El agua caliente golpeaba su piel como agujas, pero Camelia no se movió. Se quedó allí, bajo el chorro, con los ojos cerrados y las manos apoyadas contra los azulejos fríos de la pared. El vapor llenaba el baño, envolviéndola en una nube densa que ahogaba sus sollozos.
—No puede ser —murmuró, con la voz quebrada—. No puede ser que esté enamorada de él.
Pero lo estaba.
Lo supo en el momento en que Ricardo le dijo que Estefanía volvería en dos semanas. Lo supo cuando sintió que el mundo se le venía abajo, como si alguien le hubiera arrancado el suelo bajo los pies. Lo supo cuando las lágrimas empezaron a caer, mezclándose con el agua de la ducha, y no pudo detenerlas.
—No debería importarme —susurró, llevándose las manos al pecho, como si así pudiera calmar el dolor—. Esto no es real. Nunca lo fue.
Pero dolía. Dolía como si le hubieran clavado un cuchillo en el pecho y lo hubieran retorcido sin piedad.
Respiró hondo, intentando recuperar el control, pero el aire se le atascó en la garganta. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había permitido que su corazón se involucrara en algo que solo era un trato? Un contrato. Una mentira.
—Tienes que ser fuerte —se dijo a sí misma, cerrando el grifo con un movimiento brusco—. Tienes que cumplir tu parte. Solo quedan dos semanas.
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Se envolvió en una toalla suave, sintiendo cómo el algodón absorbía las últimas lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Se miró en el espejo, pero el vapor lo había empañado, difuminando su reflejo. Como si el universo le estuviera diciendo que no quería que viera lo que había debajo: una chica rota, con los ojos rojos y el corazón hecho pedazos.
—No puedes derrumbarte —murmuró, pasándose los dedos por el pelo mojado—. No delante de él.
Respiró hondo una vez más, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y salió del baño, decidida a fingir que todo estaba bien.
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El apartamento estaba en silencio.
Ricardo estaba sentado en el sofá, con un vaso de whisky en la mano y la mirada fija en la pantalla apagada del televisor. No se giró cuando ella entró, pero Camelia supo que la había escuchado. Siempre la escuchaba, incluso cuando no lo parecía.
—¿Todo bien? —preguntó él al fin, con una voz que sonó más áspera de lo habitual.
—Sí —mintió Camelia, forzando una sonrisa—. Solo un poco de dolor de cabeza.
Ricardo la miró durante un largo momento, como si estuviera evaluando la verdad en sus palabras. Luego, asintió con la cabeza, aunque no parecía convencido.
—Si necesitas algo, avísame —murmuró, antes de llevarse el vaso a los labios.
Camelia asintió, sintiendo cómo el nudo en su garganta crecía. ¿Si necesitaba algo? Necesitaba que el tiempo se detuviera. Necesitaba que Ricardo la mirara como ella lo miraba a él. Necesitaba que todo esto fuera real.
Pero no lo era.
Así que se limitó a sonreír y se dirigió a su habitación, sintiendo cómo la mirada de Ricardo le quemaba la espalda.
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"Solo dos semanas.
Catorce días para fingir que no me importa.
Para fingir que no duele.
Para fingir que no lo amo."
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Se sentó en la cama, con las manos temblorosas y el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. ¿Cómo iba a sobrevivir a esto? ¿Cómo iba a seguir actuando como si nada pasara cuando cada mirada, cada roce, cada palabra de Ricardo le recordaba lo que nunca podría tener?
Cerró los ojos, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con caer de nuevo. Pero no podía permitírselo. No podía derrumbarse. No ahora.
—Tienes que ser fuerte —repitió, como un mantra—. Solo dos semanas.
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Al día siguiente, el apartamento amaneció en silencio.
Camelia se levantó temprano, como siempre, pero esta vez no tarareó mientras se vestía. No preparó café. No sonrió al ver a Ricardo sentado en la mesa de la cocina, con su traje impecable y su taza de café frío.
—Buenos días —murmuró él, sin mirarla.
—Buenos días —respondió Camelia, con una voz que sonó más fría de lo que pretendía.
Ricardo la miró, con una expresión que no supo descifrar. Pero no dijo nada. Se limitó a asentir con la cabeza y volvió a su café.
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El día transcurrió en una nebulosa.
Camelia se sumergió en el trabajo en la floristería, intentando distraerse con los pedidos, las flores y los clientes. Pero incluso allí, entre los pétalos y el aroma a tierra mojada, no podía escapar de la verdad: estaba enamorada de Ricardo.
Y él nunca lo sabría.
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Esa noche, después de cenar, Ricardo la miró desde el sofá.
—Mañana tenemos esa cena con los inversionistas —dijo, con una voz que sonó más tensa de lo habitual—. No llegues tarde.