El vestido rojo quemaba.
No por el color —aunque era un tono intenso, casi escarlata, que gritaba mírame—, sino por lo que representaba. Era el vestido de una mujer que ya no existía. O quizá nunca había existido.
Camelia se miró en el espejo del baño, ajustando el escote por enésima vez. El tejido se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, marcando cada curva, cada respiración. Demasiado. Demasiado ajustado, demasiado llamativo, demasiado falso. Pero eso era lo que se suponía que debía ser esta noche: una mentira perfecta.
—Estás preciosa —la voz de Lucía llegó desde el otro lado de la puerta, seguida de un golpe suave—. Aunque ese vestido parece sacado de una película de espías. ¿Seguro que no es demasiado?
Camelia respiró hondo, sintiendo cómo el corsé le apretaba las costillas.
—Es lo que se espera —murmuró, más para sí misma que para su amiga—. Tengo que parecer la novia perfecta.
Lucía abrió la puerta sin esperar respuesta y se apoyó en el marco, cruzando los brazos. Llevaba puesto un vestido negro sencillo, pero sus ojos —esos que siempre veían demasiado— brillaban con preocupación.
—Cami —dijo, con una voz que sonaba a advertencia—, no tienes que hacer esto. Todavía estás a tiempo de decirle la verdad.
Camelia se giró hacia ella, sintiendo cómo el peso de las palabras se le clavaba en el pecho.
—¿Y qué verdad, Lu? —preguntó, con una risa amarga—. ¿Que me enamoré de él? ¿Que llevo semanas llorando en la ducha para que no me vea? ¿Que esta noche es mi última oportunidad de fingir que no me destroza por dentro?
Lucía no respondió. Se limitó a mirarla, con una expresión que lo decía todo.
—Exacto —Camelia asintió, como si su amiga hubiera hablado—. No hay verdad que valga. Solo hay un contrato. Y esta noche, lo cumplo.
---
El restaurante era uno de esos lugares donde el aire olía a dinero y a secretos.
Las paredes estaban revestidas de madera oscura, las mesas cubiertas con manteles de lino blanco y las copas de cristal tallado brillaban bajo la luz tenue de las lámparas de araña. Camelia entró del brazo de Ricardo, sintiendo cómo todas las miradas se posaban en ellos. O quizá solo en él. Porque Ricardo Varela siempre llamaba la atención: alto, impecable en su traje negro, con esa aura de hombre que lo tiene todo bajo control.
Pero esta noche, incluso él parecía tenso.
—Respira —le susurró al oído, con una voz que solo ella pudo escuchar—. Solo es una cena.
Camelia asintió, aunque no estaba segura de poder respirar. No cuando sabía que, al final de esa mesa, estaría ella. Estefanía. La mujer por la que todo esto había empezado. La mujer por la que Ricardo la dejaría ir.
—Ricardo —una voz suave, casi melódica, los interrumpió.
Estefanía estaba de pie junto a la mesa, con un vestido verde esmeralda que resaltaba el dorado de su pelo y el brillo calculador de sus ojos. Era hermosa. Demasiado hermosa. Como una serpiente antes de atacar.
—Estefanía —Ricardo asintió, con una frialdad que Camelia no le conocía—. Llegas temprano.
—Quería asegurarme de que todo estuviera perfecto —respondió ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Como siempre.
Sus miradas se encontraron, y por un segundo, Camelia sintió que sobraba. Como si fuera un accesorio, algo que se podía dejar en casa si no hacía falta.
—Tú debes ser Camelia —Estefanía se giró hacia ella, extendiendo una mano con uñas perfectamente pintadas—. He oído mucho sobre ti.
Camelia tomó su mano, sintiendo cómo los dedos fríos de Estefanía se cerraban alrededor de los suyos como una trampa.
—Lo mismo digo —mintió, con una sonrisa que le dolió en los labios.
---
La cena fue una tortura.
Estefanía monopolizó la conversación, hablando de su trabajo, de sus viajes, de lo mucho que había extrañado Madrid. Ricardo la escuchaba en silencio, con una expresión que Camelia no supo descifrar. ¿Alivio? ¿Nostalgia? ¿O quizá solo el peso de saber que su plan estaba a punto de terminar?
—Y dime, Camelia —Estefanía la miró de repente, con una sonrisa que parecía sincera—, ¿cómo llevas lo de ser la novia de Ricardo? Debe ser agotador aguantar su carácter.
Camelia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. ¿Agotador? ¿Era eso lo que pensaba Estefanía? ¿Que ella era una pobre chica pagada para soportar al gran Ricardo Varela?
—En absoluto —respondió, con una voz que sonó más firme de lo que se sentía—. Ricardo es… Hizo una pausa, buscando las palabras—. Especial.
Estefanía arqueó una ceja, como si la respuesta la hubiera sorprendido.
—Vaya —murmuró, mirando a Ricardo—. Parece que alguien te ha domesticado.
Ricardo no dijo nada. Se limitó a tomar un sorbo de vino, con la mirada fija en su copa.
—No creo que a Ricardo le guste la idea de ser domesticado —Camelia sonrió, sintiendo cómo el veneno se le escapaba sin querer—. Pero supongo que hasta los lobos solitarios necesitan compañía a veces.