La ambulancia llegó apenas seis minutos después de la llamada de Adrián, aunque a Victoria le parecieron los más largos de toda su vida, arrodillada junto a Ernesto sobre el asfalto frío, sosteniendo su mano mientras él luchaba por mantenerse consciente, la sangre extendiéndose lentamente bajo su cuerpo.
—La carpeta —susurró él, con la voz apenas audible, sus dedos aferrándose débilmente a la manga de Victoria—. Protéjanla. Es la única prueba que queda de lo que realmente pasó.
—Va a estar bien —dijo Victoria, aunque las lágrimas que corrían por su rostro delataban el miedo que apenas lograba contener—. Los paramédicos ya casi llegan, Ernesto. Aguante, por favor.
—Díganle a mi familia... —Su voz se apagó momentáneamente, antes de recuperar fuerzas suficientes para continuar—. Díganles que lo siento. Que intenté hacer lo correcto, aunque fuera tarde.
Los paramédicos llegaron justo a tiempo para apartar a Victoria con delicadeza, trabajando con una eficiencia frenética mientras estabilizaban a Ernesto antes de trasladarlo de urgencia al hospital más cercano. Adrián, que había estado coordinando con su equipo de seguridad y con la policía que llegó minutos después, se acercó a Victoria, envolviéndola en un abrazo protector mientras ambos observaban cómo la ambulancia se alejaba con las sirenas encendidas.
—Van a intentar matarlo antes de que pueda declarar —dijo Victoria, con la voz todavía temblorosa por la conmoción—. Necesitamos protección en el hospital, Adrián. Ahora mismo.
—Ya está en camino. —Adrián sostenía su teléfono con firmeza, habiendo activado ya toda la seguridad privada disponible—. Nadie se acercará a esa habitación sin autorización directa mía.
La noche se convirtió en una vigilia tensa en los pasillos del hospital, mientras los cirujanos trabajaban para estabilizar las lesiones internas de Ernesto, cuyo pronóstico, según les informaron cada hora que pasaba, seguía siendo incierto pero no del todo desesperanzador. Victoria permaneció sentada junto a Adrián en la sala de espera, la carpeta con la auditoría original sostenida con firmeza sobre su regazo, negándose a soltarla ni un solo instante.
Fue Nicolás quien llegó poco después de la medianoche, alertado por la llamada urgente de Adrián, con el rostro tenso reflejando la gravedad de la situación.
—Necesitamos presentar esta carpeta a la fiscalía inmediatamente —dijo, examinando el contenido que Victoria finalmente le permitió revisar—. No podemos esperar a que Ernesto esté en condiciones de declarar formalmente. Si Alcázar está dispuesto a matar para evitar que hable, cada hora que pasa representa un riesgo adicional de que intenten algo similar contra la evidencia misma.
—Estoy de acuerdo —dijo Adrián—. Presenta el expediente completo mañana a primera hora. Todo lo que tenemos: el video, la firma falsificada, el rastro hacia Vantage Consulting, el reloj con el escudo familiar, y ahora esta auditoría original.
—¿Y Ernesto? —preguntó Victoria—. Si logra recuperarse, su testimonio seguirá siendo crucial.
—Lo protegeremos hasta que pueda declarar, cuando esté en condiciones. Pero no podemos permitir que su seguridad se convierta en la única variable que determine si logramos exponer a Alcázar o no.
La presentación del caso ante la fiscalía, apenas horas después, generó una repercusión mediática inmediata, aunque Nicolás había insistido en mantener ciertos detalles bajo reserva judicial mientras la investigación oficial avanzaba. La noticia de que existían pruebas contundentes contra Roberto Alcázar, relacionadas tanto con el caso Meridian como con el reciente intento de atropello contra un testigo clave, se extendió rápidamente por los círculos financieros y políticos del país.
Fue Sebastián quien, apenas dos días después, se presentó sin previo aviso en la Torre Devereux, solicitando una reunión urgente con Adrián y Victoria, escoltado esta vez por su propio abogado, con una expresión que reflejaba el peso de una decisión que evidentemente le había costado tomar.
—Vengo a colaborar —dijo, sentándose frente a ellos en la sala de juntas, su habitual encanto superficial completamente ausente—. Mi abogado ya negoció los términos de mi cooperación con la fiscalía a cambio de una reducción considerable en los cargos que enfrentaré. Pero antes de que eso se formalice, quiero que ustedes escuchen la verdad completa de mi propia voz.
—Adelante —dijo Adrián, con una frialdad que dejaba claro que cualquier resquicio de indulgencia familiar hacia su primo se había agotado por completo tras el intento de secuestro contra Victoria.
—Conocí a Roberto Alcázar hace casi diez años, cuando yo era apenas un ejecutivo junior dentro de la empresa, ansioso por demostrar mi valía frente a una familia que siempre me hizo sentir como una versión inferior de ti, Adrián. —Sebastián bajó la mirada, la vergüenza genuina visible en cada palabra—. Él me ofreció exactamente lo que yo más deseaba entonces: poder, reconocimiento, la posibilidad de finalmente estar por encima de mi propio primo dentro de esta familia.
—¿Y por eso decidiste ayudarlo a destruir a mi padre? —preguntó Victoria, con una voz que apenas lograba contener años de rencor acumulado, ahora dirigido finalmente hacia el hombre que realmente lo merecía.
—Al principio no sabía la magnitud completa de lo que estaba haciendo. Alcázar me presentó todo como una simple estrategia empresarial agresiva, nada fuera de lo común en el mundo financiero. —Sebastián se pasó una mano por el rostro—. Para cuando comprendí realmente lo que implicaba, ya estaba profundamente involucrado, atado a información que, si yo intentaba retractarme, podría usarse fácilmente para incriminarme también.
—Eso no te exime de responsabilidad —dijo Adrián, con una dureza que Victoria nunca antes le había escuchado dirigir hacia un familiar—. Sustituiste documentos. Fabricaste pruebas falsas. Estuviste dispuesto a orquestar un secuestro contra Victoria.
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Editado: 24.09.2026