Latir Contra el Contrato

La caja de recuerdos

La grúa llegó poco después del amanecer, remolcando el auto averiado mientras Adrián y Victoria regresaban a la ciudad en un vehículo de reemplazo que Nicolás había gestionado con urgencia. Ninguno de los dos mencionó la cicatriz durante el resto del trayecto, aunque Victoria no logró sacarse de la cabeza la firmeza con la que Adrián se había negado a hablar de ella, un silencio que contrastaba tanto con la honestidad que habían compartido apenas minutos antes.

Llegaron a la mansión exhaustos, con la ropa todavía húmeda y el cuerpo entumecido por el frío de la noche. Rosa los recibió con té caliente y una expresión de alivio genuino al verlos sanos y salvos, mientras Adrián se disculpaba brevemente para atender una llamada urgente relacionada con la reunión perdida en Meridian.

—Descansa un poco —le dijo antes de desaparecer hacia su despacho—. Hablamos después.

Victoria apenas había terminado de cambiarse y de dejarse caer un momento sobre la cama, agotada, cuando Rosa golpeó suavemente la puerta de la habitación.

—Señora Devereux, la señora Amelia está abajo. Pregunta si puede recibirla.

Victoria bajó con cierta aprensión, recordando la última conversación que había sostenido con la matriarca de la familia, cargada de preguntas incómodas y evaluaciones silenciosas. Encontró a Amelia sentada en el salón principal, con una caja de madera envejecida sobre el regazo, sus manos acariciando la tapa con un cariño que Victoria no le había visto mostrar hacia ningún otro objeto hasta ese momento.

—Buenos días, niña. —Amelia le indicó que se sentara junto a ella—. Espero no importunar con una visita tan temprana, pero llevo días queriendo entregarte esto.

—¿Qué es?

—Recuerdos de mi esposo. El abuelo de Adrián. —Amelia abrió la caja con cuidado, revelando un contenido cuidadosamente ordenado: fotografías descoloridas por el paso del tiempo, cartas atadas con cintas descoloridas, algunos documentos que parecían de naturaleza personal más que empresarial—. Después de la boda, empecé a pensar que tal vez había cosas de esta familia que merecías conocer, más allá de lo que Adrián o cualquier periódico pudieran contarte.

Victoria sintió que el corazón se le aceleraba ante la perspectiva de aquella caja, preguntándose si contendría algo relacionado con el misterio que llevaba semanas desentrañando.

—Se lo agradezco mucho, señora Devereux.

—Amelia, por favor. Ya formas parte de esta familia, para bien o para mal. —Una sonrisa breve cruzó su rostro, la primera genuinamente cálida que Victoria le había visto—. Tómate tu tiempo revisándola. No hay prisa. Y si encuentras algo que te genere preguntas, ven a buscarme. Puede que yo tenga algunas respuestas que ni siquiera Adrián conoce todavía.

Ese comentario quedó flotando en el aire con un peso particular, y Victoria se preguntó cuánto sabía realmente aquella mujer detrás de su fachada distante y evaluadora.

Amelia se marchó poco después, dejando a Victoria sola con la caja, sintiendo una mezcla de curiosidad y aprensión que no lograba del todo explicar. Se instaló en la biblioteca, su refugio habitual dentro de la mansión, preparó una taza de té que terminó enfriándose sin tocar, y comenzó a revisar el contenido con la misma paciencia meticulosa que había aplicado a los documentos de su propio padre días atrás.

Las primeras fotografías mostraban a un hombre robusto, de mirada penetrante muy similar a la de Adrián, en distintas etapas de su vida: joven y ambicioso frente a lo que debía ser la primera sede de las empresas Devereux, más adelante rodeado de socios en trajes que denotaban otra época, y finalmente, ya mayor, sosteniendo en brazos a un pequeño Adrián que apenas debía tener unos meses de vida. Victoria se detuvo largo rato en esa última imagen, sorprendida por la ternura evidente en el rostro de aquel hombre que, según todo lo que Adrián le había contado, había sido una figura severa y exigente durante la mayor parte de su infancia.

Las cartas, escritas en una letra elegante y cursiva, revelaban a un hombre mucho más sentimental de lo que Victoria hubiera imaginado a partir de las historias que Adrián le había contado sobre él: cartas dirigidas a Amelia durante largos viajes de negocios, cargadas de una ternura que contradecía la imagen fría y calculadora que solía asociarse con el apellido Devereux. En una de ellas, fechada apenas unos meses antes de su muerte, el abuelo escribía sobre su preocupación por el futuro de Adrián, sobre el temor de que su nieto terminara heredando más su frialdad que su capacidad de amar.

"Espero que algún día encuentre a alguien capaz de derribar esos muros que tanto nos hemos empeñado en enseñarle a construir", había escrito, y Victoria sintió un nudo en la garganta al leer aquella frase, preguntándose si el destino tenía, después de todo, un sentido del humor particularmente irónico.

Fue hacia el fondo de la caja, entre un montón de documentos personales sin mayor relevancia aparente —recibos de hace años, tarjetas de felicitación, algún que otro recorte de periódico descolorido sobre logros empresariales ya olvidados—, donde encontró un sobre distinto a los demás: más grueso, con el borde ligeramente rasgado, como si hubiera sido abierto y cerrado en múltiples ocasiones a lo largo de los años, quizás por manos que regresaban a él una y otra vez buscando algo que no terminaban de encontrar del todo.

Lo abrió con cuidado, y dentro encontró una serie de fotografías que no esperaba encontrar en absoluto.

La primera mostraba a dos hombres de pie frente a lo que Victoria reconoció, con un sobresalto inmediato, como las oficinas de Salvatierra & Asociados de otra época, en su ubicación original, antes de la mudanza que había tenido lugar años atrás. Uno de los hombres era, sin lugar a dudas, el abuelo de Adrián, con esa misma mirada penetrante que Victoria ya reconocía de las fotografías anteriores.




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