El apartamento olía a café recién hecho y a despedida.
Camelia lo supo en cuanto entró por la puerta. El aroma familiar de la cafetera italiana se mezclaba con algo más frío, más definitivo. Como si el aire mismo supiera que algo estaba a punto de terminar.
Ricardo estaba de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos y la espalda rígida. Llevaba puesto el traje que usaba para las reuniones importantes, ese que le quedaba como una segunda piel y que siempre le hacía parecer inalcanzable. Pero hoy, por primera vez, Camelia notó que le quedaba un poco grande. Como si, de repente, se hubiera encogido.
—Camelia —dijo sin girarse—. Siéntate.
No era una invitación. Era una orden.
Ella dejó el bolso sobre la mesa con movimientos lentos, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza en el pecho. Esto es. El momento que había estado evitando durante meses. El final.
Se sentó en el sofá, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la espalda recta. Como si, de esa manera, pudiera mantenerse entera.
Ricardo se giró al fin, y sus ojos grises se encontraron con los de ella. Por un segundo, Camelia creyó ver algo parecido al dolor en su mirada. Pero desapareció tan rápido que pensó que lo había imaginado.
—Esto se acabó —dijo, con una voz que sonó más fría de lo que pretendía.
Camelia asintió, aunque no dijo nada. No podía. Si hablaba, si intentaba decir algo, sabía que se derrumbaría.
Ricardo se acercó a la mesa y dejó un sobre blanco frente a ella. Era grueso, como si llevara dentro algo más que papel.
—Aquí está el resto del dinero —dijo, señalándolo con un gesto—. Los quince mil euros. Como acordamos.
Camelia miró el sobre, sintiendo cómo el peso de esas palabras la aplastaba. Como acordamos. Como si todo esto hubiera sido solo un trato. Como si no hubiera pasado nada entre ellos.
—Gracias —murmuró, aunque las palabras le supieron amargas.
Ricardo no respondió. Se quedó allí, de pie, como si no supiera qué hacer con sus propias manos. Como si, de repente, el apartamento se hubiera vuelto demasiado pequeño para los dos.
—Puedes irte cuando quieras —dijo al fin, con una voz que sonó más dura de lo habitual—. No hay necesidad de que te quedes.
Camelia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. ¿Irse? ¿Así, sin más? ¿Sin una explicación, sin un adiós, sin nada?
—¿Eso es todo? —preguntó, con una voz que tembló a pesar de sus esfuerzos.
Ricardo la miró durante un largo momento, como si estuviera evaluando la verdad en sus palabras. Luego, asintió con la cabeza.
—Eso es todo.
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Camelia
"Quince mil euros.
El precio de mi dignidad.
El precio de tres meses de mentiras, de casi besos, de noches en vela preguntándome si esto era real.
Y ahora, me dice que me vaya.
Como si no hubiera pasado nada.
Como si no me hubiera roto el corazón en mil pedazos."
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Camelia tomó el sobre entre sus dedos, sintiendo cómo el papel crujía bajo su tacto. Era real. Todo esto era real. El dinero, el contrato, el final.
—Bien —dijo, levantándose del sofá con movimientos rígidos—. Si eso es lo que quieres.
Ricardo no respondió. Se limitó a mirarla, con una expresión que Camelia no supo descifrar. ¿Alivio? ¿Arrepentimiento? ¿O quizá solo indiferencia?
—Lo es —dijo al fin, con una voz que sonó más suave.
Camelia asintió, aunque no estaba segura de creerle. Pero no importaba. Porque, al final, esto siempre había sido un trato. Y los tratos, tarde o temprano, terminaban.
—Entonces me voy —murmuró, dirigiéndose hacia su habitación.
—Camelia —la voz de Ricardo la detuvo en el umbral.
Ella se giró, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
—¿Sí?
Ricardo la miró durante un largo momento, como si quisiera decir algo más. Pero al final, solo sacudió la cabeza.
—Nada —murmuró—. Solo… adiós.
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Ricardo
"Adiós.
Una palabra tan pequeña para algo tan grande.
Pero es lo que hay que decir, ¿no?
Porque esto se acabó.
Porque ella se va.
Y yo me quedo.
Como siempre."
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Camelia entró en su habitación y cerró la puerta con un clic suave.
Se quedó allí, de pie, con la espalda apoyada contra la madera y el sobre apretado contra el pecho. Podía escuchar los pasos de Ricardo en el salón, el sonido de la cafetera al apagarse, el silencio que seguía a cada uno de sus movimientos.
Se acabó.