Al Ritmo Del Hielo

CAPÍTULO 23

Raelynn

Domingo, 23 de diciembre de 2029

¿Por qué enamorarse te convierte en una persona tonta?

Bueno, más bien en alguien torpe.

Sacudí rápidamente la cabeza.

No.

«Te conviertes en alguien completamente tonto»

Estar sentada sobre el colchón, en el suelo, apoyada contra la cama de Kyla, no ayudaba en absoluto.

Eché un vistazo a la lista que creé anoche: «Cosas que no tengo que hacer cuando esté con Kyla»

· Mirarla mucho.

· Tocarla.

· MIRARLE LOS LABIOS.

· Abrazarla.

Y aún así, lo único que quería era hacer exactamente todo eso.

Me llevé el móvil a la cara, cerrando los párpados.

— No he cumplido ninguna... —murmuré, apretando el móvil contra la cara.

Estaba perdiendo contra mí misma.

Dejé el móvil en el colchón.

— Ella me abrazó... —señalé el armario—. Ella... —tragué saliva— se saltó la lista...

Hablar sola me ayudaba, aunque, si alguien me viera, pensaría que estoy loca.

— Joder... —añadí, recostando la cabeza en el borde de la cama.

Me tapé la cara, frotándome la frente con insistencia.

Tengo que dejar de pensar en el lío que tengo en la cabeza y centrarme un poco más en Kyla.

Ella lo está pasando mal.

Dejé de taparme la cara al oír cómo se abría la puerta de la habitación. Clavé la mirada en Kyla: tenía el pelo ligeramente mojado y llevaba puesto su pijama. Con una mano sujetaba el extremo de una toalla que le rodeaba el cuello.

— Ya estoy aquí —dijo en voz baja, cerrando la puerta.

Caminó por la habitación, rodeando la cama.

— ¿Te has puesto cómoda? —preguntó.

— Un poco... —bajé la mirada hacia mis manos.

La aparté tarde.

— Si tienes que secarte más el pelo... —dijo—, puedo darte otra vez el secador.

— No hace falta —reí, nerviosa.

Noté movimiento en la cama.

No la mires de más.

Puedes conseguirlo...

Giré la cabeza hacia la derecha. Kyla se había tumbado sobre la cama, dejando caer su pelo castaño por el borde. Giró también la cabeza para clavar sus ojos en mí.

— Si quieres, mañana trabajamos la velocidad de rotación —comentó.

— Por mí, vale —respondí, mirando hacia el armario.

— Y por la tarde vamos a ver la pista.

— Vale... —me mordí el labio.

Joder... estoy rara.

— Sabes...

Giré de nuevo la cabeza hacia ella. Jugaba con un mechón de mi pelo entre los dedos.

— Me gusta tu pelo —añadió, fijándose en él.

— ¿Te... te gusta? —tartamudeé.

— Puede que sea por el color —sonrió—. Como ves, en mi familia no hay nadie con un tono rubio —me miró brevemente—. Y cuando lo veo es como... —hizo una mueca— joder.

No pude evitar sonreír.

— En Canadá no...

— Allí apenas tenía amigos —me cortó—. En esa época me centré mucho en el patinaje —apretó los labios—. Por eso... no se me da muy bien hacer amigos —sonrió.

— Es un honor ser tu primera amiga rubia —me llevé una mano al pecho mientras reía.

— Eres... —se puso de lado para mirarme con una sonrisa— lo que no hay.

— Tu hermana es muy pequeña, ¿no? —apoyé de nuevo la cabeza en la cama.

— Siete añitos.

Giré la cabeza hacia ella.

— Nos llevamos catorce años —añadió—. Una barbaridad, lo sé —inclinó ligeramente la cabeza—. ¿Tú tienes hermanos?

— Qué va... —negué con la cabeza—. Soy hija única —me encogí de hombros—. Aunque un año le pedí a Papá Noel un hermano.

— ¿Lo pediste para navidad? —preguntó, sorprendida.

— Así suena muy mal —reí. Me mordí el labio antes de darle un suave golpecito en la frente—. Aunque no lo tenga, trato a casi todos mis amigos como hermanos.

— Eso es bonito...

Nos mantuvimos un instante en silencio.

— ¿De dónde viene "Lala"? —me puse de lado para mirarla mejor, apoyando el brazo derecho sobre la cama.

Soltó una breve risa.

— A mi hermana siempre le ha costado decir mi nombre; no le sale muy bien decir Kyla —frunció el ceño—. Y siempre me decía de todo, menos mi nombre —mostró el dedo índice—: Kirial —levantó el corazón—, Rila... y, al final, le gustó decirme Lala —se tumbó boca abajo—. Ya sabes, repitió las dos últimas letras.

— ¿Sabes que eso es súper tierno? —apoyé la cabeza en la mano derecha.

— ¿Que no sepa pronunciar mi nombre? —me miró, alzando una ceja.

— No, tonta —sonreí—. Me refiero al mote.

— Ah —bajó una mano hacia el suelo.

— ¿Tú nunca has puesto un mote a nadie? —pregunté.

— La verdad es que no —mostró una sonrisa tímida—. ¿Tú sí?

— Obvio —reí—. A Maddie le digo Mads, a Jeroen le digo Jero y a Thijs... —me froté la frente, intentando controlar la risa— le digo televisión.

Giró rápidamente la cabeza hacia mí, frunciendo el ceño.

— ¡¿Televisión?! —alzó levemente la voz.

— Tiene mucho sentido —levanté el dedo índice—. Ya sabes, Thijs se llama Thijs De Ridder —incliné ligeramente la cabeza—. Una vez me equivoqué y le dije Van Ridder. TV, que es igual a televisión.

— Dios, es malísimo —ocultó la cara, riéndose.

— Hagamos algo... —apreté los labios, pensando—. Pensemos un mote para la otra.

— ¿Un mote? —me miró, incorporándose para sentarse en la cama—. Soy muy mala en eso.

— Da igual —negué con la cabeza—. Puede ser una abreviatura del nombre o del apellido, o cualquier cosa que te recuerde a ella —clavé la mirada en ella, más de la cuenta.

— Mmm... —alzó la mirada hacia el techo, pensando—. Es complicado...

— Ya verás que no.

Me quedé en silencio un rato.

Tenía que escoger bien, algo que fuera muy ella, algo que tuviera relación con su nombre.

— Vale, lo tengo —dije, mirándola.

— ¿Ya? —preguntó, sorprendida—. Eh... mmm... creo que también —asintió varias veces, convenciéndose—. Dilo tú primero.

— A la de tres —levanté tres dedos—, y lo decimos a la vez.




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