ADAM
Había pensado en ese día tantas veces que, cuando finalmente llegó, me pareció extraño sentirme tan poco preparado.
Durante meses había imaginado cómo sería regresar.
Primero había sido una idea lejana, casi imposible.
Después se convirtió en una posibilidad.
Más tarde, en un plan.
Y finalmente llegó el momento en que ya no había nada más que esperar.
Mi regreso a Estados Unidos ya no era una promesa que pudiera postergar.
Era una realidad.
Había pasado por meses de rehabilitación, controles médicos y sesiones en las que tuve que aprender nuevamente a confiar en mi propio cuerpo.
Había días buenos.
Otros no tanto.
Algunos en los que podía caminar durante bastante tiempo y otros en los que el dolor me obligaba a detenerme antes de lo que quería.
Pero había aprendido algo importante.
No necesitaba volver a ser el hombre que era antes.
Necesitaba aprender a vivir siendo el hombre que era ahora.
La mañana de mi partida me desperté antes de que sonara la alarma.
Durante unos segundos permanecí acostado mirando el techo.
No sentía miedo.
Al menos no el mismo miedo de otras veces.
Era algo diferente.
Una mezcla de ansiedad, incertidumbre y una expectativa que me resultaba difícil controlar.
Me incorporé lentamente.
Sobre la silla estaba la ropa que había elegido para el viaje.
Nada especial.
Un pantalón cómodo, una camisa sencilla y una chaqueta.
No quería parecer un soldado.
Tampoco quería ocultar que alguna vez lo había sido.
Solo quería presentarme como Adam.
El hombre que había sobrevivido.
El hombre que todavía estaba aprendiendo a vivir.
Me levanté y caminé hasta el pequeño escritorio.
Allí estaba la caja metálica que había llevado conmigo durante tantos años.
La abrí.
Las fotografías familiares estaban en el mismo lugar.
También algunas notas de mis padres.
Y las cartas.
Las cartas de Samantha.
Pasé los dedos sobre el montón de sobres.
Había perdido la cuenta de cuántas veces las había leído.
Durante la guerra habían sido una especie de refugio.
Después del ataque se convirtieron en algo todavía más importante.
Cuando no podía escribirle, las releía.
Cuando no sabía qué iba a ocurrir con mi vida, las releía.
Y cuando por fin pude regresar a casa, siguieron acompañándome.
Tomé una de ellas.
No era la última.
Era la primera.
La carta que había iniciado todo.
Recordé al hombre que había sido cuando la recibí.
Un soldado agotado.
Encerrado emocionalmente.
Convencido de que su única obligación era sobrevivir hasta el día siguiente.
Nunca imaginé que aquella hoja terminaría llevándome hasta ese momento.
Sonreí apenas.
—Quién iba a decirlo...
Guardé la carta en el bolsillo interno de mi chaqueta.
No necesitaba llevarlas todas.
Solo necesitaba una.
Una prueba de dónde había comenzado todo.
Escuché unos pasos detrás de mí.
Mi madre apareció en la puerta.
—¿Ya estás listo?
Asentí.
—Sí.
Ella me observó durante unos segundos.
—¿Nervioso?
Solté una pequeña risa.
—Mucho.
—Es normal.
—No sé qué voy a decirle.
Mi madre se acercó.
—Entonces no pienses tanto en lo que vas a decir.
La miré.
—¿Y qué hago?
—Habla cuando llegue el momento.
Bajé la mirada.
—¿Y si ella cambió de opinión?
Mi madre guardó silencio unos segundos.
—Entonces tendrás que respetarlo.
Asentí lentamente.
Era exactamente lo que yo mismo había pensado.
Samantha había esperado demasiado tiempo sin saber nada de mí.
Yo no podía llegar esperando que todo siguiera igual.
No podía exigirle que conservara los mismos sentimientos.
Ni siquiera podía exigirle que quisiera verme.
Lo único que podía hacer era presentarme frente a ella y decirle la verdad.
El resto ya no dependía de mí.
Mi madre me abrazó antes de que saliera.
—Estoy orgullosa de ti.
Cerré los ojos durante unos segundos.
—Gracias.
—No importa qué ocurra cuando llegues.
Me separé lentamente de ella.
—Lo sé.
—Ya hiciste lo más difícil.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
Ella sonrió.
—Decidir vivir.
No respondí.
Porque sabía que tenía razón.
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El viaje comenzó sin inconvenientes.
Durante las primeras horas intenté distraerme mirando por la ventanilla.
No funcionó.
Mi mente regresaba una y otra vez al mismo lugar.
Samantha.
Me preguntaba cómo estaría.
Qué estaría haciendo.
Si habría abierto la carta.
Si habría entendido que aquellas palabras pertenecían a un momento anterior a todo lo que había ocurrido.
Me preguntaba si todavía conservaría las cartas que yo le había enviado.
Y, sobre todo, me preguntaba si ella todavía quería conocerme.
Había pasado demasiado tiempo.
Cuando recibí su última carta antes del ataque, yo todavía estaba en el frente.
Después vino la explosión.
El hospital.
El coma.
La rehabilitación.
El regreso a Estados Unidos.
El silencio.
Ella no sabía nada de todo eso.
Durante meses había pensado en escribirle, pero no encontraba las palabras.
No quería mandarle una carta llena de dolor.
No quería que me conociera únicamente a través de mis heridas.
Primero necesitaba aprender a enfrentarme a ellas yo mismo.
Ahora entendía que mi silencio también había podido lastimarla.
Pero ya no podía cambiarlo.
Solo podía explicárselo.
Apoyé una mano sobre el bolsillo de mi chaqueta.
La carta seguía allí.
—Cuando vuelva, voy a buscarte.
Había escrito esas palabras antes de saber todo lo que iba a suceder.