Introducción
Hola.
No sé por qué te escribo si sé que nunca vas a leer esto. Quizás porque hablarle a alguien que ya no puede responder es más sencillo que hacerlo con quienes todavía están aquí. Ellos esperan que diga que estoy bien, que les diga que todo va a mejorar y que, de alguna manera, conseguiremos acostumbrarnos a lo que pasó. No puedo hacerlo. No sé cómo se supone que una persona debe acostumbrarse a perderlo todo de un momento para otro.
Desde el accidente, el tiempo parece haberse vuelto algo extraño. Los días pasan demasiado rápido cuando tengo cosas que hacer y demasiado despacio cuando llega la noche. A veces siento que apenas han pasado unas horas desde que recibí la noticia y otras veces tengo la impresión de que llevo años viviendo esta vida.
Tu muerte cambió muchas cosas, más de las que probablemente imaginabas que podían cambiar. Ella también se fue y, con ella, desapareció la vida que conocíamos. Ahora estamos todos aquí, en esta casa, tratando de entender por qué ya no podemos volver al pasado. Leo, Faith y Abel no entienden por qué sus padres no van a regresar y por qué todos los adultos que los rodean hablan en voz baja cuando creen que ellos no están escuchando.
Supongo que nadie tenía una alternativa mejor.
Eso es lo que todos repiten.
Como si encontrar una solución práctica pudiera hacer que aquello dejara de doler.
La casa es demasiado grande para nosotros. Hay habitaciones que permanecen cerradas durante días y pasillos por los que casi nadie camina. Por las noches, cuando todos duermen, el silencio se extiende por las paredes de una manera que no había conocido antes. A veces escucho algún crujido en el piso de arriba o el sonido de una puerta moviéndose con el viento y durante unos segundos pienso que alguien está caminando por la casa.
Después recuerdo que ya no debería esperar encontrarme contigo.
Eso es lo peor.
Todavía hay momentos en los que quiero contarte y me olvido de que no estás. Me sucede cuando ocurre algo, cuando recuerdo una conversación que tuvimos hace años o cuando encuentro alguna de tus cosas donde las dejaste. Entonces me descubro pensando qué habrías dicho, qué habrías hecho, si habrías sabido encontrar las palabras correctas.
Y me enfurece.
Me avergüenza admitirlo, pero estoy enojada contigo.
Sé que no elegiste morir. Sé que no decidiste dejarnos atrás. Sé que no existe una forma razonable de culparte por algo así, pero eso no impide que una parte de mí lo haga.
Porque tú te fuiste y nosotros tuvimos que quedarnos.
Tuvimos que aprender a vivir con todo lo que dejaste detrás.
Hay personas que creen que cuando alguien muere lo único que queda es el recuerdo. No es verdad. Quedan sus cosas, sus responsabilidades, sus silencios, sus problemas, sus promesas y todas esas pequeñas partes de su vida que alguien más tiene que recoger cuando ya no está.
A veces siento que tu muerte me convirtió en una persona que no reconozco.
Y creo que eso es lo que más me duele.
No solamente perderte, sino perder quién era yo antes de perderte.
Quizás por eso me cuesta tanto estar aquí.
Hay algo en esta casa que hace que todo parezca más lejano. Los recuerdos están en todas partes, pero ninguno consigue hacerme sentir acompañada. Es extraño sentirse sola cuando hay tantas personas alrededor. Hay trabajadores entrando y saliendo, puertas que se abren, platos que se rompen, pasos en los pasillos.
Y, aun así, algunas noches tengo la sensación de que soy la única persona despierta en el mundo.
También está ella.
No sé qué pensar de ella.
Al principio intenté convencerme de que solamente era una impresión mía. Quizás después de lo ocurrido estoy viendo problemas donde no los hay. Quizás estoy demasiado cansada. Quizás cualquier persona en mi lugar empezaría a desconfiar de las mismas cosas.
Pero cada vez me cuesta más creerlo.
Hay momentos en los que siento que me observa cuando cree que no la estoy mirando. No es algo que pueda explicar con facilidad. Nunca hace nada que pueda señalar y decir: esto es una prueba. Son detalles demasiado pequeños. Una mirada que dura un poco más de lo necesario. Una puerta que encuentro abierta después de haberla cerrado. Una conversación que se interrumpe cuando entro en una habitación. Objetos que no recuerdo haber movido y que aparecen en otro lugar.
Quizás no significan nada.
Quizás todos esos detalles solamente existen porque estoy buscando algo.
Pero si es así, ¿por qué tengo la sensación de que ella también está buscando algo?
A veces pienso que está esperando que cometa un error.
No sé qué clase de error.
Ni siquiera sé qué espera encontrar.
Solo sé que cuando nuestras miradas se cruzan hay algo que cambia en su expresión. Es apenas un instante, tan breve que podría estar imaginándolo, pero siempre termino con la misma sensación desagradable de que sabe algo que yo desconozco.
Y últimamente tengo la impresión de que ella piensa exactamente lo mismo de mí.
Tal vez por eso tengo miedo.
No de que ocurra algo concreto. Eso sería más fácil. Si supiera qué estoy esperando, podría prepararme. Podría encontrar una forma de protegerme.
Lo que me asusta es no saber qué pretende.
Siento que camino sobre algo demasiado frágil y que cualquier movimiento equivocado podría hacer que todo se rompiera.
He intentado comportarme como si nada estuviera pasando. Sonreír cuando corresponde. Hablar con Faith, Leo y Abel. Hacer las cosas que esperan de mí. Fingir que esta casa puede convertirse en un hogar y que, con suficiente tiempo, todos podremos acostumbrarnos.
Pero cada vez que cae la noche vuelvo a preguntarme si realmente estoy a salvo.
Quizás debería marcharme.
Quizás debería haberlo hecho desde el principio.
Sin embargo, no puedo dejar a los demás.
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Editado: 30.09.2026