Samantha
Hay días que comienzan exactamente igual que cualquier otro.
Te levantas, preparas el desayuno, revisas que Damián tenga todo lo necesario para la escuela, vas a cursar a la universidad, atiendes la panadería, cierras las puertas al atardecer y vuelves a casa.
Nada extraordinario. Nada que pueda hacerte sospechar que, en ese preciso instante, todo tu mundo está a punto de tambalearse.
Aquel día comenzó así: normal, demasiado normal.
Después de terminar las clases del mediodía, fui directo a la panadería. Tenía varias tareas pendientes y quería dejar todo adelantado antes de regresar a casa a preparar la cena.
El local estaba en completa calma. Había una música suave de fondo y el aroma dulzón a pan recién horneado inundaba el salón. Me puse el delantal de trabajo y empecé a ordenar el mostrador.
Me había tocado aprender a resolver muchísimas cosas sola tras la partida de mis padres. Quizá demasiado pronto. A veces todavía me parecía ver a mi madre detrás de la barra, con esa soltura para organizar los pedidos y esa calidez única para atender a cada vecino. Mi papá, en cambio, siempre repetía con una sonrisa que el secreto de la vida estaba en la sencillez: «Haz bien lo simple y lo demás se acomoda solo».
Sonreí con melancolía al recordarlo. Ya habían pasado seis años desde su muerte. Seis años enteros. Por momentos parecía una eternidad, y por otros... parecía que hubiese ocurrido ayer por la tarde.
Estaba acomodando unas cajas en el depósito cuando escuché que alguien entraba.
—¿Sam? —llamó una de las chicas que trabajaba conmigo.
—¿Sí, qué pasa?
—¿Necesitas que me quede a darte una mano con el cierre?
Miré el reloj de la pared.
—No, para nada. Ve tranquila, yo me encargo de terminar lo que queda.
—¿Segura?
—Sí, anda a descansar.
Ella asintió y comenzó a quitarse el delantal.
—Bueno, pero no te quedes trabajando hasta cualquier hora otra vez.
—No prometo nada —bromeé.
—Imaginé que me dirías eso. Nos vemos mañana.
Sonreí y esperé a que saliera para cerrar la puerta con llave. El silencio invadió el salón de inmediato. Me quedé sola, pero no me molestó; me había acostumbrado a trabajar en tranquilidad, incluso a veces lo prefería para ordenar mis ideas.
Continué con la limpieza. Tomé una bandeja metálica de la mesa de trabajo, me giré para llevarla hacia la barra y en ese segundo ocurrió algo extraño.
Se me cayó de las manos.
No entendí por qué. Mis dedos simplemente perdieron la fuerza y la soltaron. El golpe seco del metal contra el suelo sonó atronador en medio del silencio, haciéndome dar un salto.
Me quedé inmóvil en el lugar. Miré la bandeja tirada y después me miré las manos temblorosas.
Algo andaba mal. No sabía qué, pero una punzada fría me atravesó el pecho.
Mi corazón comenzó a latir a un ritmo acelerado, desbocado. Respiré profundo. Una vez. Dos veces. Pero esa opresión helada en la garganta no desapareció. Era una sensación conocida... demasiado conocida.
Sentí un escalofrío por la espalda y me temblaron las piernas. Y de pronto, por un instante, mi mente dejó de estar en la panadería.
Volví a aquella tarde gris de seis años atrás.
Recuerdo la lluvia. Eso es lo primero que me viene a la cabeza cada vez que mi mente viaja a ese día: llovía despacio, lo suficiente para dejar las calles completamente mojadas.
Recuerdo a mi mamá riéndose de algo en la cocina; a mi papá diciendo una broma que hoy no logro recordar; a Damián muy chiquito jugando en la alfombra; y a mí preocupándome por tonterías de la adolescencia.
Y después... la llamada del teléfono. La noticia desgarradora, las carreras hacia el hospital, las luces de la guardia, el olor a desinfectante, el silencio de los médicos y mi vida cambiándome para siempre en cuestión de minutos.
Cerré los ojos con fuerza.
—No... por favor, no —murmuré llevándome una mano al pecho.
Respiré con dificultad. No quería volver a revivir ese dolor, no quería sentir esa desesperación otra vez. Pero el cuerpo guarda memorias que la mente no puede controlar.
Era la misma opresión en el pecho, el mismo vacío helado en el estómago, la misma certeza angustiante de que algo terrible había sucedido en alguna parte y que yo no tenía forma de evitarlo.
Abrí los ojos desorientada. La panadería volvió a aparecer frente a mí: las mesas, el mostrador de madera, las vitrinas, el horno apagado y la bandeja tirada en el piso.
Pero las lágrimas ya me estaban corriendo por las mejillas.
Me dejé caer en una de las sillas del salón. No entendía por qué me había afectado de esa manera tan repentina. No había pasado nada en todo el día, no había recibido ninguna mala noticia ni escuchado nada feo. No había ocurrido absolutamente nada fuera de lo común.
Y, sin embargo, mi cuerpo había reaccionado con el mismo terror de aquella noche trágica.
Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano.
—Estoy bien... estoy bien —repetí en voz alta en la oscuridad de la noche, necesitaba escucharme para convencerme a mí misma.
Pero no estaba tranquila. Mire mis manos sobre la mesa; el temblor iba cediendo muy despacio. Volví a tomar aire, tratando de calmar mi ritmo cardíaco.
No quise llamar a Victoria en ese momento. No quería preocuparla sin un motivo real, por una simple corazonada que ni yo misma lograba explicar con lógica.
Me puse de pie, junté la bandeja del piso y la dejé sobre la mesada. Después caminé hacia la pequeña oficina del fondo, donde guardaba una caja con recuerdos familiares.
Abrí la tapa de cartón y saqué una foto vieja de mis padres sonriendo en un viaje.
—Los extraño tanto... —se me escapó en un susurro.
Me senté en el escritorio a contemplarlos. Había pasado años haciéndome la fuerte porque no me quedaba otra opción: Damián era muy pequeño y yo tenía apenas dieciocho años. No había margen para derrumbarme; tenía que cuidar a mi hermano, administrar la casa, ponerme al frente de la panadería, seguir con la carrera y pagar las cuentas.