Adam
No sabía en qué momento exacto había empezado a contar los días.
Quizá desde el momento en que James subió al camión de transporte. Quizá desde el día en que comenzaron las primeras evaluaciones oficiales de la junta médica. O tal vez desde mucho antes, cuando me animé por primera vez a imaginar que algún día pisaría de nuevo suelo americano.
Pero ahora la sensación era completamente distinta.
Ya no se trataba de una ilusión lejana ni de un deseo abstracto. Había posibles fechas , expedientes de baja sobre mi mesa, controles médicos, procedimientos administrativos e instrucciones precisas. La posibilidad de dejar el frente se volvía más concreta a cada hora.
La cuenta regresiva había comenzado.
Las evaluaciones obligatorias continuaron a lo largo de las semanas siguientes.
No era un proceso rápido. Había informes de servicio por auditar, revisiones clínicas, entrevistas psicológicas y preguntas profundas que no siempre resultaban sencillas de encarar:
¿Cómo son sus patrones de sueño? ¿Con qué frecuencia tiene pesadillas o recuerdos recurrentes? ¿Ha experimentado episodios de angustia o desorientación? ¿Logra concentrarse durante las guardias? ¿Se siente capacitado para continuar en el servicio activo?
Contestaba a cada cuestionario. A veces con solidez militar; otras veces me quedaba dudando más de la cuenta. Y en algunas ocasiones no me quedaba más opción que dar la única respuesta sincera posible:
—No lo sé, doctor.
No me agradaba admitirlo. Durante cinco años me habían entrenado para tener respuestas inmediatas bajo fuego enemigo. Pero ciertas preguntas sobre el alma no tenían una respuesta rápida, y reconocer mi propia incertidumbre era mil veces más honesto que mentir.
Mientras tanto, seguía cumpliendo con mis responsabilidades diarias en el campamento. Las obligaciones de mando no desaparecían simplemente porque mi cabeza estuviera empezando a enfocarse en el futuro.
Las vías de comunicación militar continuaban bajo estrictos controles de seguridad. Había información táctica que jamás debía filtrarse en el exterior. Por eso, cuando algún compañero curioso se me acercaba a preguntar cuándo me otorgaban el pase definitivo al retiro, aprendí a responder con la misma frase sobria:
—Cuando los papeles estén firmados.
Nada más. No necesitaba dar explicaciones sobre un proceso que ni yo mismo terminaba de digerir.
Una tarde me citaron en la jefatura para entregarme un documento oficial. Lo leí dos veces en silencio antes de guardarlo en mi libreta. El proceso de retiro avanzaba firmemente y, tarde o temprano, tendría que enfrentarme a la decisión final.
Durante años había creído que mi identidad entera era esta: el uniforme táctico, las órdenes del mando, los patrullajes y el peligro constante. Si me quitaban todo eso de encima, ¿qué quedaba realmente de Adam Johnson?
Esa incógnita me acompañó durante horas.
Esa noche, en la soledad de mi carpa, me puse a pensar en James. Recordé nuestro abrazo de despedida antes de que subiera al camión, sus chistes para ocultar los nervios y sus palabras de despedida: «No te quedes atorado acá adentro aunque tu cuerpo tarde un tiempo en volver».
Sonreí levemente en la cálida oscuridad.
—Lo estoy intentando, hermano —murmuré para mí mismo.
—
Pasaron los días. Una mañana, mientras esperaba en la fila de logística, un oficial superior me llamó por mi apellido.
—Teniente Johnson.
—Sí, mi capitán.
—Llegó la actualización de su expediente de retiro desde la base central.
Sentí una opresión helada en el estómago.
—¿Qué novedades hay, señor?
Me entregó una carpeta. Revisé las hojas impresas: aún faltaban sellos de la junta, pero la fecha de mi traslado hacia Estados Unidos ya tenía un rango definido.
—Muchas gracias, capitán.
Me retiré hacia mi litera con una extraña mezcla de sensaciones en el pecho. No sentí una alegría desbordante ni tampoco un pánico paralizante. Fue algo más difícil de definir: una mezcla de alivio profundo y una pequeña cuota de culpa.
Culpa porque yo estaba por regresar a casa con vida, mientras que muchos otros compañeros jamás tendrían esa oportunidad.
Saqué de mi mochila la libreta donde guardaba los nombres de los soldados de mi unidad que habían caído durante estos cinco años.
Recorrí las listas con los dedos. Nombres, fechas, lugares de combate. Algunos habían sido amigos cercanos; con otros apenas había intercambiado un par de instrucciones durante las guardias. Pero todos ellos habían sido seres humanos reales antes de convertirse en un registro en mi libreta: tenían madres, padres, esposas, hijos, amigos y proyectos interrumpidos.
Me quedé contemplando esos renglones en silencio. Durante mucho tiempo sentí que seguir con vida era una especie de deuda amarga con los muertos. Pero la realidad era que yo no podía devolverles la vida. Lo único que me correspondía hacer era honrar sus memorias viviendo con dignidad.
Cerré la libreta y, por primera vez en años, no me sentí un traidor por desear regresar a casa.
Esa misma noche recibí una notificación oficial en el centro de comunicaciones. Mi familia había sido informada por el Departamento de Defensa de que mi proceso de pase al retiro estaba en marcha y que mi regreso al país se produciría en las próximas semanas.
Me quedé paralizado mirando la pantalla. Mis padres ya sabían la noticia.
No había hablado detenidamente con ellos en años. Salvo un par de notas breves, me había distanciado tras la tragedia de mi esposa e hijos. Y ahora ellos sabían que estaba por volver.
No tenía idea de cómo reaccionarían al tenerme enfrente. Durante cinco años me había escondido detrás de la distancia de la guerra; ahora esa barrera estaba a punto de desaparecer.
Antes de acostarme, saqué el paquete de cartas de Samantha. Pasé los dedos sobre la textura de los sobres de papel.