La carta llevaba varios minutos sobre el mostrador.
Todavía no me había atrevido a abrirla por segunda vez.
No porque tuviera miedo de leerla. Sino porque sabía que, después de hacerlo, ya no podría fingir que aquellas palabras no me habían afectado.
La panadería estaba tranquila esa mañana. Demasiado tranquila. El olor a pan recién horneado llenaba el lugar y, desde el otro lado del mostrador, podía escuchar el ruido de las bandejas saliendo del horno.
Era uno de esos momentos en los que todo parecía estar en su lugar.
Excepto yo.
Tomé el sobre otra vez y lo giré entre mis dedos.
No conocía al hombre que había escrito esa carta. No sabía cómo era, dónde estaba exactamente ni qué clase de persona era. Solo sabía una cosa: estaba en medio de la guerra, atravesando el mismo conflicto del que todos hablaban en las noticias.
Había escrito una respuesta dirigida a quien fuera que leyera sus palabras. Y, por cosas del destino, mi nombre aparecía en el sobre.
-¿Vas a seguir mirando esa carta o finalmente vas a abrirla?
Levanté la cabeza. Victoria estaba apoyada contra el marco de la puerta que conectaba la panadería con la pequeña cocina.
Mi mejor amiga. Mi socia. Y probablemente la única persona capaz de leerme la cara sin que yo dijera una sola palabra.
-Ya la abrí.
-Entonces, ¿por qué parece que estás esperando que explote?
Solté una pequeña risa.
-Porque no sé qué hacer con ella.
Victoria se acercó y miró el sobre con curiosidad.
-¿Es la respuesta del proyecto de la universidad?
Asentí despacio.
-Más o menos.
-¿Cómo que más o menos?
Suspiré apoyando las manos en el mostrador.
-¿Te acuerdas de la tarea del semestre pasado? La de escribirle cartas a los soldados en el frente.
-Sí, me acuerdo. Pensé que eso ya había quedado en la nada.
-Yo también.
Bajé la mirada hacia el papel. En la universidad nos habían pedido escribir una carta de apoyo destinada a un soldado. No teníamos que conocerlo y ni siquiera sabíamos quién iba a recibirla. Era simplemente una actividad académica, una forma de reflexionar sobre el impacto de la guerra en las personas.
Yo había escrito la mía. La mandé por correo institucional y seguí con mi vida entre las clases y los pedidos de pan.
Hasta hoy.
-¿Te respondió? -preguntó Victoria, cambiando el tono de voz a uno más suave.
-Sí.
-¿Y qué dice?
No contesté de inmediato. Había algo en esa carta que me costaba explicar. No era solamente tristeza; era un vacío enorme. Un dolor silencioso que atravesaba el papel.
-Es un hombre que lleva cinco años en la guerra -dije en voz baja.
Victoria dejó de sonreír.
-¿Cinco años?
-Eso dice.
-¿Y cómo está?
Miré de nuevo las líneas escritas a mano.
-No lo sé.
-¿Qué significa eso, Sam?
-Que físicamente parece estar vivo. Pero nada más.
Victoria se quedó en silencio. Yo también. Había cosas que no necesitaban más explicación.
Me llevé la carta contra el pecho. No tendría por qué haberme afectado tanto. Él no era mi amigo, no era parte de mi familia y ni siquiera lo conocía. Era un desconocido. Un nombre escrito en una hoja de papel rugoso: Adam Johnson. Eso era todo.
Y, aun así, sentía el peso de cada una de sus palabras. Algo en su manera de escribir se me había metido en la cabeza y no me dejaba tranquila.
-¿Vas a responderle? -preguntó mi amiga.
La respuesta me salió del alma antes de que pudiera dudarlo.
-Sí.
Victoria sonrió despacio.
-Sabía que ibas a decir eso.
-Igual no sé si debería -murmuré mirando el sobre-. No soy su psicóloga.
-Todavía no te graduaste, es verdad.
-Exacto.
Ella soltó una carcajada para aflojar la tensión y yo no pude evitar sonreír.
Era verdad. Estudiaba psicología y me faltaban pocos meses para terminar la carrera, cuando llegue el momento me especializare en adolescencia o psicopedagogía. Había elegido esa profesión por razones profundas, marcas del pasado que todavía no estaba lista para ir contándole a cualquiera.
Pero no quería transformar esa carta en un caso clínico. No quería analizarlo como a un paciente, ni pretender salvarlo de la noche a la mañana.
Solo quería responderle.
Había una diferencia enorme entre acompañar a alguien y creer que puedes arreglarle la vida. Yo no sabía hacer milagros, pero sí sabía escuchar.
-¿Qué le vas a decir? -preguntó Victoria mientras se acomodaba el delantal.
Miré la hoja en blanco que tenía preparada sobre la mesa.
-La verdad, no tengo idea.
-Entonces empieza por lo más sencillo: la verdad.
-¿Cuál verdad?
-La que te salga en el momento.
Sonreí negando con la cabeza.
-Eres demasiado profunda para alguien que se la pasa haciendo pan.
-Y tú eres demasiado dramática para alguien que vende pasteles -atacó ella con un guiño.
Le saqué la lengua como cuando éramos niñas.
Victoria caminó de regreso a la cocina, pero antes de cruzar la puerta se dio vuelta.
-Cuando termines de hablar con tu misterioso soldado, necesito que prepares los pedidos de la tarde. Damián viene más tarde a darte una mano.
-¡Sí, jefa!
-Y no quemes nada.
-No prometo nada.
Cuando la puerta se cerró, volví a mirar el papel.
Adam Johnson.
Pasé la yema del dedo sobre las letras escritas con trazo firme. Tenía la corazonada de que escribirle podía cambiar algo. Tal vez porque hay personas que llegan a nuestra vida de la forma menos pensada, mucho antes de que nos demos cuenta de lo importantes que van a ser.
Agarré la lapicera y empecé a escribir.
18 de marzo
Querido Adam:
No sé muy bien cómo empezar esta carta.
Supongo que debería presentarme. Mi nombre es Samantha Smith, aunque casi todos me dicen Sam. Tengo veinticuatro años y estoy en el último año de la carrera de Psicología. También trabajo en una pequeña panadería que pertenecía a mis padres. Ahora está a mi cargo y la manejo con ayuda de mi mejor amiga.