Latir Contra el Contrato

El primer beso

La imagen de Sebastián observando la mansión desde la verja se quedó grabada en la mente de Victoria durante los días siguientes, alimentando una tensión que ya empezaba a filtrarse en cada rincón de su convivencia con Adrián. Ambos sabían que estaban siendo vigilados, y esa certeza, en lugar de acercarlos como aliados frente a un enemigo común, parecía estar desgastando los nervios de los dos con la misma eficacia que una gota de agua sobre piedra.

—No entiendo por qué insistes en salir sin avisarme —dijo Adrián esa tarde, encontrándola en el vestíbulo justo cuando ella regresaba de una reunión con un proveedor para Salvatierra & Asociados—. Después de lo que pasó en el jardín, pensé que habíamos acordado ciertas precauciones.

—Avisé al chofer. Avisé a Rosa. No tengo por qué reportarte cada movimiento que hago dentro de mi propia vida, Adrián.

—No se trata de controlarte. Se trata de que Sebastián demostró, hace apenas tres días, que sabe exactamente dónde estamos en todo momento.

—¡Y precisamente por eso no pienso quedarme encerrada en esta casa esperando a que decida su próximo movimiento! —La voz de Victoria se elevó más de lo que pretendía, la frustración acumulada de semanas encontrando finalmente una salida—. Tengo una empresa que dirigir, Adrián. Tengo una vida que no puede detenerse solo porque tu primo decidió convertirse en una amenaza.

—No estoy pidiendo que detengas tu vida. Estoy pidiendo que me dejes protegerte.

—¿Y quién te protege a ti? —replicó ella, con más filo del que pretendía—. Porque desde que empezamos esta investigación, pareces empeñado en cargar tú solo con cada riesgo, como si mi seguridad importara más que la tuya.

Adrián se quedó momentáneamente sin palabras, la sorpresa cruzando su expresión ante aquella acusación inesperada.

—Eso no es...

—¿No es qué? ¿No es cierto? —Victoria cruzó los brazos, sintiendo que la discusión, aunque incómoda, por fin tocaba algo que llevaba días queriendo decir—. Refuerzas mi seguridad, contratas vigilancia adicional para mí, insistes en que no salga sola. Pero tú sigues yendo a reuniones de negocios sin escolta, sigues manejando tú mismo en lugar de dejar que el chofer te lleve, sigues actuando como si tu propia vida no valiera lo mismo que la mía en esta ecuación.

—Porque el objetivo de Sebastián probablemente eres tú, no yo.

—¡Eso no lo sabemos con certeza! Y aunque así fuera, eso no significa que tu vida importe menos.

El silencio que siguió se sintió distinto a los anteriores, cargado de algo que ninguno de los dos supo nombrar de inmediato. Adrián la observó con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y algo mucho más profundo, como si las palabras de Victoria hubieran tocado una fibra que él mismo no sabía que existía.

Justo en ese momento todas las luces de la mansión se apagaron de golpe.

—¿Otra vez? —murmuró Victoria, en medio de la oscuridad repentina.

—El sistema eléctrico de esta zona ha estado inestable las últimas semanas. —La voz de Adrián sonó extrañamente calmada, considerando la discusión que apenas segundos antes los había tenido a ambos al borde de gritar—. Espera aquí. Voy a buscar velas.

Regresó unos minutos después con dos velas encendidas, la luz tenue proyectando sombras alargadas sobre las paredes del vestíbulo. Se sentaron en los escalones de la entrada principal, ninguno de los dos con ganas de retomar la discusión anterior, ambos muy agotados por semanas de tensión acumulada como para seguir peleando por algo que, en el fondo, ambos sabían que nacía del mismo miedo.

—Tienes razón —dijo Adrián finalmente, rompiendo el silencio—. Sobre lo de protegerte más que a mí mismo.

—¿Por qué lo haces?

Él guardó silencio un momento, observando la llama de la vela como si contuviera la respuesta que buscaba.

—Porque en algún momento de estos meses, sin que me diera cuenta del todo, dejé de verte como una obligación contractual. —Su voz sonó más baja, más honesta de lo que Victoria le había escuchado en mucho tiempo—. Dejé de pensar en ti como la esposa que necesitaba para conservar un testamento. Empecé a pensar en ti simplemente como Victoria. Y la idea de que algo pudiera pasarte por mi culpa, por una investigación que yo insistí en llevar adelante, es algo que no sé cómo procesar sin volverme un poco irracional al respecto.

Victoria sintió que el corazón le daba un vuelco, las palabras de Adrián instalándose en su pecho con un peso completamente distinto al de cualquier discusión anterior.

—¿Desde cuándo? —preguntó, casi en un susurro.

—No sabría decir un momento exacto. —Una sonrisa pequeña, casi vulnerable, cruzó su rostro—. Tal vez desde la noche que curaste mi brazo después de la gala. Tal vez desde antes, sin que yo mismo quisiera admitirlo. Lo que sí sé es que en algún punto de este camino, dejé de contar los días que faltaban para que terminara el contrato, y empecé a temer que llegaran muy pronto.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos, cargadas de todo lo que ninguno se había atrevido a nombrar hasta ese momento. Victoria sintió que algo en su pecho, esa parte que llevaba semanas resistiéndose a admitir lo evidente, finalmente cedía por completo.

—Yo también dejé de contarlos —admitió, con la voz apenas audible—. Y me aterra un poco, porque significa que ya no sé distinguir dónde termina el contrato y dónde empieza esto que siento cuando estoy contigo.

Adrián se giró hacia ella, la luz de la vela iluminando su rostro con una calidez que suavizaba cada línea de su expresión habitualmente controlada. No había nadie observándolos en ese momento. No había prensa, ni familia, ni contrato exigiendo que actuaran como una pareja enamorada frente al mundo. Solo estaban ellos dos, sentados en la oscuridad de una casa que había dejado de sentirse como una prisión hacía ya varias semanas.

—Victoria —dijo él, con una voz cargada de una vulnerabilidad que ella nunca antes había escuchado en su tono—, quiero preguntarte algo, y necesito que sepas que no espero ninguna respuesta en particular. Solo quiero saber la verdad.




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