ADAM
Los primeros días después de la cirugía de James fueron extraños.
No porque él estuviera gravemente herido; eso era una realidad desgarradora que ya conocía. Lo extraño era verlo ahí acostado en la cama del hospital militar, mientras una parte de mi cerebro esperaba por costumbre que en cualquier momento se levantara, se ajustara las botas y me dijera que todo había sido una pesadilla.
Pero no lo hizo. Su pierna derecha ya no estaba. Y esa realidad no iba a cambiar por más que yo intentara evitar pensar en ella.
Los médicos lo evaluaban constantemente. Había curaciones dolorosas, revisiones de la herida, medicamentos para el dolor, preguntas de los oficiales y trámites administrativos. Muchos papeles. James odiaba el papeleo militar casi tanto como odiaba que alguien lo mirara con lástima.
—Creo que el ejército está intentando matarme con burocracia —dijo una mañana tirando unos folios sobre la mesa de noche.
Lo miré mientras le acomodaba las almohadas.
—¿Qué te pasa ahora?
—Me dieron cuatro formularios diferentes solo para autorizar la prótesis temporal.
—Eso no significa que te vayas a morir, James.
—Para mí sí. Es una muerte lenta por papeleo.
No pude evitar soltar una risa suave.
—Eres un idiota.
—Gracias, teniente.
—De nada.
James sonrió de lado. Era una sonrisa cansada, apagada por los analgésicos, pero era una sonrisa al fin y al cabo. Y yo necesitaba desesperadamente verla para saber que mi hermano de guerra seguía ahí adentro.
Los días siguientes se llenaron de conversaciones difíciles que ninguno de los dos quería encarar.
Los médicos de la base debían determinar el porcentaje de discapacidad de James para tramitar su baja médica definitiva. Su salida del servicio activo no era algo que pudiera resolverse de un día para otro; requería evaluaciones psicológicas, firmas de la junta militar y coordinar su traslado a Estados Unidos.
Y aunque James intentaba tomarse todo con humor negro para no venirse abajo, yo podía verlo en sus ojos cuando se quedaba en silencio mirando la ventana: tenía miedo. Un miedo profundo a lo desconocido.
Una mañana entré a la sala y lo encontré revisando sus expedientes de retiro.
—¿Qué haces despierto tan temprano? —pregunté dejando una taza de café en la mesa.
—Intento entender las cláusulas de la pensión militar.
Me acerqué a la cama.
—¿Y qué tal?
—No entiendo absolutamente nada.
—A ver, déjame mirar.
Me entregó las hojas. Las leí con atención durante un par de minutos.
—La verdad, yo tampoco entiendo nada —admití.
James soltó una carcajada limpia.
—Excelente. Ahora somos dos analfabetos militares.
—Cállate.
—Nos van a dar la baja por incompetentes antes que por invalidez.
—A ti ya te están tramitando el retiro obligatorio.
—Bueno, entonces voy adelantado en el trámite.
Me reí con él, pero unos segundos después su expresión volvió a ponerse seria.
—¿Sabes qué es lo que más me aterra, Adam?
—¿Qué?
—Que no tengo la menor idea de qué voy a hacer con mi vida cuando cruce la puerta del hospital civil.
Me quedé en silencio sin saber qué responderle.
—No sé cómo manejar un auto con una sola pierna —continuó en voz baja—. No sé en qué voy a trabajar. No sé ni cómo voy a entrar a mi propia casa sin sentir que soy una carga para mi esposa.
—Aprenderás a manejar de nuevo —le dije con firmeza—. Encontrarás un trabajo y en tu casa se van a adaptar. Tu esposa te ama y está desesperada por tenerte de regreso.
James bajó la mirada hacia las sábanas.
—Tengo miedo de que me mire con pena.
—Ella no te va a mirar con pena, te va a mirar como al hombre que sobrevivió para volver a su lado. No pienses en todo hoy.
—¿Y cuándo se supone que piense en eso?
—Cuando te toque estar allá. Un día a la vez.
Él me miró con una ceja levantada.
—Eso lo dices porque eres un experto en esquivar tus propios problemas.
Sonreí levemente.
—Puede ser.
—No "puede ser" —insistió—. Tú eres muchísimo peor que yo para enfrentar el futuro.
Esa tarde me quedé en la sala hasta que los sedantes lo hicieron dormir. Cuando salí de la enfermería, caminé por los pasillos de la base sin un rumbo fijo.
El campamento seguía con su ritmo habitual: médicos caminando apurados, vehículos blindados entrando con suministros, soldados haciendo guardia, órdenes resonando por los altoparlantes. Pero yo solo podía darles vueltas a una misma idea.
James se iba a ir.
Su proceso de recuperación y los trámites de baja llevarían semanas, tal vez un par de meses, pero su destino ya estaba sellado: él regresaba a casa. Iba a dejar la guerra atrás.
Y yo... yo me iba a quedar.
Esa idea se me instaló en el pecho como una piedra helada. Yo me iba a quedar solo en este infierno. Volvería a dormir en la misma carpa de siempre, escucharía el ruido de la radio militar, saldría a patrullar las mismas carreteras de tierra y vería las mismas caras, pero James ya no estaría ahí para cubrirme la espalda ni para sacarme una sonrisa con sus estupideces.
Me detuve en medio del patio de armas y tomé aire con fuerza. No era la primera vez que me quedaba solo en la vida; había sobrevivido a pérdidas horribles en el pasado. Entonces, ¿por qué la idea de la partida de James me causaba semejante pánico?
Esa noche intenté dormir en mi litera, pero me resultó imposible.
Me daba vueltas en la cama, acomodaba la almohada una y otra vez, cerraba los ojos y los volvía a abrir. El murmullo lejano de la base me llegaba a través de la lona de la carpa.
Respiré profundo intentando calmarme. Todo está bajo control. Todo está bien.
De pronto, sentí que el pecho se me apretaba violentamente. Me incorporé de golpe en la cama con el corazón latiéndome a mil por hora contra las costillas. La garganta se me cerró.