postura que delataba décadas acostumbrada a que el mundo esperara su aprobación antes de moverse.
—Así que tú eres la mujer que ha logrado lo que nadie más consiguió —dijo Amelia, sin levantarse, estudiando a Victoria de arriba abajo con una lentitud deliberada—. Sentar cabeza a mi nieto.
—Buenas noches, señora Devereux —respondió Victoria, ofreciendo la mano con una calma que estaba muy lejos de sentir—. Es un honor conocerla.
—El honor será mío, si resulta que eres real. —Amelia por fin tomó su mano, con un apretón sorprendentemente firme para una mujer de su edad—. He aprendido a desconfiar de las sorpresas repentinas en esta familia. Sobre todo cuando llegan acompañadas de fotógrafos convenientemente ubicados.
Victoria sintió que el comentario llevaba más filo del que aparentaba, pero mantuvo la sonrisa intacta.
—A veces la vida sorprende a todos por igual, señora. A mí la primera.
Un asomo de aprobación cruzó fugazmente los ojos de Amelia, aunque desapareció antes de que Victoria pudiera confirmarlo del todo.
—Siéntate, niña. Cuéntame de tu familia.
—Mi padre fue empresario. Mi madre falleció hace algunos años.
—Salvatierra —dijo Amelia, paladeando el apellido como quien prueba un vino antes de decidir si es de su agrado—. Conocí a tu padre. Hace mucho tiempo, en otra vida empresarial. Un hombre íntegro, según recuerdo, aunque el destino no siempre premia la integridad como debería.
El pecho se le tensó, pero no dijo nada. Adrián, sentado a su lado, permaneció igualmente en silencio, aunque Victoria notó cómo el silencio de él se volvía más denso, casi físico.
—Abuela —intervino él, con un tono de advertencia apenas perceptible—, tal vez este no sea el mejor momento para el pasado.
—El pasado siempre es el mejor momento para entenderlo, Adrián. Pero está bien. Hablemos del presente.
La cena transcurrió entre conversaciones cuidadosamente medidas, cada pregunta de Amelia diseñada para descubrir alguna grieta en la historia que Victoria y Adrián sostenían frente a ella. Victoria respondía con precisión, esquivando los terrenos más peligrosos, mientras Adrián intervenía en los momentos exactos para desviar la conversación cuando se acercaba demasiado a la verdad.
A mitad de la cena, un hombre de sonrisa fácil y traje impecable entró al comedor sin anunciarse, besando a Amelia en la mejilla antes de sentarse frente a Victoria con una familiaridad que resultaba casi invasiva.
—Así que esta es la famosa esposa —dijo, extendiendo la mano hacia Victoria con una sonrisa que no terminaba de alcanzar sus ojos—. Sebastián Devereux. Primo de Adrián, y probablemente la única persona en esta familia dispuesta a decirte la verdad sobre todos nosotros.
—Un placer, Sebastián.
—El placer es todo mío. —Sus ojos recorrieron a Victoria con una curiosidad que Adrián observó con visible tensión—. Debo admitir que me sorprendió la noticia. Adrián nunca ha sido de compromisos rápidos. Es más del tipo que planea cada movimiento con meses de anticipación.
—A veces la vida no espera nuestros planes —dijo Victoria, repitiendo casi la misma frase que había usado con Amelia.
—Qué respuesta tan diplomática. —Sebastián sonrió, esta vez con algo más filoso escondido detrás—. Me pregunto si Adrián sabe lo afortunado que es.
—Sebastián —dijo Adrián, con voz cortante—, ¿no tenías algo que atender esta noche?
—Nada que no pueda esperar. Quería conocer a la mujer que ha logrado domesticar al Devereux más frío de la familia. —Se giró hacia Victoria de nuevo—. Espero que sepas en lo que te has metido, querida. Esta familia tiene más secretos de los que cualquier contrato podría cubrir.
El comentario cayó como una piedra en medio de la mesa, y el corazón le dio un vuelco, preguntándose si Sebastián sabía más de lo que aparentaba o si simplemente disfrutaba sembrando incomodidad por deporte.
—Sebastián siempre ha tenido un sentido del humor peculiar —intervino Amelia, con tono seco—. No le prestes demasiada atención, niña.
Fue justo en ese momento cuando ella apareció.
Una mujer alta, de cabello oscuro recogido en un moño perfecto y un vestido rojo que parecía haber sido diseñado específicamente para llamar la atención de toda la sala, cruzó el umbral del comedor sin previo aviso, con la seguridad de alguien que conocía esa casa de memoria.
—Espero no llegar demasiado tarde —dijo, con una voz suave que contrastaba con la firmeza de su mirada, clavada directamente en Adrián.
—Verónica —murmuró Amelia, con una combinación de sorpresa y una resignación apenas disimulada—. No sabía que vendrías.
—Nunca me perdería una ocasión tan importante. —Verónica avanzó hacia la mesa, ignorando por completo a Victoria, como si su presencia allí fuera irrelevante—. Adrián, cariño, hace tanto que no te veía.
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Editado: 24.09.2026