Ecos de una Carta

LA VIDA AL OTRO LADO DEL MAR

Samantha

A veces creo que mi vida está dividida en pequeñas partes que intento mantener en equilibrio.

La universidad. La panadería. Mi hermano Damián. Victoria. Las cuentas por pagar. Los pedidos de la tarde. Y esas noches largas en las que intento estudiar y termino quedándome dormida sobre los libros.

Y ahora, desde hace unos días, una carta. Una simple carta que no debería ocupar tanto espacio en mi cabeza... pero lo hace.

Estoy sentada frente a uno de los libros pesados de la universidad, intentando leer el mismo párrafo por cuarta vez consecutiva. No entiendo absolutamente nada. Vuelvo al principio. Leo dos líneas. Me distraigo con el ruido de la calle. Miro hacia la puerta de la panadería. Nada. El cartero no ha pasado.

—¿Estás esperando al cartero o que ocurra un milagro?

Levanto la mirada de golpe. Victoria está parada frente a mí con una taza de café en la mano.

—¿Qué? —disimulo acomodándome el pelo.

—La puerta. No dejas de mirar hacia la calle.

—No, para nada.

—Claro, cuéntame otra.

Entrecierro los ojos mirándola de reojo.

—No estoy esperando nada, Victoria.

—Samantha...

—¿Qué?

—Llevas toda la mañana mirando hacia la calle.

—Estoy estudiando —miento, señalando el libro abierto.

—Estás fingiendo que estudias, que es muy diferente.

—Bueno, el intento vale.

Victoria se sienta en la silla de enfrente y apoya la taza en la mesa.

—¿Pensando en Adam?

Bajo la mirada hacia las hojas impresas.

—Un poco.

—¿Un poco nada más?

—Está bien. Sí, bastante.

Una sonrisa se le dibuja en los labios.

—Sabía que ese soldado se iba a meter en tu cabeza.

—No se metió en mi cabeza —protesto defendiéndome—. Solo me da curiosidad.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué llevas tres días seguidos hablando de él?

—Yo no hablo de él todo el tiempo.

—Ayer dijiste que esperabas que estuviera bien.

—Porque está en medio de una guerra, Victoria. Es empatía básica.

—Anteayer dijiste que te preguntabas si ya le habría llegado tu respuesta.

—Eso es normal, el correo tarda semanas en cruzar el océano.

—Y antes de eso dijiste que te gustaría saber qué clase de persona es en realidad.

Me quedo callada, sin saber qué responderle. Victoria levanta las cejas victoriosa.

—¿Ves que tengo razón?

—No significa nada —murmuro.

—Yo nunca dije que significara algo malo.

—Pero lo estás insinuando con esa cara que pones.

—Yo no insinué nada, tú solita te delatas.

La miro fijamente mientras ella sostiene la sonrisa. La conozco desde que éramos niñas y sé que no me va a dejar pasar una.

—Eres insoportable —le digo rindiéndome.

—Y tú estás nerviosa.

—No estoy nerviosa.

—Bueno, entonces demuestra que no lo estás y termina de estudiar esa materia.

Miro el libro nuevamente y no puedo evitar una sonrisa leve.

—Lo voy a intentar.

Victoria se levanta de la silla y agarra su taza.

—Voy a la cocina a preparar los pedidos que salen más tarde.

—Está bien, gracias.

Antes de cruzar la puerta, se detiene y me mira con una expresión más suave.

—Sam.

—¿Sí?

—No tienes que sentirte culpable por preocuparte por alguien.

Esta vez no hay tono de burla en su voz.

—No me siento culpable —respondo en voz baja.

—Qué bueno.

Se marcha a la cocina y me quedo sola en el pequeño comedor de la panadería. Observo la puerta por la que acaba de desaparecer y después vuelvo la mirada al texto de psicología.

Pero ya me resulta imposible concentrarme. Porque en el fondo sé que Victoria tiene razón. No sé por qué la carta de ese hombre me inquieta tanto.

Adam es un total desconocido para mí. No conozco el tono de su voz, no sé cómo camina, qué música le gusta escuchar ni cuál es su comida preferida. No sé nada de su familia ni de la vida que tenía antes de irse al frente.

Solo conozco sus palabras escritas en un papel. Y, aun así, esas pocas líneas fueron suficientes para calmarme.

Paso la lapicera por el borde del cuaderno e intento retomar la lectura. Esta vez logro concentrarme y avanzar un par de páginas, hasta que escucho unos pasos apurados corriendo por el pasillo.

—¡Sam! —grita una voz finita.

Levanto la cabeza. Damián aparece en el marco de la puerta despeinado y con las medias puestas al revés.

—¿Qué pasó, Damián? ¿Estás bien?

—Tengo hambre.

Lo miro aguantándome la risa.

—Damián, comiste hace apenas una hora.

—Pero eso fue hace mucho tiempo —protesta cruzándose de brazos.

—Tienes nueve años, no puedes tener tanta hambre todo el tiempo.

—Precisamente. Estoy creciendo, lo vi en un video.

—¿Quién te enseñó esa excusa?

—La televisión.

—Claro.

Me levanto de la silla y le despeino el pelo con cariño.

—Ven, vamos a ver qué hay.

Caminamos hacia la cocina de la panadería. Abro uno de los estantes donde guardamos la comida.

—¿Qué quieres comer?

—Algo dulce.

—Qué sorpresa.

—Un pedazo de pastel de chocolate —pide guiñándome un ojo.

—No, pastel no. Es casi la hora de cenar.

—Una galleta entonces.

—Una solo.

—Dos.

—Una, Damián.

—Una y media —negocia sin soltarme la mirada.

Lo miro aguantando la risa.

—¿Cómo se supone que te voy a dar media galleta?

Él se encoge de hombros con total frescura.

—La rompes al medio y listo.

Niego con la cabeza, vencida por su lógica.

—Está bien, dos. Pero te las comes acá.

—¡Sabía que te podía convencer! —festeja dando un saltito.

Le entrego las galletas y él se sienta en uno de los bancos altos. Lo observo comer con la tranquilidad que solo tienen los niños.

Una galleta, un juego, una tarea de la escuela. A veces lo envidio un poco. No porque quiera volver a ser pequeña, sino porque extraño esa época en la que todos los problemas del mundo cabían dentro de la habitación de casa.




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