Ecos de una Carta

LO QUE NO DIGO EN VOZ ALTA

Samantha

Hay días en los que uno siente que está viviendo cinco vidas al mismo tiempo.

Ese día era uno de ellos.

Tenía un examen importante en la universidad, una entrega pendiente, la panadería que atender, cuentas que revisar y un hermano de nueve años que había decidido que, precisamente esa mañana, no tenía ganas de ir a la escuela.

—No quiero ir, Sam.

Damián estaba sentado a la mesa de la cocina con los brazos cruzados y una expresión de absoluta determinación.

—Eso ya lo dijiste tres veces —respondí apurada, juntando mis libros.

—Porque es verdad.

—Y yo también te dije que tienes que ir.

—Pero no quiero.

Suspiré ruidosamente. Miré el reloj de la pared y después lo miré.

—Damián...

—No me siento bien —cambió el tono de voz, haciéndose el chiquito.

Dejé las carpetas sobre la mesa y me acerqué a él.

—¿Qué te pasa?

Se encogió de hombros, mirando hacia el piso.

—Nada.

—Damián.

—Me duele un poco la panza.

Me agaché frente a él y le apoyé la mano en la frente. No tenía fiebre y su cara tampoco se veía enferma.

—¿Comiste algo?

Negó con la cabeza.

—Bueno, entonces primero vas a desayunar algo caliente y después vemos cómo te sientes.

—¿Y si me sigue doliendo y no quiero ir?

—Entonces lo hablamos.

Me miró en silencio durante unos segundos.

—¿Tú vas a ir a la universidad?

—Sí.

—¿Y después de la panadería?

—También.

—¿Y cuándo descansas, Sam?

La pregunta me tomó desprevenida y no pude evitar una sonrisa leve.

—Cuando seas adulto y me mantengas.

Él soltó una risita.

—Ah, entonces vas a tener que esperar mucho tiempo.

—Ya me di cuenta.

Le revolví el pelo con cariño. A veces me olvidaba de que seguía siendo un niño. No tenía por qué cargar con mis preocupaciones cotidianas, aunque muchas veces yo sintiera que no me quedaba otra opción.

Desde que nuestros padres murieron, mi vida había cambiado demasiado rápido. Tenía apenas dieciocho años cuando me tocó aprender a hacer cosas que jamás me imaginé: pagar facturas, hacer las compras del mes, mantener una casa limpia, ponerme al frente de un negocio, seguir estudiando y, sobre todo, aprender a ser el pilar en el que Damián pudiera apoyarse.

No siempre hacía las cosas bien, pero lo intentaba con todas mis fuerzas. Eso era lo único que podía prometerle a mi hermano y a mí misma.

Llegué a la universidad con apenas unos minutos de margen antes de que cerraran la puerta del aula. Victoria me estaba esperando en el pasillo.

—Tienes cara de haber dormido tres horas —dijo apenas me vio.

Dejé la mochila sobre el banco.

—Dormí cuatro, para tu información.

—Ah, bueno. Entonces retiro lo dicho, estás re descansada.

La miré de reojo.

—Gracias por tu enorme empatía.

—Para eso están las mejores amigas.

Victoria sonrió y abrió sus apuntes para repasar.

—¿Estudiaste?

—Sí.

—¿De verdad?

—Sí, estuve repasando anoche.

—¿O leíste las mismas tres páginas siete veces mientras pensabas en otra cosa?

Me quedé callada sin mirarla. Ella levantó una ceja despacio.

—Sabía que era eso.

—No estaba pensando en él —me defendí de inmediato.

—Yo no dije ningún nombre, Sam.

—Pero estabas pensando en Adam.

—Porque tú no paras de pensar en Adam.

Rodé los ojos, aunque sentí que las mejillas se me calentaban.

—No todo mi mundo gira alrededor de él, Victoria.

—No todo, solo una parte bastante grande de tu cabeza.

Me reí despacio, rindiéndome. No tenía sentido negarlo: desde que había recibido su carta, algo en mí había cambiado.

No era amor; no podía llamarlo de esa manera. Ni siquiera conocía a ese hombre en persona. Solo conocía sus palabras escritas, sus silencios entre líneas, sus miedos reprimidos y esa manera de hablar de la guerra sin querer profundizar demasiado. Esa sensación de cansancio profundo que transmitía, incluso cuando decía que estaba bien.

Y eso era más que suficiente para preocuparme por él todos los días.

—¿Crees que le habrá llegado mi carta? —pregunté en voz baja.

Victoria dejó de sonreír y me miró con comprensión.

—Probablemente sí.

—Han pasado varias semanas...

—Sam, el correo hacia una zona de conflicto no funciona como enviar un mensaje rápido. Tarda su tiempo.

Lo sabía. Claro que lo sabía. Pero saberlo no me quitaba la angustia.

—Solo espero que esté a salvo.

—Te importa de verdad —murmuró Victoria.

Bajé la mirada hacia mis manos.

—Sí. Me importa.

No tenía sentido ocultarlo. Me importaba, y tal vez más de lo que me convenía.

El examen terminó cerca del mediodía. Cuando entregué la hoja, sentí como si me sacaran un enorme peso de encima.

Victoria salió detrás de mí al pasillo.

—¿Y? ¿Cómo te fue?

—La verdad, no tengo la menor idea.

—Eso nunca suena bien.

—Podría haber respondido todo perfecto o haber inventado una teoría completamente nueva.

—Apuesto por lo segundo.

Las dos nos reímos, aflojando la tensión de la mañana. Por unos minutos logré despejarme por completo, hasta que me acordé del horario.

—Tengo que volar a la panadería.

—Te acompaño.

—No hace falta, Vic.

—No te estaba pidiendo permiso.

Sonreí. Victoria tenía esa costumbre hermosa: no esperaba que le pidiera ayuda cuando sabía que necesitaba compañía.

Llegamos a la panadería poco después. El olor a pan recién horneado nos recibió apenas abrimos la puerta. El empleado que contratamos para el turno mañana ya estaba limpiando la barra.

—Llegas tarde, jefa —bromeó al verme.

—Tengo una excusa válida: examen final.

—Quedas perdonada entonces.

Dejé mi bolso debajo del mostrador.

—¿Cómo estuvo el movimiento?

—Tranquilo. Tenía mucho café para llevar y varios pedidos de facturas, pero pude manejarlo bien.




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