Ecos de una Carta

ANTES DE ENCONTRARNOS

Samantha

Hay una diferencia enorme entre esperar una carta y esperar a una persona.

Durante mucho tiempo me convencí de que solo hacía lo primero. Ahora ya no estaba tan segura.

La última carta que le había enviado a Adam llevaba varios días viajando por correo. Sabía que tardaría semanas en llegar a sus manos y que pasaría bastante tiempo antes de recibir su respuesta. Pero ahora la espera tenía un tono completamente diferente.

Él había escrito que quería volver. Y había dejado claro que pensaba venir a buscarme.

Eso hacía que cada día que pasaba se sintiera como un paso que nos acercaba un poco más, aunque en la práctica todavía nos separaran miles de kilómetros y un océano de por medio.

—¿Vas a seguir mirando la puerta o vas a prestarme atención?

Levanté la cabeza de golpe. Victoria estaba sentada frente a mí en la cafetería del campus universitario.

—No estoy mirando la puerta —disimulé.

—Llevas diez minutos con la mirada clavada en la entrada desde que nos sentamos.

—Solo estoy distraída, Vic.

—Estás esperando al cartero.

—En la cafetería de la facultad no hay carteros.

—Bueno, entonces estás esperando a alguien en tu cabeza.

Sonreí levemente sin poder negarlo.

—Quizá sí.

Victoria dio un sorbo a su café y me miró fijamente.

—Te estás enamorando, Sam.

Casi me atraganto con el agua.

—¿Qué?

—Lo que escuchaste.

—No, para nada.

—Sí, absolutamente.

—Que no, Victoria.

—Samantha, por favor...

Nos quedamos mirándonos unos segundos.

—Está bien —suspiré—. Pero no cambia el hecho de que me dé miedo admitirlo.

Bajé los ojos hacia mis apuntes de psicología.

—La verdad es que no sé si estoy enamorada, ni siquiera lo he tocado.

—¿Y qué sientes entonces cuando piensas en él?

Me quedé reflexionando un momento sobre la pregunta.

—Cuando no me escribe durante días, me preocupa que le haya pasado algo. Cuando llega un sobre suyo, sonrío como una tonta todo el día. Cuando imagino el momento de conocerlo, me entran unos nervios terribles en el estómago. Y cuando se me cruza la idea de que pueda no regresar de esa guerra...

No pude terminar la frase. El nudo en la garganta me lo impidió.

Victoria apoyó su taza en la mesa y me miró con absoluta ternura.

—Ahí está la respuesta, Sam.

—¿Qué cosa?

—Te importa muchísimo más de lo que te animas a reconocer.

No pude discutir nada, porque en el fondo sabía que tenía toda la razón.

Después de terminar las clases fui directo a la panadería. Por la tarde hubo bastante movimiento de clientes: encargos para eventos, café, galletas, masas finas, etc.

Al entrar a la cocina, vi que Damián había dejado un mensaje en la pequeña pizarra que usábamos para los insumos: «No te olvides de comprar galletas de chispas». Abajo había dibujado una cara sonriente con los ojos enormes.

Sonreí con ternura.

—¿De qué te ríes sola, jefa? —preguntó Alex mi empleado apareciendo desde el depósito.

—De la nota que dejó mi hermano.

Él se acercó a mirar la pizarra.

—Bueno, por lo visto las galletas son un asunto de estado para el enano.

—Para él siempre lo son.

—Deberías comprárselas.

—Sí, apenas cierre la tienda voy al supermercado.

Guardé la nota en el bolsillo de mi delantal. Era un detalle chiquito, una simple travesura, pero me había acostumbrado a atesorar esos momentos cotidianos. Quizás porque la vida me había enseñado demasiado temprano que hay ausencias que no se pueden llenar.

Unas horas después llegó Damián de la escuela, con la mochila arrastrando y cara de pocos amigos. Me contó que había tenido un enfrentamiento con un compañero de clase. Nada grave: una discusión infantil, un empujón cuando salían al patio, algo que se solucionaba hablando. Pero él estaba bastante molesto.

Me senté a su lado en una de las mesas del fondo.

—¿Qué fue lo que pasó realmente, Damián?

—Nada, no importa.

—Si te pones así de enojado, claro que importa. Cuéntame.

Lo escuché con paciencia sin interrumpir ni juzgarlo de entrada. Dejé que se desahogara a su ritmo.

Durante estos meses de correspondencia con Adam había aprendido algo importante: la mayoría de las veces las personas no buscan que les resuelvas los problemas con una fórmula mágica, solo necesitan a alguien dispuesto a escucharlas con atención sincera.

Pensar en eso me hizo acordar a Adam. Quizás por esa misma razón sus cartas se habían vuelto tan indispensables para mí: porque él nunca me había exigido soluciones ni juzgado mi estilo de vida, y yo tampoco pretendía resolver sus traumas militares. Solo quería ser ese refugio donde pudiera ser él mismo.

Esa noche, cuando Damián ya estaba durmiendo plácidamente en su cuarto, me senté frente al escritorio de mi habitación.

Abrí mi libreta personal. Entre las hojas de resúmenes de la carrera y listas de compras pendientes, tenía guardadas varias anotaciones que había escrito pensando en él. No eran cartas para enviar, sino reflexiones mías, preguntas curiosas que me gustaría hacerle el día que estuviéramos frente a frente.

¿Cuál será su comida favorita? ¿Qué tipo de música le gustará escuchar? ¿Le gustará manejar por la carretera? ¿Será madrugador o de quedarse despierto hasta tarde? ¿Le gustarán las mascotas?

Sonreí sola en la oscuridad. Sentía una mezcla de timidez y ternura.

Sabía cosas profundas y desgarradoras sobre su vida: conocía sus dolores, sus culpas del pasado y algunos de sus temores más oscuros. Había leído confesiones íntimas que probablemente nunca le había dicho a nadie en el frente. Y, sin embargo, no tenía la menor idea de cuál era su sabor de helado preferido.

Ese pensamiento me hizo dar cuenta de que todavía me quedaba un mundo entero por descubrir de Adam. Solo conocía la versión del soldado cansado que se desahogaba en un papel, y deseaba con el alma conocer al hombre civil: sus manías cotidianas, sus risas espontáneas, sus silencios tranquilos.




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