Adam
El sonido llegó antes de que pudiera entender qué estaba pasando.
Un estruendo seco. Después, nada.
Durante una fracción de segundo, el mundo quedó completamente en silencio. Y entonces llegó la explosión.
El suelo desapareció debajo de mis pies. Sentí que el golpe me atravesaba el cuerpo y salí despedido hacia un costado. Caí de lleno contra el terreno y mi cabeza se estrelló contra la tierra seca.
Por unos segundos no escuché absolutamente nada, solo un pitido agudo y ensordecedor retumbando dentro de mis oídos. Intenté respirar, pero el aire no quería entrar en mis pulmones.
Abrí los ojos despacio. Polvo. Humo denso. Gritos descontrolados.
—¡Al suelo! ¡Todos al suelo!
No sabía quién había gritado. Tampoco importaba. Me incorporé como pude, apoyando las manos en la tierra caliente. Algo pasó volando a gran velocidad por encima de mi cabeza.
Después escuché los disparos. Uno. Dos. Ráfagas enteras. El sonido metálico de las balas se mezclaba con los gritos de los hombres que intentaban buscar protección detrás de las rocas.
—¡¿Dónde está James?! —grité con todas mis fuerzas.
No obtuve respuesta. Me puse de pie tambaleándome.
—¡James!
Corrí unos metros entre el humo. Un vehículo de transporte había quedado atravesado cerca del camino. El conductor intentaba salir entre los hierros retorcidos mientras una de las ruedas seguía girando en el aire. Alguien gritaba a lo lejos que había heridos. Otro pedía un médico. Otro simplemente gritaba de dolor.
Y entonces escuché un llanto. No era un llanto fuerte; era el sonido quebrado de alguien intentando no venirse abajo.
Por un instante no estuve allí. Mi mente viajó en el tiempo hacia otro lugar, hacia otra noche oscura, hacia otra pérdida del pasado que jamás pude superar. Una voz llamándome, un grito ahogado en medio de la tragedia.
Parpadeé con fuerza para sacudirme el recuerdo. No. No podía congelarme ahora.
—¡JAMES!
Escuché mi nombre a lo lejos.
—¡Adam!
Giré bruscamente. Era él. Estaba tirado a unos metros entre los escombros. Corrí sin pensarlo.
—¡James!
Me arrodillé a su lado en la tierra. Tenía sangre en el hombro y también en la pierna. Demasiada sangre.
—Maldita sea... —murmuré.
James intentó incorporarse apoyando los codos.
—No... no puedo moverme...
—No te muevas —ordené buscando su mirada.
—Estoy bien, estoy bien...
—No estás bien, cállate.
Presioné mi mano fuertemente contra su hombro para contener la hemorragia. La sangre tibia comenzó a empapar mi guante táctico de inmediato.
—¡Necesito un médico acá! —grité hacia las líneas traseras.
—Adam...
—¡Un médico urgente acá!
No sabía si alguien me escuchaba en medio del caos. Los disparos continuaban sonando cerca y el polvo seguía suspendido en el aire impidiendo ver con claridad.
James intentó tomar aire con dificultad.
—¿Cómo están los demás?
Miré alrededor rápidamente.
—Están atendiendo a los heridos. Tú concéntrate en respirar.
—¿Cuántos cayeron?
—No pienses en eso ahora, James.
—Adam...
—¡Que no pienses en eso!
En ese momento se escuchó un impacto demasiado cerca. Me agaché instintivamente sobre su cuerpo para protegerlo con el mío. Esperé unos segundos. Levanté la cabeza al ver que el fuego se alejaba.
—Tenemos que sacarte de acá ahora mismo.
Intenté acomodarlo para levantarlo, pero James soltó un grito desgarrador.
—¡No! ¡Espera!
Me detuve de golpe.
—¿Qué pasa?
—La pierna...
Miré hacia abajo. Una parte pesada de la mampostería destruida había caído directamente sobre su extremidad. No podía ver la dimensión real de la herida; solo veía sangre. Mucha sangre brotando sin parar.
—No mires —le ordené tapándole la vista.
—¿Qué tan mal está, Adam?
—No lo sé.
Mentí. No quería que entrara en pánico. No todavía.
Intenté retirar con las dos manos el trozo de concreto que lo aprisionaba. Era pesado. Lo levanté apenas unos centímetros y James volvió a gritar del dolor.
—¡Espera, espera!
—Tengo que sacártelo de encima.
—¡Espera, hermano, por favor!
Me detuve respirando agitado.
—Voy a sacarte de acá, ¿me oyes?
—Adam... no siento la pierna.
Sentí un golpe frío en el estómago.
—Es por el impacto, es el golpe.
—No siento la pierna —repitió con la voz temblando—. No la siento para nada.
Lo miré fijamente a los ojos. Estaba extremadamente pálido.
—Mírame a mí, James. Mírame a los ojos.
Sus ojos desorientados buscaron los míos.
—Quédate conmigo, hermano. No te me vayas.
—Estoy acá...
—No cierres los ojos.
—No los voy a cerrar.
—Prométemelo.
James respiró con mucha dificultad.
—Te lo prometo.
Volví la atención a la herida. Necesitaba detener la hemorragia antes de que fuera tarde. Saqué una venda y presioné con toda mi fuerza sobre el punto donde la sangre salía con más intensidad.
James gritó y apretó los dientes.
—¡Perdóname, pero tengo que presionar!
—Hazlo... hazlo.
—Necesito que aguantes un poco más.
—Siempre aguanto...
—Entonces aguanta ahora.
Otra detonación retumbó a lo lejos haciendo vibrar el suelo. James cerró los ojos por el dolor.
—¡No! ¡Abre los ojos!
Los abrió de golpe mirándome.
—Eso es. Mírame a mí.
Volví a aplicar fuerza sobre la venda. La sangre continuaba filtrándose entre mis dedos.
—Tenemos que moverlo ya —le dije a otro soldado que se acercó a ayudarme.
—No me dejes acá, Johnson —susurró James aferrándose a mi uniforme.
—No te voy a dejar. Te lo prometo.
Nunca en mi vida había hecho una promesa con tanta desesperación.
No sé cuánto tiempo pasó. Quizá fueron segundos o minutos. En una situación límite, el tiempo deja de existir; solo importa la siguiente respiración y el siguiente movimiento.