Aurora (libro 2 de la Saga Kuran)

29

No sabía cuánto tiempo llevaba allí el frío de aquella celda se había metido lentamente en mi cuerpo mis manos estaban atadas y mis ojos permanecían cubiertos por una venda no podía ver nada solo podía escuchar pasos, uno tras otro cada vez más cerca la puerta de la celda se abrió reconocí aquella presencia incluso antes de escuchar su voz.

—Aurora— Permanecí en silencio Gabriel se acercó hasta quedar frente a mí —¿Sabías que matarlo te mataría a ti también no es así hermana?

No respondí Solo bajé ligeramente la cabeza Sabía perfectamente a quién se refería.

Pensé en Gure por un momento sabía que no yo no podría morir si ella igual siguiera con vida un juramento de sangre quizá aquello era el precio que debía pagar por lo que había hecho quizá era el costo de haber desafiado aquello que jamás debí desafiar, pero una pequeña sonrisa apareció en mis labios porque, aunque estuviera allí... Todavía podía sentirla todavía podía sentir a Gure.

—Pero aún sigues atada a ellos, ¿no es así?

Respiré profundamente.

—Digamos que sí, hermano.

Gabriel guardó silencio durante unos segundos.

—No te dejará volver tan fácilmente.

Sentí que mi corazón se encogía.

—Déjame verlo.

Mi voz salió más débil de lo que esperaba.

—Entonces hablaré con él.

Gabriel se acercó sentí sus manos retirando lentamente la venda que cubría mis ojos la luz me hizo entrecerrarlos después de unos segundos logré distinguir su rostro, pero antes de que pudiera decir algo, sentí sus brazos rodeándome me quedé inmóvil Gabriel me abrazaba con fuerza.

—Casi te pierdo, hermana.

Cerré los ojos por un instante me permití disfrutar aquel abrazo después me aparté ligeramente para poder mirarlo sonreí.

—Sabes que me van a ejecutar.

Gabriel frunció el ceño.

—No dejaré que eso pase.

—Gabriel... — Negué lentamente con la cabeza —Cometí un gran pecado— Mi sonrisa se volvió más triste —No me dejarán quedarme. Y tú lo sabes.

Gabriel se sentó a mi lado durante unos segundos ninguno dijo nada.

—Quiero confiar en que esa chica despertará y te reclamará.

Mis labios se apretaron.

Gure.

Solo pensar en ella hizo que algo dentro de mí doliera.

—Es complicado— Miré mis manos atadas —Papá buscará algo a cambio.

Gabriel soltó una pequeña risa.

—Al final, somos sus soldados.

Lo miré y terminé riendo también era absurdo incluso en aquel lugar seguíamos hablando de nuestro padre como si aquello fuera simplemente otra misión, pero ambos sabíamos la verdad yo no sabía si volvería a verla no sabía si Gure lograría encontrarme no sabía qué precio tendría que pagar para regresar, pero algo dentro de mí se negaba a aceptar que aquel fuera mi final.

—No moriré aún.

Gabriel me miró entonces sonrió.

—No— Se puso de pie —Tienes dos días.

Lo observé mientras caminaba hacia la puerta.

—Gabriel…— Él se detuvo —Gracias.

No respondió solo me dedicó una pequeña sonrisa antes de salir la puerta de la celda se cerró y nuevamente me quedé sola pero esta vez ya no tenía miedo tenía dos días.

Miraba al guardia que permanecía frente a mi celda no decía una sola palabra, pero yo podía escuchar a lo lejos, entre aquellos enormes pasillos del cielo, podía oír el sonido de una batalla metal contra metal.

Golpes.

Gritos.

Y entre todo aquello...

Podía reconocerla.

Gure.

Lo había conseguido había despertado justo a tiempo una pequeña sonrisa apareció en mis labios entonces el guardia abrió la puerta de mi celda.

—Levántate.

Me puse de pie comenzó a retirar todo aquello que me mantenía atada cuando finalmente quedé libre, dos ángeles me escoltaron por los pasillos del cielo caminé en silencio no sabía qué iba a suceder solo podía escuchar aquella batalla cada vez más distante hasta que finalmente llegamos.

Él estaba allí.

Mi padre.

No podía mirarlo directamente al rostro la paz que emanaba de él era enorme era una sensación difícil de explicar como si al estar cerca suyo no necesitaras absolutamente nada más como si todo aquello que alguna vez hubieras deseado dejara de importar, pero mis oídos… mis oídos no dejaban de escuchar aquella batalla.

—Tú, hija mía...

Su voz llegó hasta mí.

Suave.

Demasiado suave.

—Osaste traicionarme dos veces— caí de rodillas incliné la cabeza hasta tocar el suelo no podía levantarla —¿Por qué debería perdonarte la vida, Aurora?




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