Al Ritmo Del Hielo

CAPÍTULO 22

Kyla

Domingo, 23 de diciembre de 2029

¿Qué es en realidad enamorarse?

Siempre lo han pintado como emociones intensas: mariposas en el estómago, sentimientos que se intensifican. Pero nunca te cuentan el lado malo: dolor, presión, dudas, discusiones... Y lo peor es que eso también es enamorarse.

Nada puede ser perfecto.

Siempre dolerá cuando te enamoras de alguien.

Ayer por la noche contacté con Niall para pedirle una semana de vacaciones. Aceptó, más que nada porque íbamos a cerrar el local los últimos días del año.

Quería desconectar, irme lejos del pub.

El sol caía sobre mí; por suerte, llevaba una gorra.

¿Estaba esperando fuera del pub, sentada sobre una maleta?

Sí.

Sujeté el palo de la piruleta para sacarla de la boca y comencé a tararear una de las canciones de la lista que estaba reproduciéndose. Boyfriend, de Dove Cameron.

Moví levemente la cabeza siguiendo la melodía.

— Plus you know... —murmuré— my clothes would fit...

Miré de reojo hacia la derecha al notar una sombra y, rápidamente, giré la cabeza en esa dirección. Raelynn estaba quieta. Con una mano sujetaba el asa de la maleta y, con la otra, me hacía un gesto para saludarme.

Me llevé la piruleta a la boca y me quité los auriculares para guardármelos.

— Hola —dijo ella, sonriendo.

La escaneé de arriba abajo. Llevaba una camiseta de manga larga de rayas y, encima, una camiseta negra. Vaqueros claros, un poco anchos, sujetos con un cinturón negro, y unas zapatillas blancas. Por último, llevaba una chaqueta negra.

— ¿Acabas... —alzó las cejas, sorprendida— de escanearme entera?

— Es que creo que tengo esa camiseta —respondí, incorporándome.

Mentí.

No pude evitar que mis ojos hicieran ese recorrido. Sujeté el palo de la piruleta para quitármela de la boca.

— Hola —saludé, acercándome a ella.

Me siguió con la mirada.

Me coloqué frente a ella y le rodeé el cuello con el brazo para abrazarla.

— Buenos días —añadí en voz baja.

¿Por qué narices la estaba abrazando?

Me separé de ella sin mirarla, porque, si lo hacía, me preguntaría por qué la había abrazado. Volví hacia la maleta y me senté sobre ella.

Noté un cosquilleo en las yemas de los dedos.

— ¿Puedo preguntar algo? —dijo, arrastrando la maleta para colocarla a unos centímetros de mí, y se sentó sobre ella.

— Dime —respondí, mirándola de reojo.

— ¿Por qué estamos aquí? —preguntó—. Me esperaba algo diferente, ¿sabes?

— ¿Tienes algo en contra de esta nueva forma de tomar el sol? —la miré, alzando una ceja.

— No, no —movió las manos, nerviosa.

— Es broma —sonreí—. Estamos esperando —le señalé con la piruleta antes de metérmela en la boca.

— ¿Esperando? —frunció el ceño—. ¿A quién?

— Lo sabrás en un ratito —crucé la pierna.

Nos mantuvimos unos segundos en silencio, hasta que Raelynn volvió a hablar.

— Respecto a lo de ayer —comentó—, ¿estás mejor? —preguntó, preocupada.

— Estoy bien, no te preocupes —me llevé una mano a la nuca—. Pasaron muchas cosas, ¿no crees? —sonreí—. Pero también fue divertido.

Tragué saliva.

— Sí... —se frotó suavemente la muñeca—. Sabes... —me señaló—, me debes un baile —se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

— ¿Te debo un baile? —giré ligeramente la maleta para mirarla mejor—. ¿Y eso por qué? —sujeté el palo de la piruleta, entrecerrando los ojos.

Puso morritos, pensativa.

— Porque apenas bailamos —inclinó levemente la cabeza—. Me supo a poco.

— Mmm... —hice un leve ruido con la garganta—. Lo que quieres es admirar mis dotes de baile —la señalé con la piruleta.

— Mierda —golpeó suavemente sus muslos—. Me has pillado —se quejó, aunque tardó unos segundos en reírse.

Y yo me reí por lo bajo.

Clavé los ojos en ella.

Su sonrisa iluminaba más que el propio sol.

Fui dejando de sonreír hasta acabar apretando la mandíbula.

Parpadeé varias veces seguidas antes de girar la cabeza hacia la izquierda. El sonido del motor de un coche hizo que mirara hacia la carretera.

— Ya está aquí —comenté, incorporándome.

— ¿Vas a dejarme con la curiosidad? —preguntó, también incorporándose.

— Hoy empieza tu entrenamiento intensivo —me coloqué delante de ella, llevándome las manos a la cintura—. Quiero aportar mi granito de arena antes de que vuelvas a competir y te centres en los Juegos Olímpicos —sonreí.

— ¿Y dónde vamos? —alzó las cejas, curiosa.

Giré la cabeza hacia el coche que se había detenido a un lado de la carretera.

— A la casa de mis padres —la miré brevemente, alzando ligeramente los hombros.

— A la... —dijo, entrecortada.

Sujeté el asa de la maleta y empecé a caminar hacia el coche.

— ¿A la casa de tus padres...? —añadió, nerviosa.

La ventanilla empezó a bajarse hasta que vi a mi padre con una sonrisa en la cara.

— Hola, princesa —dijo mi padre.

— Te he dicho muchas veces que no me llames así... —me quejé, apoyando una mano en la puerta—. Ese mote quedó atrás.

— ¿Y qué? —sujetó el volante con una mano—. Para mí siempre serás una princesa.

Bufé.

— Ella es... —empezó mi padre.

— Raelynn —terminé su frase.

La miré de reojo, extendiendo la mano hacia su brazo para acercarla más a la ventanilla.

— Ho...hola —dijo, nerviosa. Se inclinó ligeramente para mirarle.

— He visto las noticias —la señaló—. Vas a competir en los Juegos Olímpicos.

— Sí... —respondió en voz baja.

— Bueno, voy a llevar las maletas al maletero —los interrumpí, sujetando el asa de mi maleta y la de Raelynn.

— Puedo ayudarte —Raelynn agarró rápidamente el asa de su maleta y me miró.

— Tranqui, me ocupo yo...

— Te ayudo... de verdad... —susurró, mirándome con nerviosismo.




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