El restaurante olía a jazmín y a tensión.
Camelia lo supo en cuanto entró. El aroma de las flores frescas que decoraban las mesas se mezclaba con algo más denso, más pesado: el perfume caro de Estefanía, el café recién hecho, y ese silencio incómodo que solo se produce cuando tres personas saben que una de ellas sobra.
—Camelia, querida —Estefanía sonrió desde su silla, con los labios pintados de un rojo tan oscuro que parecía sangre—. Qué bien que hayas podido venir. Ricardo me ha dicho que estás muy ocupada con tu… ¿floristería, era?
Camelia sintió el golpe, pero no lo demostró. En lugar de eso, se sentó frente a ella con una sonrisa igual de afilada.
—Sí, Pétalos y Espinas—respondió, dejando el bolso sobre la mesa con un gesto deliberadamente lento—. Aunque ahora mismo mi prioridad es Ricardo. Como debe ser.
Estefanía arqueó una ceja, como si la respuesta la hubiera sorprendido. Ricardo, a su lado, no dijo nada. Pero Camelia notó cómo sus dedos se tensaban alrededor de la taza de café.
—Qué dedicación —Estefanía tomó un sorbo de su té, sin apartar los ojos de Camelia—. Aunque supongo que, cuando se trata de amor, una hace cualquier cosa.
El mensaje era claro: Tú no sabes lo que es el amor. Tú solo estás aquí por el dinero.
Camelia sintió que el aire se le atascaba en la garganta, pero antes de que pudiera responder, Ricardo habló.
—Estefanía —su voz sonó baja, pero con una firmeza que no admitía réplicas—, no empieces.
Estefanía lo miró, sorprendida. Como si no pudiera creer que él, su Ricardo, acabara de regañarla. Por ella.
—¿Empezar qué? —preguntó, con una risa que sonó falsa incluso para sus propios oídos.
—Ya sabes qué —Ricardo dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco—. Camelia no tiene por qué aguantar tus indirectas.
El silencio que siguió fue tan denso que Camelia pudo escuchar el latido de su propio corazón. Estefanía la miró, luego a Ricardo, y por primera vez desde que la conocía, Camelia vio algo parecido al desconcierto en sus ojos.
—Vaya —murmuró al fin, recostándose en su silla—. Parece que alguien ha desarrollado… ¿cómo decirlo? ¿Un instinto protector?
—No es instinto —Ricardo la miró fijamente—. Es respeto.
Camelia sintió que el mundo se detenía.
¿Respeto?
No era amor. No era una declaración. Pero viniendo de Ricardo, sonaba como si lo fuera.
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"No debería importarme.
No debería sentir este calor en el pecho.
Pero lo siento.
Porque por primera vez, él me ha defendido.
Y eso duele más que cualquier humillación."
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Estefanía no se rindió.
—Respeto —repitió, como si la palabra le supiera amarga—. Qué bonito. Aunque me pregunto… ¿cuánto durará ese respeto cuando el contrato termine?
Camelia sintió que el suelo se movía bajo sus pies. ¿Contrato? ¿Estefanía lo sabía? ¿O solo estaba adivinando?
—No hay ningún contrato —Ricardo respondió antes de que Camelia pudiera reaccionar, con una voz que no dejaba lugar a dudas—. Camelia está aquí porque quiere estar.
Estefanía lo miró durante un largo momento, como si estuviera evaluando la verdad en sus palabras. Luego, sonrió. Pero esta vez, su sonrisa no era cálida. Era fría. Calculadora.
—Claro —dijo, levantando su taza—. Como digas.
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El almuerzo transcurrió entre conversaciones tensas y sonrisas forzadas.
Estefanía intentó, una y otra vez, menospreciar a Camelia con comentarios sobre su falta de experiencia en "círculos como los de Ricardo", insinuaciones sobre lo difícil que debía ser para ella adaptarse a su mundo, incluso una pregunta directa sobre si extrañaba su vida "antes de todo esto".
Pero cada vez que lo hacía, Ricardo intervenía.
—Camelia no necesita adaptarse a mi mundo —dijo en un momento, con una calma que hizo que Estefanía apretara los labios—. Mi mundo se adapta a ella.
Camelia sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero las contuvo. No podía derrumbarse. No aquí. No ahora.
—Qué romántico —Estefanía murmuró, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Aunque me pregunto si Camelia opina lo mismo.
—Lo opino —Camelia respondió antes de que Ricardo pudiera hacerlo, con una voz que sonó más firme de lo que se sentía—. Porque Ricardo no me ha pedido que cambie. Nunca.
Estefanía la miró, sorprendida. Como si no esperara que Camelia tuviera voz propia.
—Vaya —dijo al fin, dejando la servilleta sobre la mesa—. Parece que me he perdido algo.
Ricardo no respondió. Pero cuando Camelia lo miró, vio algo en sus ojos que no había visto antes: orgullo.
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Ricardo
"No debería importarme lo que piense Estefanía.