Para el mediodía, el titular ya se había multiplicado en decenas de portales distintos, cada uno con su propia variación del mismo tema. Algunos hablaban de "el romance secreto detrás del contrato empresarial". Otros, más cautelosos, se limitaban a especular sobre "la química innegable" entre los recién casados. Las redes sociales, sin ningún tipo de cautela, ya habían convertido el nombre de ambos en tendencia, acompañado de capturas del vals analizadas cuadro por cuadro, con un detalle casi forense.
Victoria se sentó en la biblioteca con el portátil abierto, desplazándose por comentario tras comentario, cada uno apretándole un poco más el pecho.
"Miren cómo la mira, eso no se finge."
"Yo también me casaría por conveniencia si terminara así."
"¿Alguien más cree que ella está genuinamente enamorada?"
—Deberías dejar de leer eso —dijo Adrián desde la puerta, con una taza de café en la mano.
—No puedo evitarlo. Es surrealista ver a completos desconocidos decidiendo qué sentimos el uno por el otro basándose en una fotografía de tres segundos.
—Bienvenida a mi mundo. —Se acercó y se sentó frente a ella, con una calma que a Victoria empezaba a resultarle casi ofensiva—. Llevo toda la vida siendo analizado por gente que no me conoce.
—¿Y cómo puedes estar tan tranquilo?
—Porque gritar no cambia los titulares de mañana. —Adrián dejó la taza sobre la mesa—. Lo único que podemos controlar es cómo reaccionamos nosotros, no lo que el resto del mundo decide creer.
Victoria cerró el portátil de golpe, incapaz de seguir escuchando aquella lógica impecable que, en el fondo, no aliviaba absolutamente nada de la incomodidad que sentía.
—No es solo la prensa lo que me molesta. Es que ya no sé distinguir qué parte de todo esto sigue siendo una actuación y qué parte... —Se detuvo, sin terminar la frase, consciente de que estaba a punto de decir algo que no podía retirar después.
—¿Qué parte qué? —preguntó él, con una atención repentina que la hizo arrepentirse de haber empezado la frase.
—Nada. Olvídalo.
Adrián no insistió, aunque Victoria notó que su mirada se quedó fija en ella un instante más de lo necesario, como si estuviera intentando completar la frase por su cuenta.
Elena llegó esa tarde con una bolsa de pasteles y una expresión que anunciaba que venía cargada de opiniones.
—Todo el mundo habla de ustedes dos —dijo, dejándose caer en el sofá de la biblioteca—. Mi vecina, que ni siquiera lee noticias de sociedad normalmente, me preguntó esta mañana si era verdad que estabas enamorada de tu propio marido por conveniencia.
—Elena.
—Solo digo lo que escuché. —Se encogió de hombros, aunque su mirada era más seria de lo que su tono sugería—. ¿Y bien? ¿Hay algo de verdad en todo esto?
Victoria evitó su mirada, concentrándose en el pastel que tenía delante como si fuera el objeto más fascinante del mundo.
—Es complicado.
—Eso no es un no.
—Es... —Victoria suspiró, buscando las palabras adecuadas para describir algo que ni ella misma terminaba de entender—. Las cosas han cambiado desde que empezamos esto. Ya no lo odio como antes. A veces incluso disfruto su compañía. Pero de ahí a lo que dicen los periódicos hay una distancia enorme.
—¿Estás segura de eso?
La pregunta quedó suspendida entre ambas, y Victoria no encontró una respuesta lo bastante convincente ni siquiera para sí misma.
Dos días después, Adrián recibió una llamada que cambió por completo el ambiente de la casa. Victoria lo escuchó hablar en voz baja desde el pasillo, con un tono cortante que no usaba habitualmente, y cuando finalmente colgó, su expresión había perdido toda la calma que solía mostrar.
—¿Todo bien? —preguntó ella, asomándose al despacho.
—Verónica.
El nombre bastó para que el estómago de Victoria se tensara sin que ella lograra justificarlo del todo.
—¿Qué quería?
—Dice que necesita hablar conmigo. En persona. Sobre "un tema urgente relacionado con la fundación familiar". —Adrián se pasó una mano por el rostro, visiblemente cansado—. Con Verónica, "urgente" rara vez significa lo que dice significar.
—¿Vas a verla?
—Preferiría evitarlo, pero forma parte de la junta directiva de la fundación desde hace años. Cortar comunicación por completo levantaría más preguntas de las que ya tenemos.
Victoria asintió, aunque una incomodidad se instaló en su pecho, una sensación que no supo si atribuir a la desconfianza hacia Verónica o a algo más difícil de nombrar.
La reunión se celebró tres días después, en un café discreto cerca del centro financiero. Victoria no fue invitada —"es un asunto de la fundación, no tiene sentido que vengas", había dicho Adrián, con una lógica que en el momento le pareció razonable, pero que después, sola en la mansión, empezó a corroerla poco a poco.
Pasaron las horas y Adrián no regresaba. Victoria intentó distraerse con un libro y con el trabajo pendiente de la empresa —que finalmente empezaba a recuperar cierta estabilidad gracias a los fondos del contrato—, cualquier cosa que le impidiera revisar el teléfono cada pocos minutos esperando un mensaje que no llegaba.
Cuando Adrián finalmente cruzó la puerta principal, ya había anochecido, y su expresión era una mezcla de agotamiento y una irritación apenas contenida.
—¿Cómo te fue? —preguntó Victoria, tratando de sonar despreocupada y fallando notoriamente.
—Como siempre me va con Verónica. Agotador.
—¿Qué quería en realidad?
Adrián dudó un instante, quitándose la chaqueta con movimientos tensos.
—Dice que los rumores sobre nuestro matrimonio le han hecho reflexionar sobre lo que perdimos cuando terminamos. Que cree que actuamos demasiado rápido en su momento, y que ahora que ve lo "feliz" que puedo llegar a ser, se ha dado cuenta de que cometió un error.
Algo frío le recorrió el pecho a Victoria.
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Editado: 24.09.2026