Al Ritmo Del Hielo

CAPÍTULO 24

Raelynn

Martes, 25 de diciembre de 2029

Siempre he sido una persona demasiado curiosa.

Y, a veces, meto la pata por ello.

Ya me lo decía muchas veces mi madre: «La curiosidad mató al gato».

Y aquí estoy, haciendo un test para saber qué orientación sexual tengo.

Me apoyé en la isla de la cocina, inclinándome hacia delante para extender los brazos sobre la encimera. Miraba la pantalla del móvil mientras lo sujetaba.

Mis ojos se clavaron en una de las preguntas:

«¿Te sueles fijar antes en hombres o en mujeres?»

— Mmm... —apreté el móvil con los dedos—. No lo sé... —murmuré.

Nunca he estado en esta situación. Ni siquiera he pensado en tener algo con alguien... pero es que Kyla me tiene loca.

— Demasiado loca... —suspiré.

— Ya estoy.

Me incorporé rápidamente, dejando el móvil boca abajo frente a mí.

Se me había olvidado que Kyla iba a dejar un par de cosas en la habitación.

— ¿Qué hacías? —preguntó con curiosidad.

— Nada... —reí, nerviosa—. Estaba mirando una cosa en el móvil.

— ¿Cómo no sudar la gota gorda haciendo ejercicio? —dijo con tono burlón, apoyándose en la isla frente a mí—. Sigues rojísima —rio.

— Ja, ja, qué graciosa.

— ¿Vamos a ver la pista de hielo? —preguntó, alzando una ceja.

— Sí, por favor —alcé la voz, guardándome el móvil en el bolsillo trasero del pantalón—. Tengo muchas ganas de verla —di un golpecito suave en la encimera antes de rodear la isla.

— ¿Dónde vais?

Ambas desviamos la mirada hacia la entrada del comedor al escuchar la dulce voz de Olivia. Estaba asomada al marco de la puerta.

— ¿Puedo ir, Lala? —preguntó, haciendo un pequeño puchero—. Quiero ir...

— Es que vamos a ir a entrenar —respondió Kyla, apoyando su mano sobre la cabeza de Olivia—. Y te vas a aburrir mucho, chiquitina.

Bajó la mirada hacia el suelo con una expresión triste.

— Si quieres, podemos hacer algo... —me puse de cuclillas frente a Olivia—. Si Lala está de acuerdo, cuando volvamos jugará contigo hasta que te canses.

Alzó la mirada hacia mí, pero rápidamente la dirigió a Kyla.

— ¿Ella también puede jugar con nosotras? —me sujetó de la mano—. Quiero jugar con Ly.

Desvié la mirada hacia Kyla, mostrándole una ligera sonrisa.

— Vale... —alargó la "a".

— Sí —dijo, contenta, antes de dar varios saltitos en el sitio.

— Por fin te encuentro, Olivia.

Clavé la mirada en una mano que se posaba sobre la cabeza de Olivia. No tardé en alzarla hasta los ojos de la madre de Kyla, que nos miraba con una expresión seria en el rostro.

— Sube a tu habitación y ahora te ayudo a terminar los deberes —añadió su madre.

— Vale... —respondió Olivia con voz baja.

Salió corriendo hacia las escaleras, dejándonos a solas con su madre.

— ¿Os vais? —preguntó, mirándome desde arriba.

— Le voy a enseñar la pista de hielo —respondió Kyla, señalándome brevemente.

Me incorporé, clavando la mirada en Kyla.

— ¿La pista de hielo? —repitió, con ironía—. Te van a volver a dar la patada... nunca aprendes, hija mía.

Al cruzar la mirada con su madre, un escalofrío recorrió toda mi espalda.

— Dejarás de ser útil... —añadió.

— Lynn no es como la gente de Canadá —dijo Kyla, sujetándome de la mano.

Dejé de respirar un instante al notar el calor de su mano. Me empujó suavemente para que la siguiera hacia la puerta.

— La gente que te rodea siempre será así —comentó, con un tono de rabia.

Kyla abrió la puerta principal. Salí yo primera al porche y, en cuestión de segundos, la puerta se cerró de un portazo tras ella. Mi mirada bajó hacia la mano que sujetaba la mía.

— Vamos —dijo, firme.

— Vale... —murmuré.

En ningún momento me alejé de ella ni la miré para que me soltara. Ojalá sujetarme le ayudara a calmarse. Alcé la mirada hacia su rostro; iba unos centímetros por delante de mí.

— Este sitio da mucha calma, ¿verdad? —pregunté, acelerando un poco el paso para ponerme a su altura—. En la ciudad hay demasiados ruidos y se nota mucho el contraste con esto.

Bajé la mirada hacia su mano; apretó ligeramente más fuerte la mía mientras seguíamos caminando por la acera.

— Ki... —me aclaré la garganta—. Kyla... —añadí en un susurro.

Me paré en seco, deteniéndola.

— Oye... —dije en voz baja—. Para mí nunca serás algo que utilice para después tirar —con la otra mano le sujeté el brazo—. Y te lo iré demostrando.

— Lo sé.

Clavó sus ojos castaños en los míos.

— Al final entiendo que son inseguridades mías —sonrió con tristeza.

— A veces es normal tener miedo a confiar —asentí—. Mírame... —me llevé una mano al pecho—. ¿Confiar en una rubia? —alcé las cejas—. Suele echar un poco para atrás.

— ¿Esta es tu forma de hacerme reír? —preguntó, frunciendo el ceño.

— ¿Puede? —incliné ligeramente la cabeza—. Pero, como ves, no soy muy buena —apreté los labios.

— Tampoco es eso... —bajó la mirada hacia su mano, la cual sujetaba la mía.

Tragué saliva.

Antes de que pudiera apartarla, la agarré con más fuerza y empecé a caminar.

— ¿Puedo preguntarte algo? —dije, dándome la vuelta para caminar de espaldas mientras la miraba.

— ¿Lynnie preguntando? —puso morritos—. Qué raro —sonrió—. Dime.

Ha dicho «Lynnie».

— Puede que esté entrando en un terreno peligroso —me mordí el labio—. ¿Alguna vez le dijiste a tu madre lo que te dolía?

— Muchas veces...

No podía mantener durante mucho tiempo la mirada en mí.

— Pero siempre ha actuado de la misma manera —añadió, señalando con el pulgar hacia atrás—. Con mucha frialdad —se encogió de hombros—. Como lo ha hecho hasta ahora.

— ¿Y... tu padre?

— No sabe nada de esto —negó con la cabeza—. Más que nada, porque ve una faceta feliz de mi madre.




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