El restaurante La Terraza brillaba bajo las luces de la ciudad.
Era uno de esos lugares exclusivos, donde el cristal de las copas reflejaba el resplandor de las velas y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el sonido de los cubiertos de plata. Ricardo estaba sentado frente a Estefanía, con una copa de vino tinto entre los dedos, pero su mente no estaba allí.
Estaba en un apartamento vacío.
En el sonido de una maleta rodando por el pasillo.
En el eco de una puerta al cerrarse.
—Ricardo —la voz de Estefanía lo sobresaltó, cortando el hilo de sus pensamientos como un cuchillo—. Llevas toda la noche distraído. ¿Pasa algo?
Él parpadeó, volviendo al presente con esfuerzo. Estefanía lo observaba con esa mirada calculadora que siempre había tenido, esa que parecía capaz de leer hasta el último de sus pensamientos. Pero esta vez, no le importó.
—No —mintió, llevándose la copa a los labios—. Solo estoy cansado.
Estefanía arqueó una ceja, como si no creyera ni una palabra, pero no insistió. En lugar de eso, se inclinó hacia adelante, dejando que el escote de su vestido negro captara la luz de las velas.
—Bueno —murmuró, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—, entonces brindemos. Por nosotros. Por este reencuentro.
Ricardo levantó su copa, pero no bebió. En lugar de eso, sus ojos se desviaron hacia la entrada del restaurante, como si esperara ver a alguien allí.
Como si esperara verla a ella.
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Ricardo
"No debería importarme.
No debería buscarla entre la gente.
No debería sentir este vacío en el pecho.
Pero lo hago.
Y no sé cómo llenarlo."
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Estefanía siguió su mirada y frunció el ceño.
—¿Buscas a alguien? —preguntó, con una voz que sonó más afilada de lo que pretendía.
—No —Ricardo apartó la vista, sintiendo cómo el peso de su propia mentira lo aplastaba—. Solo miro.
Estefanía no respondió. Pero sus dedos, perfectamente manicurados, se cerraron alrededor del tallo de su copa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Qué curioso —dijo al fin, con una sonrisa que no era una sonrisa—. Porque juraría que estabas buscando a alguien en concreto.
Ricardo no dijo nada. No podía. Porque, ¿qué podía decir? ¿Que sí, que estaba buscando a Camelia? ¿Que, a pesar de todo, no podía evitar preguntarse dónde estaría, qué estaría haciendo, si habría llegado bien a su casa?
—Estefanía —empezó, pero ella lo interrumpió con un gesto.
—No hace falta que digas nada —dijo, con una voz que sonó demasiado dulce—. Ya lo sé.
Ricardo la miró, sorprendido.
—¿Qué sabes?
Estefanía se recostó en su silla, cruzando las piernas con elegancia.
—Que esto no ha terminado para ti —dijo, con una sonrisa que era puro veneno—. Que esa chica… Camelia, ¿verdad? Todavía está en tu cabeza.
Ricardo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. ¿En su cabeza? No. No era solo su cabeza. Era su pecho, su piel, el eco de su risa en el silencio del apartamento.
—No es eso —mintió, aunque las palabras le supieron a ceniza.
—Claro que lo es —Estefanía tomó un sorbo de vino, sin apartar los ojos de él—. Y lo entiendo. Es joven, dulce, todo lo que yo no soy. Pero eso no cambia el hecho de que esto—hizo un gesto entre los dos—es lo que siempre hemos sido. Lo que siempre seremos.
Ricardo cerró los ojos por un segundo, sintiendo cómo el peso de esas palabras lo aplastaba. ¿Lo que siempre seremos? ¿Era eso cierto? ¿O era solo lo que Estefanía quería que creyera?
—No lo sé —admitió al fin, con una voz que sonó más vulnerable de lo que pretendía.
Estefanía lo miró durante un largo momento, como si estuviera evaluando la verdad en sus palabras. Luego, sonrió. Pero esta vez, su sonrisa era diferente. Más suave. Casi… triste.
—Ricardo —dijo, extendiendo la mano para tomar la de él—, sé que esto no ha sido fácil para ti. Pero ahora estoy aquí. Y podemos volver a ser lo que éramos. Lo que siempre debimos ser.
Ricardo miró sus manos entrelazadas, sintiendo cómo el pasado y el presente chocaban en su mente. ¿Volver a ser lo que eran? ¿Era eso lo que quería? ¿O solo era lo que se suponía que debía querer?
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Estefanía
"Pobre Ricardo.
Cree que puede escapar de lo que somos.
Pero no puede.
Porque al final, siempre vuelve a mí."
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El camarero llegó con el postre, rompiendo el silencio incómodo que se había instalado entre ellos. Ricardo miró el plato de tiramisú frente a él, pero no sintió hambre. En lugar de eso, sus ojos se desviaron de nuevo hacia la entrada del restaurante.