El taxi olía a cuero viejo y a despedidas.
Camelia lo supo en cuanto se subió. El aroma a ambientador barato se mezclaba con el eco de todas las personas que habían pasado por ese asiento trasero, cada una con su propia historia de adioses. Pero ninguna tan dolorosa como la suya.
—Al aeropuerto, por favor —dijo, con una voz que sonó más firme de lo que se sentía.
El taxista asintió sin mirarla, como si estuviera acostumbrado a llevar a gente que huía de algo. O de alguien.
Camelia se recostó contra el asiento, sintiendo cómo el peso de las últimas horas la aplastaba. Se acabó. Todo había terminado. El contrato, la farsa, los casi besos, las noches en vela preguntándose si él sentiría algo por ella.
Ahora solo quedaba el silencio.
Y Ámsterdam.
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Camelia
"Duele.
Duele como si me hubieran arrancado algo de dentro.
Pero tengo que irme.
Porque si me quedo, si lo veo una última vez, sé que no podré marcharme.
Y necesito marcharme."
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El apartamento estaba en silencio cuando llegó.
No había rastro de Ricardo, pero Camelia no se permitió buscarlo. No miró hacia su habitación, no respiró hondo para ver si aún podía oler su perfume en el aire, no se detuvo a recordar los momentos que habían compartido entre esas cuatro paredes.
En lugar de eso, entró en su habitación y cerró la puerta tras de sí.
La maleta ya estaba hecha. La había preparado esa misma mañana, con movimientos mecánicos, como si su cuerpo supiera lo que tenía que hacer aunque su corazón se negara. Ahora solo quedaba lo más difícil.
Se acercó al cajón de la mesilla y sacó las llaves del apartamento. Las dejó sobre la mesa del salón, junto al contrato que había firmado hacía meses. Quince mil euros. El precio de su dignidad. El precio de tres meses de mentiras.
Pero entonces, sus ojos se posaron en la taza de conejito.
Estaba donde siempre, junto a la cafetera, como si aún formara parte de la rutina. Como si ella aún formara parte de ese lugar. Camelia la tomó entre sus manos, sintiendo cómo la cerámica fría le quemaba los dedos. ¿Debía llevársela? ¿O dejarla allí, como un recordatorio de lo que nunca podría ser?
Al final, la dejó junto a las llaves.
—Adiós —susurró, aunque no había nadie para escucharla.
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Camelia
"No es un adiós.
Es un hasta nunca.
Porque si vuelvo, si lo veo de nuevo, sé que no podré resistirme.
Y ya no queda nada por resistir."
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El taxi la esperaba abajo.
Camelia miró el apartamento una última vez, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban los ojos. Pero no lloró. No podía. No delante de todo lo que dejaba atrás.
—¿Lista? —preguntó el taxista, como si supiera que esa pregunta era más profunda de lo que parecía.
Camelia asintió, aunque no estaba segura de estar lista para nada.
—Sí —mintió, cerrando la puerta tras de sí.
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El aeropuerto estaba lleno de gente.
Familias despidiéndose entre abrazos, parejas tomadas de la mano, viajeros solitarios con la mirada perdida. Camelia se mezcló entre ellos, sintiendo cómo el peso de su maleta se le clavaba en la mano. ¿Era esto lo que quería? ¿Irse sin mirar atrás? ¿Dejar atrás todo lo que había conocido, todo lo que había amado?
Sí.
Porque si se quedaba, si lo veía una última vez, sabía que no podría marcharse.
Y necesitaba marcharse.
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Camelia
"Ámsterdam.
El sueño que me mantuvo viva.
Pero ahora que está al alcance de mi mano, no sé si quiero alcanzarlo.
Porque los sueños, a veces, son solo eso: sueños.
Y la vida real duele demasiado."
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El avión despegó con un rugido.
Camelia miró por la ventanilla, observando cómo Madrid se hacía cada vez más pequeño, hasta convertirse en un conjunto de luces brillantes en la oscuridad. Como estrellas caídas del cielo.
—Adiós —murmuró, apoyando la frente contra el cristal frío.
Pero esta vez, no había nadie para escucharla.
Solo el eco de sus propias mentiras.
Y el peso de lo que había dejado atrás.
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En el apartamento vacío…
Ricardo abrió la puerta con manos temblorosas.
El silencio lo recibió como un puñal. No había rastro de Camelia, ni de su perfume, ni de su risa. Solo el eco de sus propios pasos resonando en el espacio vacío.