Pétalos y Espinas

Capítulo 15: El tiempo se acaba

El teléfono de Ricardo vibró sobre la mesa de cristal, interrumpiendo el silencio del apartamento como un disparo. Camelia, que estaba en el sofá con las piernas recogidas bajo el cuerpo y un libro de botánica entre las manos, levantó la vista al instante. No era un sonido habitual. Ricardo solo recibía llamadas importantes a esa hora de la noche.

Él, que estaba junto a la ventana con una taza de café frío entre las manos, miró la pantalla y frunció el ceño. El nombre de Estefanía brillaba en letras blancas, como un recordatorio incómodo.

—Tengo que responder —murmuró, más para sí mismo que para Camelia.

Ella asintió, aunque no era necesario. Sabía que no podía ignorar esa llamada. No cuando Estefanía era la razón de todo esto.

Ricardo se llevó el teléfono al oído, pero no salió de la habitación. Se quedó allí, de pie, con la espalda rígida y la mirada fija en el horizonte oscuro de la ciudad.

—Estefanía —dijo, con una voz que sonó más fría de lo habitual.

Camelia cerró el libro con cuidado, sintiendo cómo el aire se espesaba a su alrededor. No quería escuchar. No quería saber. Pero no podía evitarlo.

—¿Dos semanas? —la voz de Ricardo se quebró levemente al repetir las palabras—. No, no hay problema. Todo sigue según lo planeado.

El corazón de Camelia se detuvo por un segundo. ¿Dos semanas? ¿Qué significaba eso? ¿Que Estefanía volvería antes? ¿Que todo esto terminaría en quince días?

—Claro —Ricardo asintió, aunque Estefanía no podía verlo—. Nos vemos entonces.

Colgó el teléfono con un movimiento brusco y se quedó mirando la pantalla, como si esperara que las palabras cambiaran. Pero no lo hicieron.

—¿Ricardo? —Camelia se levantó del sofá, sintiendo cómo las piernas le temblaban—. ¿Qué pasa?

Él no se giró. Se quedó allí, con los dedos apretados alrededor del teléfono, como si fuera lo único que lo mantenía en pie.

—Estefanía vuelve en dos semanas —dijo al fin, con una voz que sonó vacía—. Antes de lo previsto.

El aire se le escapó de los pulmones a Camelia. Dos semanas. Solo dos semanas. Quince días para fingir, para sonreír, para seguir actuando como si todo esto no le importara. Quince días para despedirse.

—Ah —fue todo lo que logró decir, aunque las palabras le quemaban en la garganta—. Entiendo.

Ricardo se giró al fin, y Camelia vio algo en sus ojos que no reconoció. ¿Miedo? ¿Frustración? ¿O algo más?

—Tenemos que ajustar el plan —dijo, con una voz que pretendía ser firme, pero que tembló levemente—. Hay que asegurarnos de que todo esté listo para cuando ella llegue.

Camelia asintió, aunque no estaba segura de entender lo que quería decir. ¿Ajustar el plan? ¿Como si ella fuera un peón más en su juego? ¿Como si no hubiera pasado nada entre ellos en los últimos meses?

—Claro —respondió, forzando una sonrisa—. El plan.

Ricardo la miró durante un largo momento, como si estuviera evaluando su reacción. Luego, asintió con la cabeza, como si aceptara su respuesta.

—Bien —murmuró, dejando el teléfono sobre la mesa—. Entonces no hay de qué preocuparse.

Pero sí había de qué preocuparse.

Porque Camelia podía verlo en sus ojos. Podía sentirlo en el aire. Algo había cambiado. Algo se había roto.

Y no había forma de arreglarlo.

---

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Camelia se quedó mirando el contrato, que seguía sobre la mesa del salón, junto a la taza de café frío de Ricardo. Las cláusulas, las firmas, los quince mil euros… Todo parecía tan lejano ahora. Tan insignificante.

—¿Y después? —preguntó al fin, con una voz que sonó más pequeña de lo que pretendía.

Ricardo la miró, confundido.

—¿Después de qué?

—Después de que Estefanía vuelva —Camelia sintió cómo las lágrimas le quemaban los ojos—. ¿Qué pasará con nosotros?

Ricardo tensó la mandíbula, como si sus palabras lo hubieran golpeado.

—No habrá ningún nosotros —respondió, con una voz que sonó más dura de lo habitual—. Esto se acaba, Camelia. Así lo acordamos.

—Lo sé —ella asintió, sintiendo cómo el nudo en su garganta crecía—. Pero…

—Pero ¿qué? —Ricardo dio un paso hacia ella, con los ojos brillantes de algo que no supo identificar—. ¿Pensabas que esto era real? ¿Que lo que sentías era correspondido?

Camelia sintió que el corazón se le encogía. ¿Lo que sentía? ¿Era tan obvio? ¿Tan transparente?

—No —mintió, apartando la vista—. Solo… solo quería saber qué pasaría después.

Ricardo la miró durante un largo momento, como si estuviera debatiendo algo en su mente. Luego, suspiró y se pasó una mano por el pelo, desordenándolo.

—No lo sé —admitió al fin, con una voz que sonó más suave—. No sé qué pasará después.

Camelia lo miró, sorprendida por su honestidad. ¿No lo sabía? ¿O no quería saberlo?

—Yo tampoco —murmuró.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.