Latir Contra el Contrato

Celos

El regreso de Ginebra transcurrió cargado de una tensión distinta a la que Victoria conocía. Ninguno de los dos había mencionado lo sucedido durante el corte de luz, ese instante suspendido antes de que la interrupción del servicio de habitaciones rompiera el hechizo. Pero algo había cambiado: se manifestaba en las miradas que se sostenían un segundo de más, en los silencios que ya no se sentían incómodos sino cargados de una expectativa que ninguno se atrevía a nombrar.

De vuelta en la ciudad, la vida cotidiana reclamó su lugar con rapidez. Victoria retomó las riendas de Salvatierra & Asociados, que empezaba a mostrar signos claros de recuperación gracias a la inyección de capital del contrato, mientras Adrián se sumergía en la investigación sobre la carpeta desaparecida, cada vez más convencido de que Sebastián estaba detrás de todo.

Fue durante una comida de trabajo cuando Adrián sintió, por primera vez, algo que no supo nombrar de inmediato.

Había ido a buscar a Victoria a su oficina para llevarla a un evento benéfico esa tarde, y la encontró en la recepción del edificio, riendo con un hombre alto, de sonrisa relajada, que sostenía dos cafés y la miraba con una familiaridad que a Adrián le resultó instantáneamente irritante.

—Mateo Roldán —se presentó Nicolás después, al ver la expresión tensa de Adrián—. Compañero de universidad de Victoria. Trabaja en el bufete de al lado. Se conocen desde la facultad de derecho.

—Qué conveniente —murmuró Adrián, observando cómo Victoria sonreía a algo que Mateo acababa de decir, una sonrisa despreocupada, genuina, que Adrián reconocía porque había empezado a considerarla, en las últimas semanas, casi exclusivamente suya.

No tenía ningún derecho a sentir esos celos. Y sin embargo, ahí estaba, instalándose en su pecho con una incomodidad que no lograba justificar del todo.

Cuando finalmente se acercó, Victoria lo presentó con naturalidad.

—Adrián, te presento a Mateo. Estudiamos juntos en la universidad.

—Un placer —dijo Adrián, con una cortesía que no llegaba del todo a sus ojos.

—El famoso Adrián Devereux. —Mateo le tendió la mano con una sonrisa amplia—. Victoria hablaba mucho de ti en la facultad, aunque nunca en términos particularmente amables.

—Las cosas cambian —dijo Adrián, con una sequedad que hizo que Victoria lo mirara con curiosidad.

—Evidentemente. —Mateo se giró hacia Victoria—. Deberíamos ponernos al día pronto. Hay un restaurante nuevo cerca de aquí que sé que te encantaría.

—Me encantaría —respondió ella, con una calidez que Adrián sintió como una pequeña puñalada, absurda e injustificada.

Se despidieron poco después, y durante todo el trayecto hacia el evento benéfico, Adrián permaneció inusualmente callado, con los hombros rígidos y la mirada fija en la ventana del auto.

—¿Estás bien? —preguntó Victoria finalmente.

—Perfectamente.

—No lo pareces.

—Estoy bien, Victoria.

Ella no insistió, aunque el silencio que siguió se sintió distinto al de siempre, cargado de algo que ninguno de los dos supo nombrar en ese momento.

La ironía llegó apenas dos días después, cuando fue Victoria quien sintió aquella misma opresión inexplicable en el pecho.

Había ido a buscar a Adrián a las oficinas centrales de la empresa para almorzar juntos, algo que se había convertido en una costumbre reciente entre ambos, cuando lo encontró en el pasillo frente a su despacho, con Verónica sosteniéndolo del brazo en un abrazo que se prolongaba más de lo que cualquier despedida cordial ameritaba.

—Solo necesitaba hablar contigo un momento —decía Verónica, con la cabeza apoyada contra el hombro de Adrián—. Extraño esto, Adrián. Extraño lo que teníamos.

—Verónica, ya hablamos de esto.

—Lo sé, lo sé. —Se apartó ligeramente, aunque sus manos permanecieron sobre los brazos de él—. Pero no puedo evitarlo. Verte feliz con otra persona, aunque sea todo una farsa, me recuerda todo lo que perdimos.

Victoria se quedó inmóvil al final del pasillo. Algo ardiente y desconocido se instaló en su pecho, una furia que no lograba justificar racionalmente tratándose, en teoría, de un matrimonio sin sentimientos reales de por medio.

Adrián finalmente se apartó, notando la presencia de Victoria al fondo del pasillo, y una sombra de culpa cruzó su rostro, aunque Victoria no supo si era genuina o simplemente el reflejo de haber sido descubierto en una situación comprometedora.

—Victoria.

—No te preocupes —dijo ella, con una frialdad que no sentía en absoluto—. No interrumpo nada importante.

Se giró y caminó de vuelta hacia el ascensor, ignorando la voz de Adrián llamándola desde atrás. Las lágrimas de furia amenazaban con escapar antes de que pudiera contenerlas del todo.

—No fue lo que pareció —dijo Adrián esa noche, encontrándola en la biblioteca, donde Victoria llevaba horas fingiendo leer el mismo párrafo una y otra vez.

—No tienes que darme explicaciones. Es tu vida, Adrián. Nuestro matrimonio no es real, ¿recuerdas? No tengo ningún derecho a sentirme...

—¿A sentirte cómo? —la interrumpió él, acercándose con una intensidad que la hizo callar de golpe.

—Nada. Olvídalo.

—Victoria, dime qué sentiste al verme con Verónica.

—¿Y tú qué sentiste al verme con Mateo? —replicó ella, con más filo del que pretendía.

El silencio que siguió fue revelador por sí mismo. Adrián endureció el gesto, evitando su mirada por un instante antes de responder.

—Sentí algo que no tenía ningún derecho a sentir, considerando los términos de nuestro acuerdo.

—Yo también —admitió Victoria, con la voz más baja, casi vulnerable.

Se quedaron mirándose en la penumbra de la biblioteca, ninguno de los dos dispuesto a dar el siguiente paso, a nombrar en voz alta lo que ambos empezaban a sospechar que sentían.

—Esto se está complicando mucho más de lo que cualquiera de los dos anticipó —dijo Adrián finalmente.




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