El trayecto de vuelta a la mansión transcurrió en un silencio que pesaba más que cualquier grito. Victoria mantuvo la vista fija en la ventana, observando las luces de la ciudad desdibujarse tras el cristal, mientras intentaba contener la furia que amenazaba con desbordarse en cuanto abriera la boca.
En cuanto cruzaron la puerta principal, ya no pudo contenerse.
—¿Vas a explicarme qué fue eso?
Adrián se quitó la chaqueta con movimientos tensos, evitando mirarla directamente.
—Verónica siempre ha tenido un sentido inapropiado del momento oportuno.
—No me refiero a ella. Me refiero a ti. Te quedaste parado mientras te besaba delante de toda tu familia. Delante de mí.
—Me aparté en cuanto pude.
—Después de que sucediera. —Victoria caminó hasta plantarse frente a él, sin dejarle espacio para escabullirse hacia el despacho, el silencio, o cualquiera de sus refugios habituales—. Firmamos un contrato, Adrián. Una cláusula específica dice que ninguno de los dos puede involucrarse con terceras personas mientras dure este matrimonio.
—No me involucré con nadie. Fue ella quien...
—Da igual quién dio el primer paso. Lo que importa es cómo se ve desde afuera. Y visto desde ahí, tu exnovia te besó frente a tu esposa y tú no hiciste absolutamente nada para evitarlo.
Adrián se pasó una mano por el rostro, y pareció genuinamente agotado, no solo distante.
—Verónica sabe exactamente lo que hace. Cada gesto suyo está calculado para provocar una reacción, la que sea. Si me hubiera apartado de forma brusca, habría montado una escena todavía peor. Si reaccionaba con indiferencia, ella lo habría interpretado como una invitación a insistir.
—¿Y la solución era simplemente dejarla?
—La solución era minimizar el daño frente a mi abuela y ante Sebastián, que estaba disfrutando cada segundo de la situación. —Su voz adquirió firmeza—. No todo en mi mundo se resuelve con un golpe de indignación, Victoria. A veces hay que elegir la opción menos destructiva entre varias malas.
—Qué conveniente. Siempre hay una explicación razonable para todo lo que no te hace quedar mal.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Qué la empujara delante de mi abuela, generando el escándalo exacto que este matrimonio está diseñado para evitar?
Las palabras se le agolparon en la garganta, una mezcla de indignación y un sentimiento más difícil de nombrar, algo que se parecía peligrosamente a un orgullo herido que no debería importarle en absoluto tratándose de un matrimonio falso.
—El contrato sigue vigente —dijo finalmente, con voz más baja—. Eso significa algo, ¿no? ¿O solo aplica cuando te conviene a ti?
Algo cambió en la expresión de Adrián. Se acercó un paso, y por primera vez habló sin esa distancia calculada que solía envolver cada una de sus frases.
—El contrato sigue vigente. Y lo voy a respetar hasta el último día, tal como usted lo está haciendo. Pero necesito que entienda algo: Verónica formó parte de mi vida durante mucho tiempo, y no siempre de la manera más sencilla. Su presencia esta noche no fue casualidad, y probablemente no será la última vez que intente algo similar.
—¿Por qué?
Adrián guardó silencio un instante demasiado largo.
—Es una conversación para otro momento.
—Siempre es una conversación para otro momento contigo.
—Porque no todos los secretos se resuelven en una sola noche, señora Devereux. —Su voz sonó extrañamente cansada—. Algunos necesitan tiempo. Y confianza. Y ahora mismo no tenemos ninguna de las dos cosas.
Victoria lo miró fijamente, buscando algo detrás de esa fachada que empezaba a resquebrajarse en los bordes, apenas lo suficiente para dejar entrever que había mucho más bajo la superficie de lo que Adrián estaba dispuesto a admitir. Tal vez algún día lo entienda, pensó, sin saber todavía si esa idea la reconfortaba o la asustaba aún más.
—Está bien —dijo finalmente, dando un paso atrás—. Guarda tus secretos. Pero si algo así vuelve a pasar, no pienso quedarme callada solo para proteger las apariencias.
—No esperaba menos de usted.
Los días siguientes transcurrieron con una tregua incómoda: evitaban mencionar el nombre de Verónica y fingían, los dos, que aquella noche no había dejado una distancia nueva entre ellos. Hasta que, el jueves por la mañana, Adrián apareció en la puerta de la biblioteca con expresión seria.
—Tenemos un compromiso el viernes por la noche. La gala anual de la Cámara de Comercio. Asisten los socios más importantes de la empresa, además de la prensa especializada en negocios.
—¿Y se supone que debo actuar como tu esposa enamorada frente a todos ellos?
—Se supone que debe actuar como mi esposa, sin más adjetivos innecesarios. —Adrián dejó una tarjeta de invitación sobre la mesa, junto al libro que Victoria estaba leyendo—. Será la primera aparición pública oficial desde la boda. Todo el mundo estará observando cada gesto.
—Maravilloso. Justo lo que necesitaba.
—Vendrá un estilista mañana para ayudarla a elegir el vestido. Y le pediría que memorice algunos nombres antes del evento. Los socios más importantes, sus esposas, sus intereses principales. Ayuda a evitar silencios incómodos.
—¿Ya tienes una lista preparada?
—La tengo. —Por primera vez, un asomo de sonrisa amenazó con aparecer en el rostro de Adrián—. Soy meticuloso, señora Devereux. Ya debería haberlo notado.
—Lo he notado. No estoy segura de si admirarlo o compadecerlo por ello.
La gala se celebraba en un salón de baile del hotel más elegante de la ciudad, todo mármol y luces doradas, con cientos de invitados moviéndose entre copas de champán y conversaciones cuidadosamente medidas sobre fusiones, inversiones y rumores empresariales. Victoria caminaba del brazo de Adrián, vestida en un tono verde esmeralda que el estilista había insistido era perfecto para su primera aparición como señora Devereux, sintiendo decenas de miradas evaluándola con la misma frialdad calculadora con la que Amelia la había examinado días atrás.
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Editado: 24.09.2026