El mensaje se quedó suspendido en la pantalla durante lo que pareció una eternidad, ninguno de los dos capaz de apartar la vista de aquellas tres palabras.
—Necesito rastrear ese número —dijo Adrián finalmente, guardando el teléfono con manos que ya no eran tan firmes como de costumbre—. Voy a llamar a mi equipo de seguridad ahora mismo.
—Adrián.
—¿Qué?
—Antes de que hagas cualquier cosa, necesito que hablemos. De verdad. —Victoria se sentó de nuevo, obligándose a respirar con calma a pesar del miedo que todavía le recorría el pecho—. No podemos seguir así, tú investigando por tu cuenta y yo enterándome a medias de lo que descubres. Si vamos a enfrentar esto, lo hacemos juntos.
Adrián la observó un largo momento, algo parecido al alivio cruzando su expresión, aunque mezclado con una cautela que no terminaba de desaparecer.
—¿Eso significa que me perdonas?
—No. —La palabra salió más firme de lo que Victoria pretendía—. Significa que entiendo por qué lo hiciste, aunque todavía me duela. La confianza que rompiste no se repara con una sola conversación, Adrián. Va a tomar tiempo. Pero ahora mismo hay algo más urgente que nuestra relación, y es mantenernos con vida mientras averiguamos quién nos está amenazando.
—Justo.
—Así que si vamos a investigar a Sebastián y a Verónica, lo hacemos como aliados. Con toda la información compartida, sin que tú decidas unilateralmente qué puedo saber y qué no.
Adrián asintió, con una seriedad que Victoria interpretó como una promesa genuina, o al menos como el intento más honesto que él era capaz de ofrecer en ese momento.
—De acuerdo. Aliados.
Convocaron a Nicolás y Elena esa misma noche, reuniéndose en la biblioteca con las cortinas cerradas y las luces bajas, como si la propia casa pudiera estar escuchando. Adrián les mostró el mensaje de texto, y Victoria observó cómo el rostro de Nicolás perdía color mientras leía las tres palabras una y otra vez.
—Esto cambia todo —dijo el abogado, dejando el teléfono sobre la mesa con cuidado, como si el objeto mismo pudiera ser peligroso—. Ya no estamos hablando solo de fraude financiero. Estamos hablando de amenazas directas contra la vida de Victoria.
—Necesitamos un plan concreto —dijo Elena, sacando su libreta de notas con la eficiencia práctica que la caracterizaba—. Sabemos que Sebastián falsificó la auditoría de Meridian. Sabemos que Verónica participó de alguna forma, entregándole algo la noche del video. Lo que no sabemos es qué pruebas adicionales existen, y dónde están guardadas.
—El expediente judicial original tendría que contener más información —dijo Victoria—. Testimonios completos, no solo los fragmentos que Elena logró encontrar. Si Sebastián manipuló pruebas, es posible que también haya manipulado otros documentos que nunca llegamos a revisar.
—El archivo judicial central guarda copias de todos los expedientes de esa época —confirmó Nicolás—. Pero acceder a ellos legalmente requiere una solicitud formal, y eso alertaría de inmediato a cualquiera que esté vigilando los movimientos relacionados con el caso.
—¿Y si accedemos de forma menos formal? —preguntó Elena, con una expresión que Victoria ya reconocía como la de alguien a punto de proponer algo arriesgado—. Tengo un contacto dentro del archivo. La misma persona que me consiguió el video. Podría conseguirnos acceso discreto a la sección donde se guardan los expedientes completos de casos de fraude corporativo de esa década.
—Eso es ilegal, Elena —dijo Nicolás, con el ceño fruncido.
—Lo que le hicieron a Gabriel Salvatierra también lo fue, y a nadie pareció importarle en su momento. —La voz de Elena se endureció—. No estoy hablando de robar nada. Solo de revisar documentos que legalmente ya deberían haber sido examinados durante el juicio original, si el sistema hubiera funcionado como debía.
Adrián, que había permanecido en silencio observando el intercambio, finalmente intervino.
—Lo haremos con cuidado. Elena consigue el acceso, revisamos lo que podamos encontrar, y documentamos todo sin remover nada del archivo. Si encontramos algo concluyente, en ese caso sí presentaremos una solicitud formal, respaldada por pruebas suficientes para que nadie pueda enterrarlas de nuevo.
—¿Y la amenaza? —preguntó Victoria—. No podemos ignorar que alguien sabe que estamos investigando, y que está dispuesto a advertirnos directamente.
—Voy a reforzar la seguridad todavía más —dijo Adrián—. Y necesito que, a partir de ahora, no salgas de la mansión sin el chofer y sin avisarme primero. No como una imposición del contrato, sino porque necesito saber que estás a salvo mientras resolvemos esto.
Victoria quiso protestar por instinto, pero la seriedad en la voz de Adrián, el miedo genuino que se filtraba bajo su tono controlado, la hizo reconsiderar.
—Está bien. Pero tú también. Si alguien está dispuesto a amenazarme para detener la investigación, es probable que tú también corras peligro.
—Ya lo he considerado.
—No es una sugerencia, Adrián. Es una condición.
Algo parecido a una sonrisa breve, casi imperceptible, cruzó el rostro de Adrián ante la firmeza de aquella exigencia.
—Aceptado.
El acceso al archivo se organizó para dos noches después, cuando el contacto de Elena tendría turno de vigilancia nocturna y podría facilitarles entrada discreta a la sección de expedientes históricos. Mientras tanto, Victoria y Adrián dedicaron las horas siguientes a revisar, junto con Nicolás, cada documento que ya tenían en su poder, buscando cualquier conexión adicional que hubieran pasado por alto.
—Aquí hay algo interesante —dijo Nicolás, señalando un párrafo en uno de los informes financieros de Meridian—. Un pago registrado a una consultora externa, apenas dos semanas antes de que estallara el escándalo. El monto es considerable, y el nombre de la consultora no aparece en ningún otro documento del expediente.
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Editado: 24.09.2026