Ecos de una Carta

EL SILENCIO

Samantha

El silencio también puede ser una respuesta desgarradora. Eso lo había aprendido con los golpes de la vida.

A veces el silencio significaba que alguien estaba sumergido en sus ocupaciones cotidianas; a veces, que no encontraba las palabras adecuadas para expresarse; a veces, que necesitaba un tiempo a solas; y otras veces... que la vida de esa persona había cambiado para siempre.

Durante mucho tiempo no me había preocupado por las semanas que tardaban en cruzar el océano las cartas de Adam. Sabía perfectamente que estaba a miles de kilómetros de distancia, que la logística militar en una zona de conflicto era sumamente compleja y que su realidad cotidiana no tenía nada que ver con la mía en Detroit.

Por eso había aprendido a ser paciente. Pero esta vez la ausencia de respuesta era diferente. No sabía explicar con lógica el porqué, pero mi intuición me helaba la sangre.

Pasaron los días y luego otra semana entera.

Revisaba el buzón de la entrada cada mañana intentando disimular mi ansiedad frente a Damián. Cada vez que escuchaba la campanilla de la panadería o el freno de un auto en la calle, levantaba la mirada con el corazón latiéndome en la garganta, y cuando descubría que solo era un cliente habitual, me obligaba a concentrarme en la harina.

No quería volverme obsesiva. No quería que la espera de un correo postal se convirtiera en el único motor de mi existencia; Victoria me lo había advertido decenas de veces y yo lo entendía en la teoría, pero resultaba imposible ignorar lo mucho que ese soldado había llegado a significar para mí.

Adam no era un simple pasatiempo de correspondencia. Se había transformado en una parte viva de mis días, de mis conversaciones internas y de mis pequeñas esperanzas de futuro. Y ahora el vacío que dejaba su silencio resultaba insoportablemente grande.

—¿Todavía no ha llegado nada? —me preguntó Victoria a media tarde, mientras repasábamos apuntes en la biblioteca universitaria.

Levanté los ojos de los libros de psicología.

—No, nada todavía.

—¿Hace cuántas semanas que no recibes un sobre?

Hice memoria con un nudo en la garganta.

—Mucho más de lo habitual.

Victoria cerró su cuaderno y me miró a los ojos con preocupación genuina.

—¿Estás muy asustada, Sam?

—Un poco... bueno, la verdad es que bastante —confesé en un susurro.

Mi amiga suspiró con ternura.

—Sam...

—Sé perfectamente lo que me vas a decir, Vic.

—Entonces no me hagas repetírtelo.

Sonreí apenas, agradeciendo su apoyo.

—Solo intento no preocuparme antes de tiempo.

—Eso no evita que te estés consumiendo por dentro.

Bajé la mirada hacia mis resúmenes. Tenía toda la razón.

—Quizás estuvo de patrullaje y no tuvo tiempo de redactar nada —argumenté buscando un alivio—. O quizás los envíos de la base militar sufrieron retrasos.

—Puede ser cualquiera de esas cosas —coincidió Victoria con prudencia.

O quizás... No me animé a terminar la frase en voz alta. Victoria tampoco me obligó a nombrarlo.

—Intenta concentrarte en los últimos exámenes de la carrera —me aconsejó con tono suave—. No te adelantes a las tragedias.

Asentí en silencio. Pero ambas sabíamos que controlar los pensamientos era mil veces más difícil que pedirlo.

Los exámenes finales estaban encima. Intenté poner todo mi enfoque en el estudio, de verdad lo intenté. Había dedicado años de esfuerzo a la carrera universitaria y no iba a permitir que la incertidumbre me hiciera caer en el último tramo.

Obtener el título era un compromiso sagrado conmigo misma desde la partida de mis padres. Quería demostrarme que era capaz de salir adelante, tener un título profesional para darle a Damián una estabilidad duradera y construir un camino propio.

Pero había otra parte de mi mente que vivía pendiente del correo. Una parte que necesitaba saber con desesperación si Adam estaba a salvo y que soñaba con el día en que cruzara la puerta de mi panadería.

A veces la situación me parecía irreal: jamás había visto su rostro en persona, no conocía el tono de su voz real, no sabía cómo caminaba ni cómo olía, ni siquiera tenía la certeza de si al encontrarnos cara a cara sentiríamos la misma química que en el papel. Y, aun así, me importaba con una intensidad que me estremecía.

Aquella noche, al cerrar el negocio, me quedé unos minutos a solas en el salón.

Apoyé las manos en el mostrador de madera y recordé la primera carta que me mandó, el impacto de ver su nombre escrito y la primera vez que entendí que un soldado solitario al otro lado del océano necesitaba ser escuchado sin lástima. Recordé cómo toda mi vida había tomado un color diferente desde entonces.

Saqué del cajón una de sus cartas anteriores, la desplegué bajo la luz tenue y repasé sus líneas. Sonreí con nostalgia antes de volver a guardarla.

No quería quedarme a vivir en la fantasía de las hojas guardadas; deseaba que esos sobres se convirtieran en un lindo recuerdo del pasado porque significaría que al fin habíamos logrado encontrarnos en la vida real.

Cuando llegué a casa, Damián estaba en la cocina terminando un dibujo.

—¿Tampoco llegó carta hoy, Sam? —preguntó apenas me vio entrar.

Me quedé helada un segundo.

—¿Por qué lo preguntas, enano?

Él se encogió de hombros con soltura.

—Porque cada vez que vuelves de la calle miras el buzón de la entrada con cara de tristeza.

Sonreí con ternura, acercándome a despeinarlo.

—Un poquito triste sí estoy.

—¿Por el soldado Adam?

Asentí en silencio. Damián se quedó pensando unos segundos con la punta del lápiz en la boca.

—Para mí que solo está muy ocupado allá en la guerra —sentenció con lógica infantil.

—¿Tú crees?

—Claro. Si le importas de verdad, te va a escribir apenas tenga un rato libre.

Sentí una opresión dulce en la garganta.

—¿Y si no puede escribir porque le pasó algo malo?




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