El restaurante olía a romero y a vino tinto.
Era uno de esos lugares elegantes pero acogedores, donde las mesas de madera oscura brillaban bajo la luz tenue de las lámparas de cristal y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el tintineo de las copas. Eugenia había elegido el sitio, por supuesto. "Un lugar especial para una noche especial", había dicho cuando hizo la reserva. Pero Ricardo sabía que no era solo eso.
Era una trampa.
Una trampa disfrazada de cena familiar, donde su madre, con su sonrisa cálida y sus ojos verdes idénticos a los suyos, intentaría sonsacarle la verdad. Como siempre.
—Estás muy callado, hijo —Eugenia lo observó por encima del menú, con esa mirada que parecía capaz de leer hasta el último de sus pensamientos—. ¿Todo bien?
—Sí —Ricardo asintió, aunque no era cierto—. Solo cansado.
Eugenia arqueó una ceja, como si no creyera ni una palabra, pero no insistió. En lugar de eso, se giró hacia Camelia, que estaba sentada a su lado con un vestido azul que resaltaba el verde de sus ojos.
—Y tú, querida —dijo, con una sonrisa—, ¿cómo llevas estos meses con mi hijo? Debe ser agotador aguantar su carácter.
Camelia rio, pero Ricardo notó cómo sus dedos se tensaban alrededor de la copa de vino.
—No es tan malo —respondió, lanzándole una mirada de reojo—. Aunque a veces parece un robot.
—¡Camelia! —Ricardo frunció el ceño, aunque no pudo evitar que una sonrisa se le escapara.
—Es verdad —Eugenia se rio, guiñándole un ojo a Camelia—. Pero tú lo has humanizado un poco. Ya no es tan… rígido.
Ricardo sintió que el aire se le atascaba en la garganta. ¿Humanizado? ¿Era eso lo que Camelia había hecho? ¿Convertirlo en alguien capaz de sentir, de reír, de importarle?
—Mamá —advirtió, con una voz que sonó más tensa de lo que pretendía—, no empieces.
Eugenia lo ignoró, como siempre. Se inclinó hacia Camelia, bajando la voz como si compartiera un secreto.
—¿Sabes? —dijo, con una sonrisa cómplice—. Nunca lo había visto así con nadie. Ni siquiera con Estefanía.
El nombre de su ex flotó en el aire como una sombra. Ricardo sintió que el estómago se le encogía, pero no dijo nada. No podía. Porque, por primera vez, se dio cuenta de que su madre tenía razón.
Nunca había sido así con nadie.
Nunca había sentido este nudo en el pecho cada vez que Camelia sonreía a otro. Nunca había sentido este miedo a perderla.
—Eugenia —Camelia murmuró, incómoda—, no es lo que parece. Ricardo y yo solo…
—Solo nada —Eugenia la interrumpió, con una firmeza que no admitía réplicas—. Los conozco a los dos. Y sé lo que veo.
Ricardo cerró los ojos por un segundo, sintiendo cómo el peso de esas palabras lo aplastaba. ¿Lo que veía? ¿Qué veía, exactamente? ¿A un hombre que había pagado a una chica para fingir ser su novia? ¿A un cobarde que no se atrevía a admitir lo que sentía?
—Mamá, por favor —murmuró, con una voz que sonó más débil de lo que pretendía.
Pero Eugenia no lo escuchó. O no quiso escucharlo.
—Ricardo —dijo, mirándolo con una intensidad que lo hizo sentir desnudo—, esa chica te ha derretido. Y si la dejas ir, te arrepentirás siempre.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Ricardo miró a Camelia, buscando en sus ojos verdes una respuesta, una señal, algo que le dijera qué hacer. Pero ella apartó la vista, con las mejillas sonrojadas y los labios apretados, como si las palabras de Eugenia la hubieran herido.
—No es tan sencillo —dijo al fin, con una voz que sonó más fría de lo que pretendía.
—Claro que lo es —Eugenia extendió la mano y tomó la de Camelia entre las suyas—. Solo tienes que dejar de fingir.
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"Dejar de fingir.
Como si fuera tan fácil.
Como si no hubiera un contrato, una ex, un plan.
Como si no me hubiera pasado la vida construyendo muros para que nadie pudiera derribarlos.
Como si no supiera que, si lo intento, puedo perderlo todo."
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La cena transcurrió en un silencio incómodo.
Camelia apenas probó la comida, respondiendo con monosílabos cada vez que Eugenia intentaba sacarle conversación. Ricardo, por su parte, se quedó mirando su plato, sintiendo cómo las palabras de su madre resonaban en su cabeza una y otra vez.
"Si la dejas ir, te arrepentirás siempre."
¿Y si era cierto? ¿Y si, dentro de unos años, miraba atrás y se daba cuenta de que había dejado escapar a la única persona que lo había hecho sentir vivo?
Pero entonces recordó el contrato. Recordó a Estefanía. Recordó que todo esto había sido una farsa desde el principio.
—¿Ricardo? —la voz de Camelia lo sobresaltó—. ¿Estás bien?
—Sí —mintió, forzando una sonrisa—. Solo pensando.
Camelia asintió, aunque no parecía convencida. Pero no dijo nada más. Se limitó a mirar su plato, con una expresión que Ricardo no supo descifrar.