Adam
La radio vuelve a fallar.
Un chasquido de estática llena la carpa y después desaparece en el aire.
—Otra vez la misma falla... —murmura alguien desde el otro extremo.
No respondo. Estoy sentado sobre mi cama de campaña, con las botas todavía puestas y el uniforme cubierto de polvo. Frente a mí tengo mi equipo, parte del cual necesita una buena limpieza antes de que volvamos a salir.
Llevamos varias horas de regreso. No fue una misión complicada, pero tampoco fue tranquila. En este lugar aprendí que esas dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
La carpa está llena de olores que ya forman parte de nuestra vida cotidiana: sudor, tierra, tela húmeda, combustible y ese olor metálico que parece quedarse pegado a la piel. Hay poco espacio, demasiado poco para tantos hombres. Pero después de tanto tiempo uno aprende a moverse sin estorbar al otro. Uno duerme mientras otro sale a patrullar; uno come mientras otro vuelve; uno habla por radio mientras los demás intentan descansar.
La guerra no se detiene solo porque estés cansado.
Miro mi reloj. Todavía faltan unas horas para nuestro próximo cambio de guardia. Podría acostarme. Debería hacerlo. Pero aunque mi cuerpo está molido, la cabeza se niega a apagarse.
Tomo un trapo y comienzo a limpiar mi rifle. Es una tarea mecánica, repetitiva, perfecta para no pensar. A mi lado, uno de los soldados revisa sus botas llenas de barro.
—¿Cuánto llevamos sin un día tranquilo, teniente?
Lo miro.
—No sé.
—Yo tampoco —sonríe apenas—. Supongo que eso significa que llevamos demasiado tiempo acá.
No puedo evitar devolverle la sonrisa leve.
En la otra esquina de la carpa alguien comienza a hablar de comida, y eso sí consigue que todos presten atención.
—¿Qué hay para cenar hoy?
—No sé, lo de siempre.
—Entonces seguro que no es nada bueno.
Algunos se ríen. La risa dura poco, pero alcanza. En un lugar como este, cualquier cosa que consiga que olvidemos dónde estamos durante unos segundos vale la pena.
Un rato después salgo a caminar un poco. El calor del desierto me golpea de inmediato. Recorro el pequeño espacio que tenemos alrededor del área de descanso. Hay vehículos blindados estacionados, cajas de suministros, equipos cubiertos con lona y hombres ocupándose de distintas tareas.
No parece una ciudad, no parece un hogar; es simplemente un lugar donde estamos esperando la próxima orden.
Me acerco a una mesa improvisada donde algunos compañeros intentan reparar un generador.
—¿Necesitan ayuda?
Uno de ellos levanta la cabeza sudando.
—Si sabes hacer magia, sí.
—No hago milagros.
—Entonces estamos complicados.
Vuelven las risas. Me quedo un rato ayudándolos a acomodar los cables. No porque sea mi obligación, sino porque mantenerse ocupado es mil veces más fácil que quedarse quieto con los propios pensamientos.
Más tarde conseguimos algo de comida caliente. Una cocina de campaña prepara lo que puede y cada uno busca dónde sentarse con su plato de lata. Me apoyo contra una pared de madera y comienzo a comer. El arroz está demasiado cocido, la carne está seca, pero sabe bien porque está caliente, porque tengo hambre y porque sigo vivo.
Miro alrededor. Algunos comen en silencio, otros hablan de sus familias. Uno muestra una fotografía arrugada de sus hijos; otro cuenta que su esposa está esperando un bebé.
Escucho sin intervenir. Hace mucho tiempo que dejé de hablar de mi familia con los demás. No porque no quiera recordarlos, sino porque recordarlos quema por dentro.
Bajo la mirada hacia mi plato. Antes tenía una casa, una esposa, un hijo, una vida que creía que iba a durar para siempre. Ahora tengo una carpa, un uniforme y un puñado de recuerdos que no sé dónde guardar.
Termino de comer y regreso a mi litera. Al entrar, encuentro una pequeña sorpresa sobre mi mochila.
Un sobre.
Lo reconozco inmediatamente y el corazón me da un salto involuntario. Lo tomo con cuidado. Mi nombre está escrito en el frente con su letra clara. No necesito abrirlo para saber de quién es: Samantha.
Me siento en el borde de la cama y paso el pulgar por el borde del papel. Hace unos meses, una carta como esta no habría significado nada para mí. Ahora puede cambiarme el día por completo. Quizá incluso algo más.
Abro el sobre despacio y leo. Una vez. Después vuelvo a leer algunas frases.
No sé qué tiene esta chica. No sé cómo consigue que unas palabras escritas en una hoja de papel lleguen hasta un lugar tan oscuro, al que nadie más parece poder entrar.
Ella no sabe lo que ocurre acá. No sabe lo que se siente al despertar sin saber si vas a terminar el día con vida. No sabe lo que significa escuchar una explosión y calcular automáticamente a cuántos metros cayó. No sabe cómo se siente despedirse de un compañero sin saber si volverás a verlo.
Y, sin embargo, sus palabras consiguen atravesar todo ese ruido.
Apoyo la carta sobre mis piernas. Por primera vez en mucho tiempo alguien me pregunta cómo estoy sin esperar una respuesta militar. No quiere saber si puedo cumplir una misión, no quiere saber cuántos hombres tengo a mi cargo. Solo quiere saber si estoy bien.
Y eso me desarma más de lo que me gustaría admitir.
—¿Otra carta?
Levanto la mirada. James está parado en la entrada de la carpa mirándome con los brazos cruzados.
—Sí.
—La de la chica de Detroit.
No respondo. Él sonríe despacio.
—Entonces sí es la de la chica.
—No empieces, James.
—Yo no dije nada.
—Tu cara lo dice todo.
Se ríe y se sienta frente a mí en su litera. Durante unos segundos no decimos nada. James mira la carta en mis manos y después me mira a los ojos.
—Te hace bien, Johnson.
Bajo la mirada.
—No sé.
—Sí sabes. Se te nota en la cara.
—Ni siquiera la conozco en persona.
—Pero ella te conoce a ti un poco más que a los demás.