Ecos de una Carta

UN DÍA A LA VEZ

Samantha

El despertador sonó a las seis de la mañana.

Lo apagué. Cinco minutos después volvió a sonar. Lo apagué otra vez. A la tercera vez ni siquiera abrí los ojos.

—Samantha...

Abrí un ojo despacio. Damián estaba parado al lado de mi cama.

—¿Qué pasa?

—Vas a llegar tarde a la universidad.

Miré el reloj de la mesa de noche. Me incorporé de golpe.

—¡No puede ser!

Damián empezó a reírse.

—Te lo dije.

—¿Por qué no me despertaste antes?

—Lo intenté dos veces.

—¡No alcanzaba con dos veces!

Salté de la cama y empecé a buscar ropa apurada. Damián se quedó apoyado en el marco de la puerta.

—¿Qué haces ahí parado? Ve a prepararte para la escuela.

—Ya estoy listo.

Lo miré de arriba abajo. Tenía el pelo despeinado y la camisa mal abotonada.

—Eso no es estar listo, enano. Ven acá.

Se acercó protestando en voz baja.

—Ya no soy un bebé, Sam.

—Nunca dije que lo fueras.

Le acomodé los botones de la camisa y le peiné el pelo rápidamente con los dedos.

—Listo.

—¿Ves? No era tan difícil —dijo haciéndo una pose de gigante.

—Tú porque te peinas en dos segundos.

—Eso es verdad.

Sonrió. Por un momento me quedé mirándolo en silencio. Hay días en los que todavía me sorprende verlo crecer tan rápido. A veces siento que ayer nomás era un nene chiquito, y otras veces me pregunto en qué momento dejó de necesitar que hiciera todo por él.

Aunque todavía me necesita. Quizá un poco menos, pero me necesita.

—¿Desayunamos? —preguntó.

—Sí, dame cinco minutos para cambiarme.

—Eso dijiste hace diez minutos.

—¡Damián!

Salió corriendo al pasillo antes de que pudiera decirle algo más. Sonreí en silencio y respiré profundamente.

Otro día más. Solo tenía que pasar un día a la vez.

Llegamos a la universidad con el tiempo justo. Me despedí de Damián cerca de su escuela y lo observé hasta que cruzó la puerta. Solo después me fui a mis clases.

La universidad estaba llena de estudiantes caminando de un lado a otro. Conversaciones, carpetas, tazas de café, risas y quejas sobre exámenes. Todo parecía muy normal.

A mí me gustaba estar ahí. No porque fuera fácil, sino porque durante unas horas podía ser simplemente Samantha, la estudiante. No la persona que tenía que administrar una panadería, revisar las facturas por pagar y asegurarse de que a Damián no le faltara nada.

Entré al aula y me senté en el fondo. Victoria llegó unos minutos después.

—Buenos días —dijo acomodando sus cosas.

—Llegas tarde.

—Tú también.

—Llegué a tiempo.

—Por treinta segundos, Sam.

—Sigue siendo a tiempo.

Se sentó a mi lado y sacó su cuaderno.

—¿Estudiaste para el examen de hoy?

La miré de reojo.

—Sí.

—¿De verdad?

—No.

—Lo sabía.

Me reí despacio. El profesor entró y la charla se terminó.

Intenté concentrarme. La clase trataba sobre el desarrollo infantil. Tomé apuntes, escuché con atención y participé cuando hizo falta. Durante un par de horas logré olvidarme de todas mis preocupaciones.

Hasta que el profesor lanzó una pregunta al aula:

—¿Qué creen que necesita un niño para sentirse seguro en su entorno?

Varias manos se levantaron. Escuché respuestas comunes: estabilidad, afecto, rutina, protección, familia.

Anoté las palabras en mi libreta. Familia.

Me quedé mirando esa palabra fija durante varios segundos. Sentí un nudo en la garganta, pero bajé la cabeza y seguí escribiendo. No quería ponerme a pensar en eso ahí. No en este momento.

El profesor siguió hablando, pero esa palabra se me quedó grabada en la cabeza por el resto de la mañana.

Al salir de la clase, Victoria caminó conmigo hacia la salida.

—¿Vamos a comer algo al centro? —propuso.

—No puedo, Vic.

—¿Por qué?

—Tengo que ir directo a la panadería a preparar los pedidos de la tarde.

Victoria hizo una mueca de desaprobación.

—Eres incapaz de tomarte un descanso.

—No exageres.

—Samantha, ayer terminaste de estudiar a la una de la mañana.

—Tenía entregas pendientes.

—Siempre tienes algo pendiente.

No le respondí porque sabía que tenía razón. Siempre había algo: una cuenta, un pedido de pan, un examen, algo para arreglar en la casa. Algo que resolver para alguien más.

—Algún día vas a aprender a decir que no —agregó con tono suave.

Sonreí levemente.

—Tal vez.

—No te creo nada.

—Yo tampoco.

Seguimos caminando hasta la parada del colectivo.

—¿Has recibido alguna otra carta? —preguntó de la nada.

La miré.

—No.

—¿La estás esperando?

Dudé un segundo antes de contestar.

—Un poco.

Victoria sonrió de lado.

—Lo sabía.

—No empieces.

—No estoy diciendo nada malo.

—Tu cara dice bastante.

—La tuya también, Sam.

Negué con la cabeza, mirando hacia la calle.

—Solo quiero saber si está bien.

—Lo sé.

No hizo falta decir nada más.

Por la tarde, la panadería estaba repleta de clientes, y en el fondo lo agradecí. Cuando hay mucho movimiento no queda tiempo para pensar.

Atendí pedidos, preparé cafés, cobré en la caja, fui a la cocina a buscar más bandejas y regresé al mostrador con una sonrisa. Una y otra vez. Era agotador, pero me resultaba familiar.

La panadería tenía algo que me daba tranquilidad: el olor al pan recién hecho, el calor de los hornos y el murmullo de la gente. Acá sabía exactamente qué hacer.

—Sam —me llamó Victoria a mitad de la tarde.

—¿Qué pasa?

—Te olvidaste de comer otra vez.

Miré el plato que me había dejado atrás del mostrador.

—No tengo mucha hambre.

—Eso dijiste ayer.

—Comí ayer.

—A las cuatro de la tarde, Sam. Eso no cuenta como almuerzo.

Señaló el plato con firmeza.

—Come un poco.




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